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©Gaudencio Rodríguez Juárez
Psicólogo
Divorcio, ruptura, conflictos sin solución, violencia, separación, fractura, son palabras cada vez más frecuentes en la descripción de las relaciones de pareja de nuestra época. Hombres y mujeres encuentran dificultad para dialogar, para hacer acuerdos equitativos, para comprenderse y aceptarse tal como son, sin imposiciones. ¿Por qué este desencuentro? Las razones son múltiples, pero una que salta a la vista tiene que ver con el cambio en los roles y estereotipos de género en las últimas décadas.
La mujer dedicada exclusivamente al hogar y a los/as hijos/as ha ido desapareciendo. Hoy, los atributos y funciones consideradas naturaleza exclusiva de la mujer, tales como, amor incondicional, ternura, paciencia, intuición, emotividad, fragilidad, altruismo, etcétera, coexisten con atributos y funciones consideradas masculinas, por ejemplo, competitividad, agresividad, fortaleza, empuje, valentía, autosuficiencia, éxito, producción…
De ahí que en la actualidad encontramos “nuevas” mujeres: mujeres tiernas, cariñosas y firmes; sensibles e inteligentes; bonitas y triunfadoras; reproductivas y productivas; emotivas y objetivas; que saben de lo doméstico pero no es su prioridad; que buscan una relación de pareja como deseo no como necesidad; que tienen en su proyecto de vida la maternidad pero no como meta única en la vida.
Por otro lado, los hombres, en general, siguen siendo los mismos. Se aferran a sus atributos tradicionales, se resisten a cambiar: mostrarse rudo, agresivo, omnisapiente, racional, objetivo, ecuánime, exitoso, líder, público, etcétera, sigue siendo de vital importancia; el “feo, fuerte y formal”, es un dicho aún cargado de sentido.
El desencuentro se gesta en las expectativas que se tejen en la elección de pareja. Ellas esperan encontrar un hombre con nuevos atributos (¿dónde encontrarlo?), mientras que la mayoría de ellos siguen buscando una mujer tradicional (¿a dónde se están yendo?).
Ellas están viendo al futuro, hacia lo que apenas se asoma. Ellos hacia el pasado, hacia lo que se esfuma.
En la manera de socializar a los niños y niñas se inicia el camino hacia el desencuentro.
En un grupo de entre 8 y 13 años de edad, las niñas describieron las características que les gustaría encontrar en un hombre cuando sean grandes: “cariñoso y agradable”, “inteligente”, “dulce”, “que no tome vino ni cerveza”, “que sea bonito y no feo”, “alguien con quien se pueda platicar”.
Los niños quedaron sorprendidos al escuchar estas respuestas porque creían que lo más importante para ellas era encontrar “un hombre rico, trabajador, valiente y que tuviera una casa bien grandota”, en otras palabras, el estereotipo tradicional: productor, proveedor, protector y potente.
Pero más sorprendidas e incómodas quedaron ellas al escuchar que los niños esperaban encontrar una mujer “bonita”, “amorosa”, “que haga las tareas”, “lave, planche y haga de comer”, es decir, romántica, doméstica y que exista en función de los otros y no en función de sí misma. Ellas detectaron el sexismo y exclamaron: “¡Ah, eso si que no!”. Los niños no entendieron por qué esta reacción de las niñas.
Y así parecen estar las personas adultas contemporáneas: los hombres no entienden por qué las mujeres no se conforman, por qué exigen respeto a sus derechos, acuerdos y nuevas posiciones; ellos siguen creyendo que les toca ser el fuerte en la relación, el protector, la autoridad única, “el pilar de la casa”, “el cabeza de familia”; ellas parecen no necesitar esto, o no siempre, o no de la manera en que ellos quieren serlo.
Ellas buscan una pareja en toda la extensión de la palabra: un par, un semejante, un compañero, una relación horizontal. Ellos buscan una mujer suave, frágil, que necesite protección eterna, que acepte una relación vertical, dispareja, que acepte la subordinación.
“¿Por qué una mujer independiente, inteligente, capaz, agradable y bonita no puede encontrar un hombre?”, me preguntó una amiga. “Por eso mismo”, pensé yo.
La época actual sugiere dos tareas diferenciales para hombres y mujeres: en el caso de ellos se trata de cuestionar y deconstruir el modo de ser hombre y los ejercicios cotidianos de poder patriarcal; en ellas se trata de avanzar en la constitución de su autonomía (Ana María Fernández). Ambas cosas en un diálogo que permita visualizar las nuevas expectativas, necesidades y deseos, así como trabajar en la construcción de relaciones armónicas, flexibles y equitativas.
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