SOMOSMASS99
Agustín Ramírez Agundis*
Miércoles 8 de julio de 2020
A diario, de lunes a sábado, a eso de las cinco de la tarde, se oye el sonoro llamado “elooootes”, tras el cual los vecinos salen a comprarlos, ya sea completos o desgranados para transformarlos en esquite. Invariablemente, unas dos horas antes ya hemos escuchado durante un largo rato a Tin Tan interpretando El Panadero interrumpido de cuando en cuando por el mensaje de quienes traen su producto “desde el meritito Rincón de Tamayo”, bolillos, teleras, gendarmes, besos, conchas, hojaldras, novias, cuernos, corbatas, volcanes, piedras, viudas, rejas… como dice la canción. Dos horas después un intenso y prolongado sonido llamará nuestra atención, es la pequeña caldera móvil en la que se va horneando el camote y el plátano conducida por el persistente vendedor que se anuncia no con un grito o con un equipo de sonido, sino con el sonoro silbato impulsado por vapor.
De vez en cuando, se nos antoja la cena de Doña Petra, quien ayudada por su hija y sus nietos cada día monta su negocio en el zaguán de la casa, allí nomás traspasando la puerta. Un anafre, un comal de bola abajo para freír los tacos, las enchiladas y los pambazos, el vitrolero para las patitas de puerco y el caldero para el pozole, conforman toda la infraestructura junto con un buen set de cucharas y cucharones.
Los domingos por la mañana, ni que decir, las gorditas, los tacos y el menudo, en la calle, afuerita de la escuela secundaria Nat Tah Hi, donde casi termina las colonia Insurgentes en el poniente de la ciudad de Celaya. Los comensales acomodados alrededor del comal en bancos de plástico, esperando que salgan las de queso o las de migajas para acompañarlas con sus respectivos frijolitos, nopales, papas, chicharrón o bistec en chile negro, o bien el plato de menudo complementado al gusto con cebolla picada, el cilantro y el orégano, pero siempre acompañado por las tortillas hechas a mano, acabaditas de salir. Todos apretujados para alcanzar la sombra que proporciona el estrecho manteado que hace las veces de techo.
Siguiendo con el tema de los alimentos, todos sabemos que en los alrededores de los mercados de seguro encontraremos a las marchantas que sobre las banquetas, sentadas a su manera, sin más infraestructura que un mantel y varias canastas y cubetas, nos ofrecen las verdolagas, los quelites, los nopalitos, los frijoles, las gorditas, las tortillas, los sopes, los huevos de rancho, el queso de cabra, el jocoque, y un largo etcétera que sacan como por arte de magia de sus canastas de carrizo.
En otro ámbito, para mantener tanto a nuestra vivienda como a nosotros mismos en condiciones, seguramente todos hemos requerido el apoyo de las personas que ofrecen ciertos servicios que son indispensables y en ciertos momentos se vuelven urgentes: el carpintero, el plomero, el herrero, el albañil, el electricista, el jardinero, el sobandero, la señora que inyecta, la que cura de empacho o del susto, la costurera, la estilista, la que sabe de yerbas y otros brebajes para todo tipo de males, etc.
Cuando pensamos en la construcción de vivienda por cuenta propia, de inmediato vienen a la mente los proveedores de tabique, grava y arena que se localizan sobre la vía pública de manera estratégica en las entradas de la ciudad o en sitios tradicionalmente bien conocidos. También recordamos a los especialistas en el tema de la albañilería: los maistros de obra, los azulejeros, los mosaiqueros, los yeseros, los especialistas en bóvedas, los coladores, los pintores, etc.
Y si de arreglar el vocho se trata, pues allí están el maistro mecánico, el eléctrico, el talachero, el hojalatero, el de los mofles, el de los radiadores, el que repara los frenos y el clutch, el cerrajero, el de los hules, el tapicero, el de las chapas y elevadores, entre otros. Generalmente son personas con las que ya hemos tenido trato o nos las han recomendado, por lo cual nos generan más confianza que los talleres de las concesionarias, los cuales generalmente tienen un costo mucho más alto.
En las artesanías, ni hablar. Aquí en la región de Celaya encontramos gente dedicada a la cartonería, a la curtiduría, al tallado de madera, piedra o hueso, a la fabricación de juguetes de hojalata y madera, a la cerería, al papel maché, al tejido y textiles y muchos campos más.
Así, podríamos encontrar un sinnúmero de ejemplos relativos a la fabricación, comercialización y servicios que se llevan a efecto al margen de empresas constituidas formalmente. Todas esas actividades surgen espontáneamente por motivaciones muy diversas. Algunas por la necesidad de allegarse los recursos para vivir, otras por tradición familiar, algunas más por vocación y otras que obedecen a un impulso interior más profundo y consciente.
Todo esto viene al caso porque es frecuente escuchar a personas que consideran a la economía informal como un fenómeno negativo. Incluso la asocian con actividades ilícitas.
No es así. Desde el punto de vista únicamente material, es mucho lo que socialmente aporta la gente que se desempeña en ese sector. Además, su trabajo es en la mayoría de los casos indispensable para resolver ciertas necesidades de la población. Asimismo, como ya lo expresé atrás, en algunas ocasiones obedece a una genuina y profunda vocación personal y familiar.
Muchos de los negocios informales son propiamente personales o bien familiares, por lo cual entre sus integrantes no existe una relación laboral. Sin embargo, en algunos casos sí la hay y esa relación se encuentra al margen de la legislación correspondiente. En la mayoría de las ocasiones se carece de protección social, con todo lo que ello implica.
La economía informal en México es muy extensa, se estima que el 56% de los trabajadores trabajan en ese sector. Es mucho lo que se tiene que hacer para atender esta situación que es todo menos simple, tiene muchas aristas. Para empezar, es necesario crear las fuentes de trabajo suficientes para que todos estemos en posibilidades de encontrar un empleo formal. Ésta se debe convertir en una meta fundamental de la inversión pública y privada. Igualmente, habría que reclasificar y reglamentar las empresas en tres tipos: la empresa pública, la empresa privada y la empresa social.
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.
Foto de portada: Pixabay.
Comparte en Facebook
Twittéalo








