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NO TODO ESTÁ PERDIDO
Agustín Galo Samario
Aún sin conocerse los resultados finales de la elección de este domingo, la certeza generalizada es que el abstencionismo será de por lo menos el 60 por ciento. Tal es el escenario para los más optimistas, que sin embargo despierta la interrogante de cómo van a gobernar en los municipios y para quiénes legislarán en las cámaras de diputados estatal y federal si fueron votados por una minoría de electores.
En cambio los optimistas más informados, como se les dice por ahí, consideraban incluso que la votación llegaría a lo más al 36 por ciento. Para ellos lo más probable sería un abstencionismo del 64 por ciento, resultado que debería poner a reflexionar a todos los partidos políticos.
No importa que se trate de comicios intermedios que despiertan menor interés en la población que los sexenales, cuando se disputa la presidencia de la República y se elige a senadores. Ni eso salva esta elección, pues el alto porcentaje de ciudadanos que decidieron no acudir a las urnas expresaron con un contundente silencio su rechazo a los partidos políticos y a sus candidatos. En pocas palabras: dos tercios del electorado le dijo a la clase política que no cree, que desconfía de ella y que la repudia.
“Algo hemos dejado de hacer”, decía alguien. “Ya no nos creen, y eso es con todos los partidos, no nada más con uno”, comentaba otro. De modo que los tres años que vienen podrían ser desastrosos para Guanajuato, toda vez que la ilegitimidad habría marcado de forma indeleble a los gobiernos municipales y a los diputados locales y federales.
¿Qué costo tiene la ilegitimidad de un representante popular? Ya lo experimentó todo México en 2006. Felipe Calderón alcanzó ese año la presidencia de la República con un triunfo de apenas unas décimas sobre su competidor más cercano. Para ganar la legitimidad que no obtuvo en las urnas, dio la orden de iniciar la sangrienta guerra contra el crimen organizado con la creencia de que atacar con las armas uno de los problemas que más preocupan a los mexicanos le permitiría acomodarse bien en la silla presidencial. Nunca lo logró y todavía hoy México se desangra.
Hay que esperar a que la autoridad electoral termine el conteo de votos y nos diga cuántos guanajuatenses en realidad acudieron a las urnas. Pero desde ahora se percibe un horizonte lleno de nubarrones.
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