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Historias de amor y compromiso (o de la educación en tiempo del Covid)

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SOMOSMASS99

 

Pepe Ramírez*

Miércoles 30 de septiembre de 2020

 

¡¡¡Riiing!!!… ¡¡¡Ring!!!… 

5:45 de la mañana…  

La oscuridad envuelve aún a su habitación. Ana Verónica comienza un día más. El calendario de su vida y de los suyos está marcado por un virus agresivo, con alta capacidad de contagio, por el confinamiento sugerido por las autoridades sanitarias, por la suspensión de actividades escolares presenciales decidida por las autoridades educativas del país… 

Ese calendario dice que es miércoles, de una semana más, de un mes más desde la aparición del virus.  

Su esposo, con Covid o sin él, tiene que correr a la chamba… 

Ella, maestra de profesión, se vio obligada a modificar su rutina, a transformar sus capacidades docentes, a comprometerse con sus alumnos en un contexto adverso.

Ella, a pesar de su edad (Ana Verónica roza apenas los  35 años de edad), no gustaba de las redes sociales, del yutub, del feis. ¡Y qué decir del guatsap! Pura perdedera de tiempo. Tan sencillo que es marcar un número telefónico, decir lo que se tiene que decir y tan tan. En su pensamiento místico-mágico, el internet es cosa del demonio. No lo entiende. Cómo está eso de que tomas una foto, la adjuntas al guats y, ¡bingo!, ya está en Chihuahua, Ciudad de México o Mérida. Lista para ser observada por el otro.

Pues que continúa la epidemia y pues que dice la SEP que ahora las clases son mediante los programas que se transmitirán por la televisión. Y éstos deben reforzarse con  el contacto de los maestros con sus alumnos, por los medios que a su alcance se encuentren. Aprovechó el periodo de receso para entrarle a las cosas del demonio: Zoom, Guatsap, Classroom… Ni modo. 

Total. Inicia un nuevo día en la era del COVID 19. Enfermedad causada por el nuevo coronavirus SARS-COV2, reiteraría a diario el Dr. Hugo López-Gatell (“Yo sí le creo a Gatell”, se dice a sí misma). 

Desperezarse, tallarse los ojos, dejar el calor de la cama, es cosa de un minuto. El tiempo corre. Y ella con él. La bata, antes sobre la silla de al lado de la cama, cubre ahora su cuerpo, todavía tibio. Cuerpo descansado que se dispone a soportar la fatiga del día a día.

Corre a la cocina. Abre el refrigerador. Ya está ahí, en frío, el lonch de Manuel. Lo saca. Rápidamente prepara un licuado (leche, plátanos, chocolate y un poco de avena). Licúa un vaso hasta el tope. Hay que aprovechar y tener listo también el de los niños. Juan, de 4 años, y Manuel (como su padre, cómo no, si es el primogénito), de 9 años. Uno estrenándose en segundo de preescolar. El otro ya en cuarto de primaria. 

Antes de la enfermedad, la prisa no era tan intensa. Manuel, papá, tenía que correr, ya que debía salir 7:30, dejar a Manuelito en la primaria y de ahí a la empresa. Ella tomaba el urbano, a tres cuadras de la casa, y, con Juanito a cuestas, llegaba al jardín de niños donde labora, y en donde inscribió, para su descanso, al niño. 

Las tardes eran de preparar la comida del día siguiente, de arreglar un poco la casa, de vigilar a los niños en sus tareas, de esperar a Manuel para acompañarle en su comida. Ella aprovechaba algún momento para preparar sus actividades de escuela para el día siguiente mientras su esposo entretenía a los niños, jugando un poco, viendo algún programa de televisión. Manuel es buen padre y esposo amoroso. 

Pero hoy los días son distintos. Más intensos. Son días de Covid. 

Manuel sale a la empresa. Ella hace meses que no acude a su escuela. Y en su mañana se transforma: de mujer a esposa, de esposa a madre, de madre a maestra, de maestra a cocinera, barrendera, lavandera y varios oficios más. Y así, durante el día. Cambian sus máscaras, se quita y pone diferentes cachuchas.  

Ya Manuel ha salido. Ya los niños, limpiecitos y vestidos, toman su licuado, el de plátano con leche, chocolate y avena. Se ríen,  el uno del otro, al verse los bigotes de chocolate. “A lavarse los dientes”, escuchan la orden. 

A las 7:45 en punto envía un mensaje al guatsap de su grupo de alumnos. “Niños, el día de hoy van a ver, como todos los días, su clase por el canal 5.2. Hoy vamos a ver en la programación temas de Pensamiento Matemático. Pongan atención, ya que después de las 9 les enviaré las actividades que realizarán con apoyo de sus papás”. 

El tiempo corre. Son ya las 7:50 de la mañana. 

Ana consulta la programación de hoy. Canal 11.2, clases para cuarto de primaria. Éste es. Ya ha colocado una silla y una pequeña mesa frente al televisor. Sienta a Manuelito. Le pide atención. Corre a sentar a Juan, en la otra tele, Canal 5.2. Sintoniza. Se sienta a su lado y le acompaña en su clase. Revisa su guats. Igual que ella lo ha hecho con sus alumnos, la maestra de Juanito ya ha enviado mensajes: “Actividades a partir de las 9”.

Aprovecha un momento de atención de Juan a su maestra (la de la tele), y corre a la cocina. Hay que tener listo el desayuno de los tres. Algo rápido. Tiene que atender a sus hijos, y a 30 alumnos más, que ya estarán esperándola: “a partir de las 9”.

Su día se vuelve agitado. Como desde hace semanas. Revisa sus notas de planeación de clase. Son las 9 y Juanito ya ha terminado de ver la programación de preescolar. Revisa su guats. No han llegado sus actividades. Ella, por su parte, comienza a enviar mensajes al grupo de padres de sus alumnos. “La actividad uno para hoy, dentro de dos horas; espero fotos de lo realizado. La actividad dos la podrán hacer en el transcurso del día. Espero evidencias por la tarde”. 

Toing, le notifica su celular. Llegó la actividad de Juanito. Requieren la evidencia a las 12 am. Aprovecha un descanso de Manuelito para, juntos, tomar su desayuno. Corre, lava los trastes. Se sienta con el menor a realizar sus actividades. Son casi las 12 del día. Toma video de la actividad. Lo sube. 

Toing, toing, toing… Comienzan a llegar las evidencias de sus alumnos. A bajarlas, revisarlas y ordenarlas. Van a la carpeta de experiencias de cada niño (son carpetas digitales que ha creado en su computadora). Son casi la una y media. Ya Manuelito terminó sus clases y espera a que  mamá le pueda apoyar con sus tareas. 

Juanito  juega, Manuelito espera, ella trabaja. 

Casi a las dos de la tarde puede darse un “descanso”, el que sirve para calentar la comida que ya ha preparado el día anterior. Cerca de ella, sobre la mesa, el hijo mayor hace sus tareas. Pregunta dudas, ella responde.

Toing. “Maestra, mi hijo no pudo subir sus evidencias, creo está habiendo fallas en el internet”. “No se preocupe. La espero más tarde” −responde rápidamente.

Son las 3 de la tarde. Ya está la comida caliente sobre la mesa. Agua fresca de limón, arroz y una carne en adobo son el menú. Gelatina de postre. Comen. Platican. Disfrutan su momento. Hace caso omiso de los toing, toing, toing de su guats. Es el tiempo de sus hijos. Ya los revisará más tarde. Seguramente padres de sus alumnos solicitando apoyo. Que si no pueden subir la evidencia, que si era video o foto, que si la cartulina de color o blanca, que si… Así toda la tarde. 

A lavar trastes, a limpiar.  ¡Upsss! ¡Las camas! Corre, tiende las camas, recoge un poco. Barre los cuartos. “¡Manuel, lleva la ropa sucia al lavadero!”. Ya habrá tiempo de trapear el fin de semana. 

Contestando el guats y cocinando para el día siguiente, dan las 5 y media. Manuel llega a casa, la besa y abraza a sus hijos. Juega con ellos. Ella se emociona. Su marido es dulce, cariñoso. Besa, abraza, juega. Se sienta a la mesa y ambos platican de su día. De un día más de convivencia con el virus chino ése. Han sido cuidadosos. Se aman y aman a sus hijos y no desean exponerse a los riesgos de salir de casa. Aman a su Patria, dicen. Sólo salen a lo importante, generalmente fines de semana. La despensa y nada más.

Siguen enamorados a diez años de haberse casado. Lo conoció ahí, en el municipio guanajuatense al que llegó a trabajar, ya con su plaza de maestra. Son felices.

Toman un respiro. Él aprovecha  para atender a los niños. Ella prepara sus actividades para el día siguiente. 

Son las 7:30. La claridad del día comienza a dar paso al rojizo crepuscular y al gris que antecede a la oscuridad de la noche. Manuel se encarga de bañar a los niños. Ella prepara un poco de pan y chocolate. Siguen los toing: “maestra, Odalis no podrá estar mañana en clase, tiene un poco de fiebre”… 

Se sientan a la mesa. Bromean. Ríen. Mientras Manuel lava los trastes, ella acompaña a los niños: se ponen la pijama, se lavan los dientes, se meten a la cama. Duermen. 

Ana Verónica  se sienta en la pequeña sala. Responde a los últimos mensajes. Manuel ya ha ido a tomar un baño. Ella se asegura de apagar luces, cerrar llaves del gas, recoger un poco los juguetes que ha dejado tirados el más pequeño de sus hijos. Algunas lágrimas pretenden brotar de sus ojos. Apenas asoman. Se emociona al pensar en sus hijos. ¡Los ama tanto! Se dirige a la recámara. Entra al baño. Se ducha. El agua le permite recuperar un poco de la energía derrochada. Le refresca. Le relaja.

Va a la cama. Manuel la espera y, juntos, abrazados, ven el programa de noticias de siempre. Después, un episodio de la serie que hoy están siguiendo. 

Las luces se apagan. Reina la oscuridad. Ella, fresca, siente el abrazo amoroso de Manuel… Lo abraza igual. Se pierden en su ternura. 

¡¡¡Riiing!!!… ¡¡¡Riiiing!!!…

 

El eje de la Reforma Educativa, aprobada dentro del paquete de las llamadas Reformas Estructurales, fue el de la evaluación a los maestros: evaluación para ingresar al Sistema Educativo, así como para permanecer en él o para lograr ascensos verticales. 

En el “currículum oculto” de tal Reforma existía un  supuesto central: el maestro es el responsable del fracaso educativo. Por lo que  hay que contar con herramientas para enderezar las cosas que no están bien. 

La herramienta principal  fue la evaluación. 

La reforma educativa de Peña Nieto fue, en los hechos, una reforma laboral. 

La evaluación se convirtió en el garrote con el que Peña Nieto y su Secretario de Educación,  Aurelio Nuño, golpearon al magisterio. Éste vivió una de sus épocas más grises durante el “peñato”. 

Si bien, a partir del 2018, año del triunfo de Andrés Manuel López Obrador, más específicamente, a partir de la derogación de la reforma declarada constitucional en febrero del  año 2013, y la aprobación de nuevas formas de relación con el magisterio a partir del año 2019, el maestro no es todavía el protagonista de una de las actividades humanas fundamentales para cualquier sociedad (la educación), sí ha ido recuperando parte de ese protagonismo que le está reservado dada la importancia de su rol social.

No habría manera de explicar el enorme compromiso que ha asumido el magisterio en el contexto de la pandemia del Covid19, si no se entiende que existe ahora una relación de respeto y de honra a la actividad del maestro.

Habrá tiempo de evaluar la estrategia dispuesta por la SEP de hacer uso de la televisión para que los alumnos de todo el país no se rezaguen en el cumplimiento de los propósitos establecidos en los Planes y Programas de Estudio.

Y, en su momento, habrá que reconocer que los logros de esta estrategia serán, en gran medida, gracias al compromiso de los maestros, quienes a diario despliegan un gran esfuerzo para mantener el contacto con sus alumnos: redes sociales, asistencia semanal a la comunidad, acompañamiento con actividades virtuales, envío de materiales y muchas formas más, cada quien dependiendo de su contexto.

El magisterio, hoy, es más digno, más comprometido, más libre…. aun cuando haya reivindicaciones por alcanzar.


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.

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Foto de portada: Antonio Rivera (@antoniorivera) / Unsplash.






Luis López




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2 Comentarios

el 30/09/2020

Soy maestra, y concuerdo con el autor, no hemos dejado el compromiso por ningún momento y ha sído doble la carga de trabajo entre actividades que se deben realizar y el seguimiento que el internet nos permite llevar a cabo.
Gracias por hablar de los maestros, gracias por la hermosa narrativa y gracias por reconfortarnos con su discurso.

el 01/10/2020

La casa además de hogar se convierte en escuela, ciber café en un espacio físico y temporal compartido por un sinnúmero de actores bajo la responsabilidad de una sola persona que organiza, conduce y evalúa a todos ellos a costa del sacrificio de salud física y mental; es la situación de la mayoría de nuestros maestros, ojalá que este gran esfuerzo sea reconocido por autoridades y sociedad en general.



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