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La inquietud infantil

Gaudencio Rodríguez Juárez / Para Ver, Oír y Comer / Top News / 23/03/2017

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©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Jueves 23 de marzo de 2017

 

Los niños y las niñas de hoy no encuentran calma suficiente. Les tocó vivir en un mundo acelerado, cargado de estímulos, caracterizado por la prisa, la rapidez, la urgencia.

El estruendo lo viven fuera de casa: exceso de autos, cláxones furiosos, basura de todo tipo, inseguridad, contaminación…; pero el estruendo también está en casa: gritos, estrés, violencia…, donde en ocasiones el recurso para protegerse consiste en saturarse de otros estímulos muchas veces también dañinos provenientes de los medios de comunicación, de las pantallas: computadoras, televisiones, teléfonos.

Ruido, estruendo, presión, rapidez, adjetivos que van en contra de las necesidades del desarrollo infantil, el cual se cuece a fuego lento, en la tranquilidad de los entornos, en los silencios que se intercalan con los sonidos de la infancia, en la austeridad que genera el espacio para la creatividad, en el jugar, en la pausa que posibilita el retraimiento al mundo interno donde se activa la fantasía, la imaginación, la creatividad…

“Los niños no son como antes, ahora están muy acelerados, excesivamente despiertos, precoces, no se están quietos, parece que nacieron con el chip de hiperactividad”, es una expresión cada vez más frecuente entre los adultos contemporáneos, enunciada con cierta sorpresa, como si su personalidad “acelerada” fuera una cuestión ajena a nosotros sus cuidadores y educadores y al entorno que hemos creado y, en cambio, se tratara de una cuestión genética, “un chip con el que nacieron”.

La verdad es que hemos construido ciudades grandes ajetreadas, estridentes que afectan de manera importante a todos los seres vivos que las habitamos. Científicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España concluyeron que los pájaros que viven en ciudades grandes pueden pasar más tiempo cantando en respuesta a los elevados niveles de ruido.

Explicaron que los pájaros verdecillos (Serinus serinus) que abundan en muchas regiones urbanas de Europa, pueden emplear hasta el 60 por ciento del tiempo en cantar a niveles de 70 decibelios. Afortunadamente no sobrepasan este límite temporal, pues hacerlo implicaría el riesgo de “dedicar más tiempo al canto que a otras tareas tan importantes como estar atento a los depredadores”, de acuerdo con el investigador Mario Díaz.

El canto es a los pájaros lo que el movimiento a los niños. Canto y movimiento son vehículos de expresión, respectivos. De ahí que el aumento en el volumen y frecuencia del canto de las aves como respuesta al ruido de las ciudades no deje de guardar semejanza con el aumento y frecuencia del movimiento de los niños ante el tipo de ciudades y dinámicas urbanas construidas.

Así como los pájaros tienen que amplificar su instrumento de comunicación para hacerse escuchar, los niños también tienen que amplificar sus recursos de expresión para hacerse notar, para ser vistos, para ser tomados en cuenta en medio del bullicio urbano, en medio de la desatención de los adultos.

En comunidades pequeñas, con organizaciones que permiten el encuentro frente a frente, que no separan demasiado a los padres de sus hijos en la vida cotidiana, a los niños les basta con usar la palabra para ser tomados en cuenta.

En las ciudades grandes, en cambio, no les está alcanzando el uso de la voz, y al no obtener retroalimentación o respuesta de los adultos, se ven forzados aumentar el “volumen” de expresión al nivel que las circunstancias exijan: gritando, berreando…, moviéndose: agitándose, pataleando, golpeando… enfermando y, en casos extremos (afortunadamente poco frecuentes estadísticamente hablando pero dramáticamente a la alza), dándose muerte, suicidándose.

Nuestros niños contemporáneos no son, pues, niños enfermos de hiperactividad (los que tienen este trastorno realmente, constituyen una franja muy baja en la población), tampoco nacieron excesivamente inquietos (algunos nacieron temperamentales pero esto no instala un destino de impulsividad cuando se les ayuda a encauzar su torrente de energía), simplemente son niños y niñas reaccionando a un mundo y a unas circunstancias que les obliga a subir los decibeles de expresión, un mundo construido por nosotros los adultos donde la tranquilidad y la paz no encuentra muchas oportunidades y espacios donde anidarse.

Son niños que al invertir grandes cantidades de energía, tiempo y movimiento para conseguir la atención, el cuidado y el amor que requiere cualquier cría humana, no pueden dedicarse a otras tareas importantes de vida, o que quedan expuestos a los depredadores.

Bajemos el volumen a nuestras ciudades, a nuestros hogares, a nuestras personalidades y aumentemos nuestra atención y disposición para con los niños, para que no tengan que gritar o estallar.

* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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1 Comentario

el 23/03/2017

Totalmente de acuerdo, vivimos en un mundo muy agitado en muchos sentidos ocasionado por nosotros los adultos, y esa misma agitación se la trasmitimos a nuestros hijos. Lo eh comprobado. Me sirvió mucho leer y seguir retroalimentandome de estos temas de gran interés para mi formación de mama para con mis hijos.
Excelente Gaudi



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