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Justicia en propia mano en un país degradado

Diálogo Estado / Raúl Muñiz Torres / Top News / 03/11/2016

SOMOSMASS99

 

PERSIGUIENDO SOMBRAS

Raúl Muñiz Torres

Miércoles 2 de noviembre de 2016

 

Hace poco más de 20 años, cuando era reportero del periódico El Nacional de Guanajuato, cierto día un joven llegó a las instalaciones de la presidencia municipal de León con un extraño cargamento.

Dicha carga era el cadáver de un perro muerto que el joven fue a tirar al patio central del palacio municipal. La memoria no me alcanza para recordar cómo fue sancionado el muchacho, pero seguro así ocurrió por violentar con su conducta incorrecta, el civismo que el reglamento ciudadano obliga a cumplir en aras de un comportamiento más pulido.

Pero la acción del chico podría considerarse coherente visto desde la casuística ética si atendemos las razones que esgrimió para explicar su actuar: en aquel día, el muchacho dijo que había obrado de esa manera porque, cansado de llamar a limpia municipal y no obtener respuesta alguna para que se retirara de la vía pública el cadáver del can, decidió hacer reaccionar a las autoridades y volverlos conscientes de su inoperancia.

Años después, fui testigo de otro hecho singular pero ahora como aficionado al fútbol. En el graderío del estadio León, existen códigos no escritos de comportamiento (aunque usted no lo crea) y en él, los aficionados entienden que en las gradas pueden fumarse todos los cigarrillos que deseen, pero fumar puro es una ofensa humeante que los hinchas no se pueden permitir.

En aquel día, un señor fumaba un puro que molestaba con sus exhalaciones a las personas que lo rodeaban en las gradas del estadio. El respetable (como dirían los antiguos cronistas), le increpaba su actuar sin que el señor se inmutara ni un segundo.

Una mujer, decidida a terminar con el problema, bajó unas cuantas gradas, encaró al impertinente fumador y sin dudarlo, lanzó a la cara del desgraciado una cerveza que provocó las muestras de apoyo de los aficionados hacia la señora, y un grito unísono de alegría brotó de las gargantas de los hinchas cual si el amado club León hubiera reventado en gol la portería rival.

Ambos eventos de justicia de la cotidianidad, quedan ahí para el anecdotario de lo chusco, para la charla del café entre amigos, para el breviario del absurdo de ciertas realidades mexicanas que narran acontecimientos singulares como los dos anteriores.

Pero lo narrado hasta aquí, escondía una visión de la fatalidad futura que México habría de enfrentar después y al paso de los años. Una sombra agazapada que traía consigo otro hechos que dejaron lo chusco, lo anecdótico y lo trivial de lado para darle paso al resentimiento, a la tragedia, a los ríos de sangre que ahora apuestan a la rabia ciudadana que decide tomar justicia por propia mano en eventos que han dejado de provocar la risa y le han dado paso al llanto.

Hace apenas unos días, se sabe del hallazgo de cuatro cadáveres en la carretera Toluca–México a la altura del kilómetro 38. Tres hombres y una mujer, cuentan las crónicas, abordaron un autobús para asaltar a los pasajeros. No contaban con que uno de los pasajeros los recibiría a tiros y los abatiría sin consideraciones.

Los medios de comunicación también dan cuenta de la propuesta de un senador de la República que plantea a la sociedad mexicana que los ciudadanos puedan armarse dentro de sus negocios y al interior de sus automóviles.

La propuesta ha hecho eco en muchas personas indignadas que han visto dañado su patrimonio, su vida y su integridad física ante las agresiones cotidianas de la delincuencia organizada. El resentimiento se ha convertido ya en una avalancha preocupante.

Linchamientos a ladrones en ciertas comunidades del país, ciudadanos que entregan ellos mismos a los delincuentes a la policía, colonias en donde sus habitantes se organizan en un programa que en las puertas de sus casas se conoce y se revela como “Vecinos vigilando”.

Los actos de justicia ciudadana no tienen ya nada de chusco o anecdótico. Son hoy la muestra palpable de un país degradado moralmente en todos los órdenes de su vida. Son la llamada para darle lugar a una realidad que nos alcanza, nos pega, nos descubre indefensos y sí, también, muy violentos. Qué hacer.

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Foto de portada: Diego Reyes / Cuartoscuro.






Luis López




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