SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 14 de mayo de 2020
“Mi cuarto era mi santuario y ahora me lo han robado”, dijo con un dejo de frustración y tristeza un adolescente en medio de la cuarentena, saturado de actividades y tareas escolares durante esta.
“¿Cómo es eso, por qué?”, pregunté.
“Mi cuarto”, respondió, “era mi lugar, era mi espacio donde descansaba, jugaba, hacía lo que quería y era muy feliz. Ahora que tenemos que realizar las actividades de la escuela en casa, mi cuarto ya no es el mismo”.
Tiene razón, su cuarto ahora alberga los libros, útiles escolares y otros artículos necesarios para estudiar, su pantalla ya no está asociada a la diversión y el juego, sino con el trabajo escolar.
Pero agregó algo aún más fuerte: “Estoy en casa pero no puedo estar tranquilo. Estoy estresado, no de manera insoportable, digamos que como a la mitad, pero así estoy todo el tiempo, ¿por qué? Porque todo el tiempo estoy pensando en lo que tengo que hacer de la escuela. Antes iba y regresaba de la escuela, por la tarde hacía algo de tarea y ya me desconectaba. Ahora no me puedo desconectar, día y noche estoy pensando en la escuela, ¡porque la escuela está en mi casa!”
Terrible. La casa y la escuela tienen espacios, funciones, momentos y experiencias diferentes. Hoy la escuela se trepó a la casa, y en la subjetividad de más de un niño, niña o adolescente, la aplastó. Las sensaciones de calma, seguridad, confort y alegría que detona el hogar se desvanecen ante las de estrés, tensión y agobio que generan las actividades, tareas y exigencias de la escuela hoy metida en la casa.
Esta experiencia adolescente, al ser tan personal, tan fina, tan del mundo interno, tan subjetiva, los adultos solemos no verla, o si la vemos no la tomamos en serio, o si la tomamos en serio no le damos la dimensión que tiene. Por eso la escribo y comparto. Mi intención es que veamos lo que no estamos viendo, que escuchemos a los protagonistas de la educación: el alumnado, pues es este quien vivencia y padece los intentos de que la educación escolar no pare su ritmo y velocidad propio de la educación presencial que ahora, a tropezones (porque no puede ser de otra manera al recurrir en una situación de emergencia), trata de virar al formato remoto.
¿De dónde la urgencia porque el alumnado concluya los contenidos del currículum hoy que no hay escuela? ¿Por qué pretender que puede llevar a cabo todas las actividades que se le envían remotamente (por mail, zoom, correo, etcétera) sin el apoyo de su docente? ¿Por qué delegar la responsabilidad a los padres respecto a contenidos que el niño, niña o adolescente no logra entender? ¿Por qué no se puede asumir que los padres son padres, no docentes?
Escuché decir a otra adolescente de preparatoria que ella le expuso al director de su centro de estudios que la manera en que le están enseñando durante la cuarentena no le gusta, no le sirve, no funciona, ni para ella ni para sus compañeras y compañeros de salón. A lo que el director le contestó: “Te escucho, te entiendo, pero las cosas son así, así lo ordenan las autoridades a las que respondo y yo sólo las implemento”. De esta manera seguimos violando su derecho a la participación en los asuntos que le afectan.
Por otro lado, escucho al personal docente compartir el desgaste al que hoy está expuesto, producto de tener que dedicar muchas más horas que cuando su labor era presencial, todo con tal de hacer viable el aprendizaje de manera remota (aprender sobre tecnología, recursos virtuales, diseñar actividades para este formato, diseñar y enviar tareas para generar evidencias del trabajo del alumnado, revisarlas…). Muchos de ellos, además de ser maestros o maestras también son padres, madres de hijos que a su vez tienen que cumplir con sus respectivas tareas escolares en un hogar, en ocasiones, con una sola computadora e internet insuficiente.
La presión que vive el docente (que de por sí ya trabajaba en condiciones críticas antes de la cuarentena) inevitablemente es transmitida al alumnado, el cual mucho esfuerzo está haciendo para tolerar esta vida de encierro e incertidumbre familiar, económica, etcétera.
¿Por qué no dejamos de presionarnos unos a otros? ¿Por qué no ponerle freno por un momento a nuestra sociedad del rendimiento, a nuestra sociedad de la explotación y autoexplotación que ha traído grandes índices en el mundo de depresión, burnout, déficit de atención, hiperactividad, ansiedad, suicidio, entre otros malestares?
Hoy dejemos en paz a las niñas, niños y adolescentes, al personal docente y a los directivos, a padres y madres, para que juntos podamos construir espacios de paz posibles en medio de este caos sanitario.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Kiana Bosman (@capturedby_kiana) / Unsplash.
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