SOMOSMASS99
Robert Fisk*
Miércoles 19 de abril de 2017

Robert Fisk.
Fue la Madre de toda la Hipocresía. Supongo que la muerte de algunos niños sirios importa. Otros niños sirios muertos no importa.
Un asesinato en masa en Siria hace dos semanas mató niños y bebés y provocó indignación justificada en nuestros líderes. Pero la matanza en Siria durante el fin de semana causó la muerte de más niños y bebés, si embargo sólo produjo el silencio de aquellos que dicen representar nuestros valores morales. ¿Porque debe ser esto?

Cuando un ataque con gases mató más de 70 civiles en Siria el 4 de abril, incluyendo niños y bebés, Donald Trump ordenó un ataque con misiles contra Siria. Estados Unidos aplaudió, como también lo hicieron sus medios de comunicación. Como también lo hizo gran parte del mundo.
Trump caracterizó a Bashar al-Assad (presidente de Siria) como «malo» y como «un animal». La Unión Europea condenó al régimen Sirio. Downing Street (la oficina del primer ministro inglés) lo llamó «barbarico». Casi todos los líderes occidentales exigieron que Assad fuera derrocado.
Sin embargo después de que un ataque suicida con explosivos contra un convoy de refugiados civiles afuera de Alepo matara 126 civiles, más de 80 niños, la Casa Blanca no dijo nada. Aunque el número de victimas fue mucho mayor, Trump ni siquiera tuiteó su dolor.

La fuerza naval norteamericana ni siquiera disparó una bala simbólica hacia Siria. La Unión Europea se tornó toda evasiva y rehusó articular siquiera una palabra. Toda la expresión de “barbarismo” de Downing Street fue ahogada.
¿Acaso no les da vergüenza? Que crueldad. Que desgracia. Que indignante que nuestra compasión se agotó al momento que nos dimos cuenta que la ultima masacre de inocentes no merecía la misma cantidad de lágrimas y furia que produjera la masacre anterior. En realidad no mereció una sola lagrima. Los 126 Sirios —casi todos civiles— que acababan de morir fuera de Alepo, eran musulmanes shiitas que estaban siendo evacuados de dos poblados controlados por el gobierno (controladas por Bashar al-Assad) en el norte de Siria.
Y su asesino fue obviamente miembro de al-Nusra (al-Qaeda) o uno de los otros grupos «rebeldes»: sunitas que nosotros en occidente hemos armado —o muy posiblemente de (Daesh) el Estado Islámico mismo— por tanto no calificó para producirnos pena.

La ONU, como de costumbre, habló diciendo que el último ataque fue «un nuevo horror». Y el papa Francisco lo llamó «vil» y rezó por la «amada y martirizada Siria».
Y habiendo crecido con un padre muy anticatólico, yo dije lo que frecuentemente digo cuando pienso que el Pontífice ha acertado, especialmente Francisco «!El Buen Papa!». ¿Porque hasta el virtualmente inexistente grupo anti Assad el «Ejercito Libre Siria» condenó el ataque describiéndolo como «terrorista»?
Pero eso fue todo. Y recuerdo todas esas historias lagrimosas sobre Ivanka Trump, como madre, que había sido especialmente conmovida por el video de Khan Shaykoun, el lugar donde ocurrió el ataque (con armas) químicas el 4 de abril, y urgido a su padre para que hiciera algo al respecto.

Luego estaba Federica Mogherini, «la Alta Representante» de la Unión Europea en cuestiones de relaciones internacionales y política de seguridad, quien describiera el ataque (del 4 de abril) como «terrible» —pero que insistiera que ella habló «primero que nada como madre». Bien acertado también.
¿Pero que pasó con todos sus sentimientos maternales —y con los de Ivanka— cuando arribaron las fotos del norte de Siria durante este fin de semana mostrando niños explotados y pequeños acomodados dentro de bolsas de plástico negras? Silencio.
No hay ninguna duda sobre el flagrante, deliberado, y vil crueldad del ataque del sábado. El bombardero suicida se acercó a los autobuses de los refugiados con un carrito lleno de galletas y papas fritas —acercándose, debo agregar—a una población de civiles shiitas que huía y que habían estado muriéndose de hambre y sitiados por los rebeldes anti Assad (algunos de ellos, por supuesto, armados por nosotros).

Nada de eso valió la pena. Sus «hermosos pequeños bebés» —cito a Trump después de enterarse de las primeras victimas del ataque con gas— no nos indignó. ¿Acaso porque eran shiitas? ¿Quizás porque los responsables pudieron estar íntimamente ligados a occidente? O porque —y aquí está el punto— eran víctimas del asesino equivocado.
Porque lo que queremos ahorita es culpar al «malo», «animal», «brutal», etc, Bashar al-Assad, quien al principio «se sospechó” que era responsable del ataque con armas químicas el 4 de Abril (cito aquí al Wall Street Journal) y luego acusado por todo occidente de tener la responsabilidad total y deliberada por la masacre con gas.
Nadie debe cuestionar la brutalidad del régimen. Ni su tortura. Ni su historia de opresión masiva. Aún así, de hecho hay grandes dudas sobre la responsabilidad de Bashar en el ataque del 4 de Abril —quien predectiblemente lo negó— y hasta entre los árabes que rechazan su régimen Baathista y lo que representa.

Hasta el izquierdista pero no pro Siria, el escritor Israeli Uri Avneri —quien fuera brevemente un detective— se ha preguntado ¿por qué Assad cometería tal crimen cuando su ejército y sus aliados estaban ganando la guerra en Siria, cuando un ataque como ese podía avergonzar al gobierno y militares Rusos, y cuando esa acción podía cambiar la actitud occidental hacia él retornando al apoyo por un cambio de régimen?
Y la explicación del régimen de que un ataque aéreo Sirio provocó explosiones en una bodega de armamentos de al-Nusra en Khan Shaykoun (una idea que fue adoptada por los rusos), seria fácil rechazar si no hubiera sido usada por los estadounidenses después de que mataron más de cien civiles iraquíes en Mosul en marzo; ellos sugirieron que un ataque aéreo de EE.UU. contra un almacén de armas de ISIS pudo haber matado civiles.
Pero esto no tiene nada que ver con el sangriento ataque contra convoyes de refugiados que se dirigían el fin de semana al poniente de Alepo. Ellos eran parte de lo que ahora es un patrón familiar de intercambio masivo de rehenes entre el gobierno Sirio y sus oponentes, en el que sunitas adversarios del régimen sitiados por el ejército sirio y sus aliados han sido transportados hacia Idlib y otras áreas controladas por «rebeldes» —bajo pase seguro a cambio de la liberación de poblanos shiitas sitiados por al-Nusra, ISIS y otros de «nuestros» rebeldes que se les ha permitido que abandonen sus poblados para irse a zonas de seguridad en ciudades controladas por el gobierno—.

Las víctimas del atentado suicida con explosivos del sábado eran parte de esos intercambios; eran pobladores shiitas de al-Foua y Kfraya, viajando con algunos combatientes del gobierno, con rumbo a lo que seria —para ellos— la seguridad de Alepo.
Si esto constituye una forma de limpieza étnica —otro de los pecados de Bashar, según sus enemigos— es un punto discutible. Al-Nusra no exhortó precisamente a los aldeanos de al-Foua y Kfraya a quedarse en casa ya que querían que algunos de sus propios luchadores sunitas regresaran de sus enclaves cercados. El mes pasado, el gobernador de Homs pidió a sunitas que abandonaran la ciudad en convoyes «rebeldes» a Idlib para quedarse en sus casas y permanecer en la ciudad. Pero esta es una guerra civil y tales conflictos aterradores dividen ciudades y pueblos por generaciones. Basta con mirar al Líbano 27 años después de que terminara su guerra civil.
Pero lo que en última instancia demuestra nuestra propia participación en esta guerra civil inmoral e injusta y espantosa es nuestra reacción ante esas dos masacres de inocentes. Lloramos y nos lamentamos, e incluso fuimos a la guerra por aquellos «hermosos pequeños bebés» a quienes creíamos que eran víctimas sunnitas del gobierno de Assad. Pero cuando los bebés chiítas de igual humanidad fueron despedazados este fin de semana, Trump no podía importarle menos. Y el espíritu materno de Ivanka y Federica simplemente se secó.

Y afirmamos que la violencia en el Medio Oriente no tiene nada que ver con nosotros.
* Robert Fisk es un periodista y escritor inglés, corresponsal en Oriente Medio para el periódico británico The Independent.
Para leer el texto original, en inglés, vaya aquí.
Este artículo se publica con el permiso expreso del colectivo Pueblos Sin Fronteras.
Fotos de interiores y portada: Pueblo Sin Fronteras
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