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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 22 de marzo de 2018
A los hombres que se niegan a madurar el doctor en psicología, Dan Kiley, los llamó: Peter Pan. Son hombres que no consiguen acceder a la vida adulta por miedo o comodidad y prefieren refugiarse en la infancia.
El psicólogo español, Antoni Bolinches, publicó el libro, “Peter Pan puede crecer”, el cual contiene una descripción del perfil de este tipo de hombres, las causas, y lo más importante, una propuesta terapéutica de su autoría llamada: Terapia Vital.
Ahí explica, desde una perspectiva psicosocial, que las razones básicas que han generado la proliferación de “hombres Peter Pan” están relacionadas con tres factores:
1) La escala de valores propia del sistema capitalista que sitúa al consumismo hedonista como principal referente de la felicidad.
2) La educación permisiva que hemos dado a nuestros hijos sumada a la poca dedicación a sus necesidades afectivas y las grandes facilidades para que puedan crear un mundo virtual donde refugiarse.
3) El cambio en el modelo de relaciones de género que ha impulsado las mujeres a la conquista de su autonomía y protagonismo social, ante cuya realidad algunos hombres desorientados y temerosos, terminan por refugiarse en la infancia eterna, convirtiéndose en Peter Pan.
Una mamá me preguntó lo siguiente: “¿Se puede corregir el camino de la crianza permisiva/sobreprotectora cuando los hijos ya tienen 22 o 30 años?” El planteamiento resulta parcial y nuevamente instala la responsabilidad en un sólo lado: el de los padres. La siguiente pregunta podría completar el planteamiento porque también le otorga responsabilidad al hijo, el cual siendo adulto tiene mucho por hacer en beneficio propio: ¿El hombre Peter Pan puede cambiar? La respuesta a esta pregunta es: sí.
Las personas somos seres en constante formación, y una de nuestras principales características es la capacidad de adaptación y cambio. Pero para cambiar es necesario, de acuerdo a Bolinches, que el joven Peter Pan acepte que es inmaduro, crea que puede madurar, tome conciencia de a qué variante de Peter Pan pertenece en función de su autoimagen y autoconcepto e inicie el viaje a la madurez aceptando sus limitaciones y confiando en sus posibilidades.
Con relación a la primera pregunta, la que me planteó la mamá, considero que lo mejor que pueden hacer los padres a esas alturas del partido, es dejar la vida de su hijo en sus propias manos. Asumir que le toca jugar sus cartas, así como diseñar su proyecto de vida y luchar por hacerlo realidad.
A esas alturas del partido, hay que hacerse a un lado para que el hijo camine y experimente sus alegrías y frustraciones, triunfos y fracasos, aciertos y errores; de donde adquirirá nuevos aprendizajes.
Los padres hemos de ser como un Director Técnico que durante algunos años entrena a sus jugadores dotándolos de consejos, habilidades, estrategias, etcétera, para después enviarlos a la cancha (a la vida) a poner en juego lo aprendido, quedándose al margen para dar sugerencias, y esperando a que el jugador venga a recibir consejo o motivación, si es que la necesita.
Pretender seguir jugando por ellos cuando son adultos es robarles la oportunidad no sólo de jugar sino también de madurar.
Hacer por los hijos lo que ellos mismos deben hacer es robarles su existencia. Y no hay que olvidar que la existencia no admite representantes más allá de la infancia. La crianza dura un par de décadas. Después sólo hay que dar aliento, compañía y consejo (si nos es solicitado).
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay.
Nota: Esta columna se tomará un breve descanso. Volverá el 5 de abril.
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