Agustín Galo Samario / SomosMass99
Purísima de Bustos, Gto. / Viernes 3 de abril de 2015
Judas Iscariote fue colgado de una horca a siete metros de altura hora y media después de la crucifixión de Jesús en el monte Calvario, quien con su muerte hizo temblar la tierra y demostró, así, que era el rey de los hombres (y, cabe suponer, de las mujeres). ¿De verdad ocurrió así hace 2015 años? Sabrá Dios.
Bueno, al menos eso fue lo que la multitud vio este viernes en la representación del viacrucis que ha dado fama a Purísima de Bustos. Jesús de Nazaret fue juzgado y condenado a morir por un Poncio Pilatos que otra vez se lavó las manos. Fue azotado, se le colocó una corona de espinas y fue obligado a cargar sobre sus hombros una cruz de madera a la que con gruesos clavos quedó sujeto de pies y manos, mientras era humillado por fariseos y soldados romanos frente a un pueblo lleno de congoja.
Es el capítulo final de la Pasión de Jesucristo. La procesión empieza a eso de las 10 de la mañana, en una casa de la calle Francisco I. Madero. Ahí vive José Manuel Fernández, quien está al frente de los organizadores y es el responsable de los diálogos que cada participante va a pronunciar durante la representación.
Pero el ritual inicia antes. Dentro de la casa, donde en privado se viste a Jesucristo con una túnica de terciopelo de color morado y ribetes dorados. Tarea que llevan a cabo no más de cuatro hombres y una mujer, quienes cubren la cabeza de Jesús con un velo blanco bordado para impedir que los extraños vean su rostro hasta empezar el recorrido.
En la calle, una decena de voluntarios preparan una tarima sostenida por cuatro patas de poco más de un metro de altura. Ya listo, Jesús posará ahí sus pies, exactamente encima de un hueco que desde abajo deja ver el mecanismo ideado por Hermenegildo Bustos para darle movimiento. Es un cilindro de madera que funciona a manera de carrete y que al girar alarga o acorta los lazos que atraviesan por dentro la figura del nazareno, desde los pies hasta la cabeza.
Cuando se le pregunta, don José Manuel responde con palabras sencillas que la Judea es lo más importante de su vida. “Por lo mucho que nos ha dado el señor, a mí, a mis hijos, a mi familia. No nos ha dado más que lo que merecemos, no nos ha dado más.

- Para Daniel Domínguez, quien representa a Judas, participar en la Judea es su pasión. “Es el sueño que tenía desde chico”, dice.
Es una tradición que nos identifica, es una responsabilidad que no la tomo como tal sino como un gusto por acompañarlo (a Jesús) en su viacrucis”. Él pertenece a la cuarta generación de personas que han continuado con la herencia que les dejó desde 1873 el grupo de purimenses al que perteneció el pintor Hermenegildo Bustos.
Don José es acompañado, entre otros, por Luis Ibarra, Erasto Trujillo, Julián Moreno Alva, César López, José Ernesto Fernández, Juan Antonio Galmez, J. Cruz Gámez, Gerardo Torres Vallecillos y el mayor, J. Félix Rico Domínguez, a quien su padre le contaba que Hermenegildo Bustos hacía nieve de limón para andar en las calles y que la pintura que utilizaba para sus cuadros la elaboraba con estiércol de burro.
Pocos son los que se sustraen a la Judea. Por eso cada año entre 80 y cien personas, entre adultos y niños, se apuntan para participar en la procesión. Un dilema que es resuelto por los mismos aspirantes, relata don José Manuel, pues son ellos los que se encargan de seleccionar a seis angelitos, dos soldados, una Verónica y un judío.
La Pasión
La noche anterior Jesús había cenado por última vez con sus discípulos. Sabía de la traición de Judas Iscariote, que lo había vendido por unas cuantas monedas. Vio cómo Pedro lo negó y, en su sufrimiento, hizo la oración del huerto como resignación de lo que le esperaba.
Detenido por soldados romanos, es juzgado ante alrededor de tres mil purimenses que observan en silencio, algunos sentados en sillas plegables, otros en pleno suelo y los más de pie en el Jardín Principal frente a la presidencia municipal. La víspera, el sumo sacerdote Caifás le preguntó a Jesús si era el Mesías, a lo que respondió con cuatro palabras: “Tú lo has dicho”. Ahora, frente a Poncio Pilato, guarda silencio. Observa a Pedro que, mientras pretende pasar por desapercibido entre los ayudantes del sacerdote, lo niega otras dos veces.
Jesús es insultado, tachado de falso profeta, de blasfemo. Pilato le pide hablar en su defensa, pero como no obtiene respuesta para salvarle la vida propone liberar a Barrabás, al sedicioso y asesino. Poncio Pilato pregunta a la multitud a quién debe salvar, a Jesús o a Barrabás. La muchedumbre prefiere al salteador. Entonces empieza el tormento. Cuatro, cinco, seis sayones lo someten, lo arrodillan, lo azotan. Con la sangre a flor de piel, los soldados romanos se burlan: “¿Eres el rey de los hombres? ¿Eres el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo! ¡Ja ja ja!”.
Es el momento en que el Jesús de Hermenegildo Bustos inicia su recorrido hacia el monte Calvario. Cae una vez, dos veces en la calle Francisco I. Madero. Frente a los judíos de magníficas máscaras hacen valla para que la multitud situada en las aceras no se le acerque, y aun con los azotes de algún sayón, exhausto y sediento, levanta una mano no cómo súplica sino como reflejo del tormento. Sin el velo que horas antes cubría su rostro, ahora ya pueden vérsele las heridas.

- El viacrucis en Purísima es toda una tradición. José Manuel Fernández encabeza a los organizadores; pertenece a la cuarta generación de quienes iniciaron con el ritual.
Faltan poco más de 50 metros para llegar al monte Calvario, al Jardín Principal, y cae por tercera vez. Ahí toma el micrófono quien encabeza la procesión sentado en una silla colocada en una camioneta, el párroco José Guadalupe Domínguez. Dice: “Jesús perdió todos sus derechos, no se le respetaron sus derechos. Ya no teme a la muerte porque ama y el amor no da vergüenza, es entonces el triunfo del amor sobre la muerte porque su vida ya no es suya sino de Dios. Su tormento es reflejo del amor por los desamparados, por los marginados”. Un discurso que, según explica después, se refiere a la misma situación de siempre. “Si nos trasladáramos a ese tiempo, pasaba lo mismo (que ahora). Los poderosos oprimían a los débiles, o sea, eso ha sido siempre. Es decir, Jesucristo viene a crear relaciones fraternas, donde haya justicia y solidaridad”.
Nuevo protagonista
Jesús no puede más, por eso la muchedumbre obliga a Simón de Cirene a cargar la cruz hasta el Gólgota. Y una vez crucificado, el nazareno muere tras pedir a su padre que perdone a sus verdugos porque no saben lo que hacen. Su último aliento se va con la herida provocada por un lancero. Entonces se oscurece el celo, la tierra tiembla y ocurre lo que solamente sucede aquí en Purísima de Bustos: los papeles se invierten y Jesús cede su papel protagónico a Judas Iscariote.
Él es Daniel Domínguez es quien en el papel de Judas va a ser colgado. Es uno de los trompetistas del ejército romano, pero ahora -sin saberlo hasta apenas unos minutos atrás- cumple el sueño que guardaba desde niño.
En la calle los judíos lo persiguen, corren en el Jardín Principal entre los ya más de diez mil purimenses que les abren paso. Ahí van el diablo mayor y el diablo menor, con los judíos detrás. Son el Judas triste, Judas negro, el Ranchero, la Oriental, la Risueña, Malco, el Tiempo. Todos, con sus máscaras elaboradas por artesanos purimenses con madera de árbol de colorín, ligera y fresca, recorren cada rincón de la plaza. Los diablos hacen tronar sus látigos ante la algarabía de la concurrencia, que ya no sufre, disfruta, goza el espectáculo. Niños y niñas, jóvenes, madres, padres, abuelos, replican los truenos con los látigos que le venden comerciantes ambulantes.
Pero dentro de la presidencia municipal, Daniel Domínguez, que apenas pasa los veinte años, es presa de los nervios. Un trabajador de la alcaldía lo ayuda a colocarse las correas que sostendrán su cuerpo cuando sea subido a la horca. Dice que siempre le ha gustado la Judea y el personaje. Sí, “Judas vendió a Jesús por monedas” y, aunque es “un acto de pecado”, “como soy de aquí, de Purísima, es mi pasión, uno lo lleva desde chico. Es la primera vez que soy ahorcado”. “Ya sucedió que uno se cayó y se lastimó”. ¿Cuántos metros de altura tiene la horca? “Seis o siete. ¿Qué si tengo nervios. Claro que sí, pero hay que echarle ganas. Es el sueño que tenía desde chico”.
Son las 16:30 exactas. Según personal de Protección Civil y de Fiscalización Municipal en el jardín ya hay más de 12 mil personas. La expectativa se rompe cuando aparece Judas Iscariote-Daniel Domínguez, sometido a jalones por los soldados. Atado de las manos, la soga le rodea el pecho. Daniel se eleva, simula los dolores y la asfixia del ahorcamiento. Mueve con desesperación las piernas, se convulsiona. Muere. El acto final no se prolonga ni cinco minutos.
Juan Antonio Galmez le dice a don José Manuel que hace tres días su hija tuvo un hijo. “Yo estaba preocupado, no salía embarazada. Pero hace nueve meses llegó a la casa y me dijo: ‘¿qué crees, papá?’. Ya estoy embarazada’. Le pedí al Cristo y nos cumplió. Me ha hecho milagros bien bonitos. Por eso mientras pueda y viva aquí voy estar en la Judea”.






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