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Jatzibe Castro*
Miércoles 2 de agosto de 2023
A Julián Alberto Castro y Castro
La mujer del mar
Estaba en su último año de estudios, su anhelo más grande era ser médico, curar a las personas, acercarse a ellas, escucharlas, conocer el funcionamiento del cuerpo y los por qué de los males que nos aquejan en el plano físico. Su evolución como estudiante foráneo le fue dando, además de su formación académica, madurez y conocimiento sobre sí mismo. Le tocó ingresar como practicante a un hospital psiquiátrico y la primera imagen que vio, dibujó en su mente un recuerdo que lo acompañaría el resto de sus días.
Ella había salido de la ciudad natal en familia con la ilusión de conocer nuevos parajes y en especial con el delirio de ver el mar por primera vez. Cuando eso sucedió, algo por dentro hizo que sus neuronas se relacionaran de una forma incontrolable, le brillaron los ojos, se le aceleró el corazón, le tembló el cuerpo, saltaron sus pies a la vez que se elevaron sus brazos y bailó de alegría.
Desde el momento en que el mar apareció ante su mirada y penetró en su fuero interno, no volvió a ser la misma. Se afectó su forma de pensar, de sentir, de comportarse, parecía haber perdido el contacto con la realidad, se sentía parte de esa inmensidad, los peces, los corales y las anémonas, conocidos en investigaciones anteriores a su viaje, eran sus amigos, sentía como su hogar el moverse de las olas y el azulado reflejo. Todo aquello que la envolvía en sus alucinaciones la hacía feliz, aun sintiéndose más allá de sí misma, sin embargo, se relacionaba con los demás como si fueran parte del mundo marino.
Su comportamiento fue avasallando las relaciones familiares, sus padres y hermanos poco comprendían el mundo que surgía desde la imaginación de su hija y hermana, sus actitudes, reacciones y espejismos los fueron alterando y angustiando al grado de que se vieron obligados a pedir el apoyo de especialistas, que, después de valorarla les informaron que tenía perturbada su salud mental y que lo más recomendable era internarla para salvaguardar su seguridad y la de los demás.
El encuentro entre el médico y la mujer del mar fue singular, ella no se sentía a gusto lejos de la grandiosidad que la había hechizado, el entorno del hospital la hizo sentir fuera de su elemento, no comprendía lo que sucedía. No obstante su férrea resistencia cuando los enfermeros la acompañaban a lo que sería su habitación, al abrirse las puertas del elevador, quedó pasmada ante el hombre barbudo vestido de blanco, rodeado de un aura brillante que solo ella percibía. Quieta y sorprendida quería hablar, pero las palabras no salían de su boca, que permanecía abierta al igual que sus grandes ojos, entonces levantó las manos y los brazos en señal de alabanza, se acercó al médico, las yemas de sus dedos se aproximaron a su cara rozándolo con delicadeza y fue cuando logró transformar sus pensamientos en voz: oh Dios, mi Dios, benditos los ojos que te pueden mirar y las manos que pueden palpar tu magnificencia, fue entonces que su actitud recelosa y defensiva se volvió relajada y confiada.
Sus acompañantes quedaron sorprendidos de la reacción de la paciente y el médico quedó inmóvil procesando la situación, que pronto entendió, pudiendo así colaborar de inmediato en el traslado. La paz que rodeó la escena permitió llevar a la mujer del mar a su nueva morada, así lograron recostarla y medicarla para que pudiese descansar.
En su ensoñación, permanecía en un estado de consciencia ilusionado por los dos encuentros que habían cambiado su mundo en un tiempo muy corto. El mar y el ser divino que identificó como un milagro fueron parte de su nueva forma de ver el mundo en el que para los demás se había perdido y en el que ella había descubierto un nuevo sentido de vida.
La novatez del médico ante la nueva experiencia en el tratamiento psiquiátrico de una paciente, lo tenía azorado, sus días en aquella clínica transcurrieron entre la actividad cotidiana de un interno y la cercanía con los procedimientos para la atención de la mujer del mar, quien, mientras se iba acostumbrando a su situación, miraba el océano desde la ventana y trasladaba sus pensamientos al profundo mundo azulino que envolvía su locura, reconfortada además por la fe que profesaba al ser celestial que al dar las indicaciones médicas la hacía sentir la persona más bendecida y dichosa.
Mas, como suele suceder en el mundo real, no hubo y vivieron felices para siempre. La mujer del mar tuvo que regresar a su tierra natal, lo que significó la triste separación de los elementos que le daban sosiego. Era una mujer apreciada sinceramente por el mundo que la había rodeado hasta antes del surgimiento de la esquizofrenia, los médicos tratantes sugirieron que en su nuevo entorno ella contara con las dos imágenes que la tranquilizaban, lo que, aunado a su tratamiento, le permitiría un ambiente amigable y adecuado para su nueva condición.
El médico novato la acompañó y despidió, tranquilizándola con las palabras que ella esperaba del ser divino que era en su realidad, le dio la bendición y la llevó para siempre en su corazón y en su bagaje como una de las experiencias que le enseñaron que un médico puede ser, más que quien receta medicamentos, un personaje que proporciona escucha, comprensión y posibilidades de alivio más allá de la salud física.
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Twitter: JatzibeCM
Instagram: Jatzibe_Castro
Foto: Gerd Altmann / Pixabay.

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