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Instituciones desbordadas

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 05/07/2018

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©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Jueves 5 de julio de 2018

 

Nacemos personas y la alteridad humana nos lleva a ésta condición. Es la transmisión de la cultura, el lenguaje, las tradiciones, las costumbres, los valores de una sociedad… lo que envuelve a la persona y la integra al género humano. Es el vínculo el medio de transmisión por antonomasia de los atributos humanos. Y los vínculos se tejen en la convivencia diaria, con la influencia de las instituciones, de ahí la importancia de preguntarnos: ¿Qué estado guardan estas? ¿Qué papel están desempeñando? ¿Cumplen las funciones para las que fueron creadas? En este mundo contemporáneo donde se reconoce una crisis de dichas instituciones, ¿cuál es su vigencia y su valor? ¿Humanizan o deshumanizan?

Para decirlo rápido, en la actualidad el valor principal sobre el que gira el mundo es el dinero. El ser humano pasó a segundo término; una consecuencia de ello es que los sistemas neoliberales han traído resultados significativos en nuestro país (y en el mundo) que tienen un denominador común: más y mayor pobreza, así como monopolización de la riqueza.

Con el aumento de la pobreza vino la ruptura del tejido social, dejando a los seres humanos fragilizados, carentes de redes familiares, vecinales, sociales. En este contexto, las familias, cuya función es vital para el desarrollo de sus miembros, se tambalean. Y el Estado, que con sus respectivos poderes e instituciones es responsable de generar las condiciones para que las organizaciones familiares desempeñen su función, tampoco cumple de manera adecuada ni suficiente.

Al no poder cumplir con sus tareas, las familias terminan delegándoselas a las otras instituciones. En consecuencia, hoy vemos, por ejemplo, a los centros educativos exigidos a cumplir ya no sólo con su objetivo original que es instruir al alumnado, sino también a formarlo en los aspectos que le corresponden a las familias: estimulación de habilidades básicas para la socialización, manejo de sentimientos e impulsos, formación en valores…

Por lo arriba mencionado, en los últimos años se ha producido un aumento en la demanda de servicio hacia las instituciones públicas, la cual no ha corrido proporcionalmente en paralelo a un aumento de personal, el que a su vez se ve obligado a hacer más con lo mismo, o en ocasiones con menos recursos humanos y materiales.

La exigencia de cumplir metas muchas veces imposibles de alcanzar por excesivas, trae como consecuencia el sacrificio de la calidad en el servicio. Amplia cobertura en afiliación al Seguro Popular pero poco personal para atender a las y los afiliados, grupos numerosos en aulas escolares mal equipadas, agencias especializadas en ciertos delitos rebasadas por la demanda, exceso de burocracia y demás manifestaciones de desbordamiento institucional, llevan al límite de sus fuerzas a los y las profesionales que ahí laboran, muchos de los cuales terminan víctimas de la despersonalización, el agotamiento emocional y la baja realización personal, manifestaciones del “queme” profesional o Síndrome de Burnout.

Una de las consecuencias del queme profesional se refleja en el mal trato a los usuarios, producto de ver a estos ya no como sujetos sino como objetos. La alienación como recurso. Alienación del otro, del usuario, pero también de los y las profesionales a quienes el sistema termina por convertirlos en “máquinas productoras de números”, números que sólo servirán para los informes de los gobernantes.

Así estamos. Así somos. Así actuamos. Pero podremos estar, ser y actuar diferente si mantenemos un espíritu crítico, reflexivo, denunciante, creativo, proactivo, empático, es decir, humano. No nos conformemos, no nos instalemos. No dejemos que nos conviertan ni que nos traten como objetos inanimados. Indignémonos para la acción propositiva.


* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: UdeG-Tv.






Luis López




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