SOMOSMASS99
Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 18 de mayo de 2017
Los niños se desarrollan cuando tienen tiempo y espacio para respirar, cuando pueden pasar un rato con amigos y a veces aburrirse, relajarse, arriesgarse y cometer errores, soñar y divertirse como les es propio, incluso fracasar.
Carl Honoré
El estrés infantil derivado de la hiperexigencia de los padres es una de las caras de la parentalidad posmoderna que impide aflorar lo mejor de los niños (la palabra también se refiere a las niñas) al obstaculizarles el acceso a lo que realmente les interesa y requieren para su sano desarrollo: juego, vínculos, calma, ocio…
“¿Cómo fomentar en los niños y jóvenes el gusto por la lectura y la poesía?”, le preguntaron al escritor Oscar de la Borbolla en una conferencia. Él respondió algo así:
“No tengo idea, lo único que se me ocurre decir es: quítenles la televisión y el Internet un rato… déjenlos que se aburran… entonces les dará curiosidad y tal vez tomen un libro”.
Dejar que se aburran en los términos de De la Borbolla es la condición necesaria para estimular los procesos creativos, los cuales pueden tener infinidad de expresiones en la vida cotidiana además de la lectura y la poesía.
Sin embargo, en esta época muchos niños no tienen tiempo para aburrirse debido a que sus agendas se encuentran atiborradas de tareas, cursos, instrucciones, instructores y múltiples actividades: idiomas, estimulación temprana, iniciación musical, deportes, computación…
Sus espacio de descanso y esparcimiento se limitan. Al tener que cumplir con objetivos, metas, evaluaciones y metodologías, el estrés aparece como una sombra detonadora de cuadros, tales como, gastritis, colitis, tics, ansiedad, inseguridad, inhibición, enfermedades psicosomáticas, trastornos del sueño…
Dichos síntomas y enfermedades aparecen de manera proporcional al nivel de exigencia, y cada vez a edades más tempranas.
Recuerdo un comercial de televisión donde un niño está sentado en el sillón de la sala. Se aburre. Piensa qué hacer. Se le ocurre bailar; cuando deja de hacerlo toma una escoba y hace equilibrio con ella. Después se pone a brincar. Luego se recuesta en el mismo sillón viendo hacia techo; imagina. Pero enseguida viene la propuesta mercadológica: comprarle Internet por equis pesos diarios; al mismo tiempo que insinúan que el niño está ocioso e improductivo, por lo tanto, hay que sacarlo de ese estado, invisibilizando el proceso creativo e imaginativo que inició ante la posibilidad de utilizar libremente su tiempo y su espacio.
La propuesta implícita del comercial, dirigida a los padres tele-espectadores era: enchúfalo a la computadora, desenchúfalo de sí mismo, de su cuerpo y de su mente; quítale el ocio, quítale la posibilidad de pensar que hacer con él. Y el mensaje para el niño: deja a un lado tu cuerpo, tu escoba, tu baile y tu fantasía, te lo cambio por una pantalla que hará los procesos mentales por ti (!).
Además de quitarles un rato la televisión y el Internet, también habría que quitarles el exceso de juguetes y videojuegos. El exceso. Porque cuando los niños están solos y sin distracciones, suelen hacer de manera espontánea lo que en ocasiones los padres queremos imponerles: toman sus libros, iluminan, hacen operaciones matemáticas por diversión, se están quietos, reflexionan, toman el juguete o el objeto más inesperado y juegan de múltiples maneras durante largos lapsos de tiempo, o si están con otros niños inventan juegos e historias maravillosas.
En cambio, cuando se les satura de actividades y estímulos no se aburren, se hastían. Entonces se enajenan, no juegan, no leen, no crean, no piensan, no analizan, sino que se convierten en presa fácil del sistema consumista e individualista.
Por eso es importante dejarlos jugar a lo que les guste cuando quieran hacerlo, así como dejarlos solos durante algún momento para que emerja no sólo el deseo por la literatura sino por todo lo que tenga que ver con la imaginación, la fantasía, la creatividad, la subjetividad, el deseo, es decir, con lo estrictamente humano.
*Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay
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