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José Vasconcelos, La raza cósmica: comentarios

Para Ver, Oír y Comer / Top News / 01/04/2020

SOMOSMASS99

 

Esther Sanginés García*

Miércoles 1 de abril de 2020

 

José Vasconcelos nació el 27 de febrero de 1882, en Oaxaca, en pleno apogeo del Porfirismo, una época en que la oligarquía nacional se soñaba a sí misma como parte de lo que llamaba el mundo moderno, fantaseaba con la libertad, el orden y el progreso, la ciencia positiva y la diosa razón, mientras despojaba a los indígenas, los campesinos y esclavizaba a los peones acasillados. Intentaba sacar su vitalidad y su fuerza dando la espalda a España y al pasado indígena, se inspiraba en la República Francesa y en la Europa anglo-sajona, que incluía a unos Estados Unidos bastante idealizados, con su codicia e ignorancia, se convertía en una caricatura de sí misma. Contra esa oligarquía y sus falsos ideales luchó Vasconcelos toda su vida.

Por el trabajo del padre, su familia vivió en la frontera, José Vasconcelos se vio obligado a realizar sus estudios iniciales en la comunidad de Eagle Pass, Texas, allí desarrolló un profundo desprecio por la forma de vida de los mal llamados americanos. Tuvo la oportunidad de vivir en diferentes lugares de la República Mexicana: Piedras Negras, Campeche, Toluca, la Ciudad de México, eso le permitió valorar la riqueza cultural del país.

Ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria y después a la Escuela de Jurisprudencia donde concluyó sus estudios como abogado. Fundó el Ateneo de la Juventud, institución que presidió (1909-1912) y renombró más tarde como Ateneo de México. Con otros miembros del Ateneo, impulsó la Universidad Popular Mexicana, un proyecto educativo no formal, libre, los estudiantes no recibían títulos ni certificados, sus profesores trabajaban de manera solidaria, sin percibir salarios. La Universidad funcionó desde 1912 hasta 1920, con la misión social de educar a los adultos, principalmente obreros. Fue Director de la Escuela Nacional Preparatoria durante el régimen de Francisco I. Madero, Rector de la Universidad Nacional (1920-1921), Secretario de Educación Pública con Obregón (1921-1924), y Director de la Biblioteca Nacional (1941-1947).

En 1920, al iniciar su labor como Rector de la Universidad Nacional de México, conocida entonces como Departamento Universitario y de Bellas Artes, organizó un programa editorial que comprendía sobre todo la divulgación de los autores clásicos hacia amplias capas de la sociedad, se adoptó el escudo actual de la universidad, de cuyo lema “Por mi raza hablará el espíritu” es autor. Durante la presidencia de Álvaro Obregón, fue Secretario de Educación Pública, promovió las misiones culturales [1]. Al materialismo anglosajón contrapuso un ideal estético, muy influenciado por los filósofos alemanes, principalmente por Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche y por el cristianismo. Era profundamente nacionalista, apasionado de lo que llamaba “la patria grande”, toda Iberoamérica. Escribía con pasión, para llegar al espíritu del lector.

En su libro La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana[2], escrito en 1925, en esa raza por la que “hablará el espíritu” está presente el deseo de transformación y “redención” de los pueblos iberoamericanos, con un ideal estético y una pasión amorosa, que contagia e invita a la acción. El libro es un canto a la hispanidad, en él entreteje una utopía “mestiza” con el ideal del internacionalismo a partir de un deseo-intuición y un mito: Su utopía mestiza pretende recuperar “la obra portentosa” iniciada por los conquistadores y consumada por los sabios y abnegados misioneros para cumplir la gran encomienda de conducir al mundo hacia el fin ulterior de la historia cuya meta es la fusión de los pueblos y las culturas para arribar a la etapa del mundo uno, al tipo síntesis que juntará los tesoros de la humanidad con las voces que traen los acentos del mito de la Atlántida, contenidos en la pupila del hombre rojo “que supo tanto hace miles de años y ahora parece que se ha olvidado de todo”. La aparición de la quinta raza universal, síntesis de las cuatro razas anteriores: de los hombres negros, rojos, amarillos, blancos.

Según él, este deseo-intuición requiere de un salto del espíritu, que descubra el plan de la historia, que pase por encima de la microideología y miopía de los especialistas, para descubrir en los sucesos aparentemente inconexos y caóticos, una dirección, un ritmo y un propósito. Ese plan de la historia al que se refiere es mucho más teológico que filosófico e histórico.

El mito de la Atlántida, cuna de la cultura, despeja, para él, el misterio de los hombres rojos que civilizaron al mundo llevando la Tabla Esmeralda a Egipto. Cuando los continentes se separaron y apareció el último mar, fundaron Chichen Itzá, Palenque, Teotihuacan. Esa maravillosa civilización fue decayendo hasta quedar reducida a los imperios azteca e inca, indignos de aquella grandeza.

Cuando Vasconcelos escribió La raza cósmica, predominaban aún los prejuicios y el desconocimiento de la profunda sabiduría india que han empezado a superarse gracias al magnífico trabajo de Don Ángel María Garibay y de los doctores Miguel León Portilla y Alfredo López Austín, por mencionar sólo a los pioneros. En Vasconcelos puede verse la idealización de Cuauhtémoc y la repulsa por el indio vivo:

Los primeros historiadores de las ‘antigüedades mexicanas, ejemplarmente Fray Bernardino de Sahagún, con todo su amor y su caridad cristianas, no pudieron menos que condenar aquellas ‘civilizaciones satánicas’. Los frailes historiadores del Siglo XVII estaban en la misma línea y parece estarlo también Sigüenza, en quien, para más es evidente el señalado contraste entre la admiración por las desaparecidas civilizaciones prehispánicas y la marcada repulsa por el indio vivo[3].

La historia se rige por la ley del gusto o ley de los tres estados[4] que gradualmente nos libera del imperio de la necesidad y poco a poco encausa la vida entera a las normas superiores del sentimiento y la fantasía. En el tercer período la conducta se orienta por el sentimiento creador y la belleza que convence, las normas las dará la facultad suprema, la fantasía, sólo inspiración constante “el mismo imperativo ético será sobrepujado más allá del bien y del mal”[5], en el mundo del pathos estético sólo importará que el acto por ser bello produzca dicha. “Hacer nuestro antojo, no nuestro deber; seguir el sendero del gusto, no el del apetito ni el del silogismo, vivir el júbilo fundado en amor”[6]. Para llegar a ese estado de Dioses hay que pasar por todos los caminos, el del deber para depurar los bajos apetitos, el de la ilusión, para llegar a la pasión. “Sentir por todo una emoción tan intensa que el movimiento de las cosas adopte ritmos de dicha”. A ese estado se llega soltando el anhelo divino para que alcance, sin puentes de moral y de lógica, la revelación, es el amor exaltado.

La voluntad se hace libre, sobrepuja lo finito y estalla y se anega en una especie de realidad infinita, se confunde con la alegría del universo, se hace pasión de belleza. La fusión de las razas se dará en el continente americano por las leyes de la emoción, la belleza y la armonía que regirán la elección de las parejas, por la eugénica misteriosa del gusto estético. Y en este mundo de la utopía mestiza, los muy feos no procrearán. Pero tampoco habrá feos, pues la fealdad es una consecuencia de la pobreza, la educación defectuosa, la miseria, los vicios. Todas estas calamidades desaparecerán del estado social del futuro, el matrimonio se convertirá en una obra de arte. Prevalecerán los instintos superiores y perdurarán, como síntesis feliz, los elementos de hermosura que hoy están repartidos en los distintos pueblos. La belleza del paisaje se manifestará plenamente en las personas cuando el mestizaje acriollado culmine: “Quizá entre todos los caracteres de la quinta raza predominen los caracteres del blanco, pero tal supremacía debe ser fruto de elección libre del gusto… Los caracteres superiores de la cultura y la naturaleza tendrán que triunfar”[7]. En la medida en que mejoren las condiciones sociales el cruce de sangre estará sujeto al gusto o a la curiosidad. El motivo espiritual se ira sobreponiendo a las contingencias de lo físico. “Por motivo espiritual ha de entenderse, más bien que la reflexión, el gusto que dirige el misterio de la elección de una persona entre la multitud”[8].

Todo está dado para la fusión de las razas, sólo falta el impulso creador, el plan de formación de la especie nueva. ¿Cuáles deberán ser los rasgos de ese impulso creador?

La potencia creadora de júbilo que es emoción de belleza y un amor tan acendrado que se confunde con la revelación divina. Ya Platón, en el Fedro, afirmaba que la belleza tiene la propiedad de ser patética; su dinamismo contagia y mueve los ánimos, transforma las cosas y el mismo destino. El esteticismo cristiano que impregnará a la quinta raza, que ya lo posee la gente mestiza del continente iberoamericano, su fina sensibilidad estética y un amor de belleza profunda, que sobre la misma fealdad pone el toque redentor de la piedad que enciende un halo alrededor de todo lo creado. Tenemos todos los pueblos y todas las aptitudes

…sólo hace falta que el amor verdadero organice y ponga en marcha la ley de la historia… Las tendencias todas del futuro se entrelazan en la actualidad: mendelismo en biología, socialismo en el gobierno, simpatía creciente en las almas, progreso generalizado y aparición de la quinta raza que llenará el planeta, con los triunfos de la primera cultura verdaderamente universal, verdaderamente cósmica. 

El paisaje habla a sus criaturas y la conciencia espiritualiza el paisaje. Lo que no ha cristalizado en emoción o imagen dentro de una conciencia o en la literatura y el arte, es una naturaleza que no ha conquistado su más alto fin.

Proponía Vasconcelos que la situación mundial nos imponía el patriotismo, valorar lo propio para defender los intereses tanto materiales como morales, sin perder las finalidades vastas y trascendentes. Un patriotismo que se arraigue en Cuauhtémoc y Atahualpa (¿últimos representantes dignos de la raza roja?) y en su fuente hispánica, para vivir conforme al alto interés de la raza, aun cuando éste no sea todavía el alto interés de la humanidad, hay que obtener primero el triunfo de la hispanidad, para lograr después el fin ulterior de la historia, la fusión de los pueblos y las culturas, arribar a la etapa del mundo uno, al tipo síntesis que juntará los tesoros de la humanidad; las voces que traen los acentos de la Atlántida, contenidos en la pupila del hombre rojo, la ebriedad de danzas y dicha sensual del negro, el misterio del mogol con sus ojos oblicuos, la mente clara del blanco, las estrías judaicas, la melancolía de los árabes y el espíritu hindú. Todos juntos para hacer un corazón sensible y ancho que todo lo abarca y contiene y se conmueve, pero henchido de vigor, impone leyes nuevas al mundo, para cumplir el prodigio de superar la esfera actual y llegar al tercer período, el período final de la historia.

El alma necesita permearse de todas las auras fundamentales para elevarse hasta el aura universal; pues toda verdadera cultura es a la vez particularista, pluralista y sintética. La posibilidad de comunicación y movilidad que da la técnica brinda la oportunidad de creación del alma universal.

América tiene la misión de servir de asiento a una humanidad hecha de todas las naciones y de todas las estirpes. El origen hispano “es un ansia infinita de integración y de totalidad que por lo mismo invoca al universo”. Sabe ofrecer hogar y fraternidad a todos los pueblos. La raza hispana tiene por delante la misión de descubrir nuevas zonas del espíritu ahora que todas las tierras están exploradas.

Vasconcelos hace la apología del tercer estado y la nueva raza, con un gusto europeizante, para que el indio dé el salto desde la Atlántida hasta la hispanidad y el negro desaparezca en la fusión. A pesar de que en este libro se perfila el giro hacia el nacional socialismo que daría tiempo después José Vasconcelos, él logró inspirar a una generación para luchar contra la ignorancia.


Notas:

[1] Un esbozo de la filosofía de la educación y la pedagogía de Vasconcelos podemos verlo en el libro de Jaime Vieyra México: Utopía, legado y conflicto, en el capítulo La Pedagogía del Espíritu, pp. 131-160 

[2] Vasconcelos Calderón José, La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana. Notas de Viajes a la América del Sur. Madrid, agencia mundial de librería, 1925. Versión digital, sin paginar. http://www.filosofia.org/aut/001/razacos.htm

[3] Salmerón Sanginés, Pedro, El mito de la riqueza de México variaciones sobre un tema de Cosío Villegas. Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, ISSN 0185-2620, n. 26, julio-diciembre 2003, sobretiro, pp. 136.

[4] Vasconcelos aclara que estos tres estados se definen “no a la manera comtiana” (p.25), es evidente que hay una influencia tanto de Comte como de Saint-Simon en esta su filosofía de la historia. Aunque su descripción del tercer estado corresponde a una versión más antigua que llegó a México con los misioneros franciscanos de la misión de San Gabriel (entre ellos Fray Martín de Valencia) y que habían interpretado las tesis de Joaquín de Fiore (1130-1202), teólogo contemporáneo de San Francisco al que se atribuye el desarrollo de tesis trinitarias y una filosofía de la historia según la cual la humanidad debe vivir tres estados: el del Padre, el del Hijo y el del Espíritu Santo. Ver: Jaime Montel, La conquista de México Tenochtitlan, Planeta, México, 2001, el prólogo a la segunda edición del libro de Robert Ricard La Conquista espiritual de México, Fondo de Cultura Económica, Quinta reimpresión, México, 2000, y Saranyana, Joseph Ignasi, Sobre el milenarismo de Joaquín de Fiore, en Teología y Vida, Vol. XLIV (2003), pp. 221-232, Universidad de Navarra, España versión en Internet //www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0049-34492003000200007&script=sci_arttext&tlng=es. 

[5] Vasconcelos Calderón José Op Cit

[6] Idem

[7] Idem 

[8] Idem

Imagen de portada: José Vasconcelos y portada de La raza cósmica.






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