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La Revolución

Diálogo País / Top News / 17/11/2017

SOMOSMASS99

 

Alfonso Díaz Rey*

Viernes 17 de noviembre de 2017

 

El próximo lunes 20 de noviembre se cumplirán 107 años del inicio de la Revolución de 1910, acontecimiento que, no obstante haberse anunciado, el régimen de Porfirio Díaz fue incapaz de impedirlo.

Eran tantas y tan graves las carencias y problemas del pueblo que mucha gente respondió al llamado a derrocar a la dictadura que ejercía un pequeño pero económicamente poderoso sector de la sociedad.

Y aunque el dictador se vio obligado a renunciar el 25 de mayo de 1911 y Madero ganó la elección presidencial en octubre de ese año, la clase en el poder y su estructura quedaron prácticamente intactas y los problemas, carencias y contradicciones no mostraron visos de solución, situación que mantuvo la lucha en diversas regiones del país y, en cierto modo, permitió el golpe militar que febrero de 1913 derrocó y asesinó al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez.

Después de varios años de lucha entre diferentes fracciones y con un costo humano de alrededor de un millón de vidas, triunfa la fracción encabezada por Venustiano Carranza y puede decirse que con la promulgación de la Constitución del 5 de febrero de 1917 concluye la fase armada de la revolución.     

La Revolución Mexicana de 1910 no fue una más de las revueltas contra un orden injusto. Después de las revoluciones de Independencia y de la Reforma, ha sido el acontecimiento político más importante ocurrido en nuestro país; marcó un quiebre histórico por el contenido social de la Constitución emanada de ella, considerada en su época como la más avanzada del mundo.

Como era un proyecto que afectaba intereses del capital extranjero y de los monopolios que operaban en México, se desataron, interna y externamente, fuertes presiones contra el país para hacer inoperante la nueva Constitución; si a ello agregamos que la dirigencia surgida de la contienda nació divorciada de los intereses y necesidades del pueblo, entenderemos por qué en éste no ocurrieron cambios significativos.

No fue sino hasta el gobierno del general Lázaro Cárdenas cuando se hicieron realidad una parte de los postulados de la Constitución que, con marcado carácter nacionalista y popular, atendieron algunas de las demandas que llevaron a la lucha armada que inició el 20 de noviembre de 1910.

Sin embargo, a partir de la siguiente administración federal, la de Ávila Camacho, comenzó el proceso para revertir los avances logrados durante la gestión de Cárdenas, proceso que a partir de la imposición del neoliberalismo agudiza los problemas y merma constantemente las condiciones de vida de la mayoría de los mexicanos; además, entrega las riquezas naturales y bienes de la nación al capital privado, con la consiguiente cesión de la soberanía nacional y popular. Una muestra de lo anterior es la lamentable situación del país al término de cada gobierno sexenal y el nada halagador futuro que nos espera si no somos capaces de cambiar este estado de cosas.

Las luchas de nuestro pueblo, de una u otra manera, han dejado problemas pendientes de resolver que frustran sus anhelos y alejan sus esperanzas, debido a que el poder ha quedado siempre en sectores sociales que defienden intereses distintos de los populares.

Un análisis de la situación actual del país revelaría que las causas profundas, estructurales, que originaron la revolución aún están vigentes y el ideal por un cambio crece y se alimenta cotidianamente de las promesas incumplidas del grupo dominante y de su incapacidad e imposibilidad para resolver los problemas que aquejan a la sociedad mexicana y cancelan sus expectativas de una vida digna.  

No obstante los resultados, lo que el pueblo ha sido capaz de hacer en los momentos trascendentales de nuestra historia, queda como ejemplo para la actual generación y como demostración de que los problemas que ahora padecemos tendrán solución cuando unidos decidamos enfrentarlos.

Una revolución es el hecho social, político y cultural más importante que puede realizar un pueblo.

Una revolución desecha el orden de cosas anterior a ella e instaura uno nuevo con base en los anhelos, exigencias y esperanzas que el viejo orden hizo inalcanzables para el pueblo; cambia y redefine las reglas de convivencia entre los diferentes sectores sociales y, sobre todo, resuelve las contradicciones que le dieron origen.

Las revoluciones sociales las hacen los pueblos. Sin su participación no hay revolución. Por ello, una de las tareas más urgentes del momento es tomar conciencia de la situación en que se encuentra nuestro país y prepararnos para asumir y responder a las nuevas responsabilidades que surgen del proceso por lograr la transformación que conduzca a la solución de los más graves problemas que padece nuestra sociedad.

La transformación de la sociedad en una nueva requiere que sus integrantes política y conscientemente más avanzados sean capaces de comprender las características fundamentales de la vieja sociedad; de ubicar correctamente al enemigo principal y a las fuerzas sociales que harán posible el cambio, así como sus posibles aliados; de elaborar un programa que, como expresión de los anhelos del pueblo, convoque a las mayorías; y de implementar una política que neutralice a los sectores indecisos. En resumen, conocer de qué partimos, a dónde queremos llegar y la manera en que hemos de lograrlo.

El nuevo orden debe crear los mecanismos y condiciones para su defensa a fin de evitar que resurja el germen del orden anterior, crezca y lo derrote; pero, además, para no anquilosarse ni desviarse, deberá en todo momento nutrirse del pueblo y ser capaz de cambiar todo lo que en un momento dado deba ser cambiado.

Ante las condiciones actuales cabría preguntarnos: ¿No será tiempo de que como pueblo reunamos esfuerzos y voluntades para retomar el espíritu de la Constitución de 1917, actualizarla y realizar los profundos cambios que requiere nuestra patria, para lograr nuestra real y definitiva independencia?


* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular y del Frente Regional en Defensa de la Soberanía en Salamanca, Guanajuato.

Imagen de portada: Francisco (Pancho) Villa, en la silla presidencial, junto a Emiliano Zapata (der) y el general Tomás Urbina Reyes (izq), originario de la Sierra Tarahumara. Es el 6 de diciembre de 1914 en Palacio Nacional, el día de su entrada triunfal a la Ciudad de México, uno de los eventos más importantes del movimiento revolucionario. Foto: Archivo Casasola.






Luis López




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