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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 14 de diciembre de 2017
Ningún efecto benéfico se ha encontrado en el uso del castigo físico en la crianza. Aún así su práctica es recurrente. En pleno siglo XXI casi todos los niños y niñas continúan recibiendo este tipo de castigos, entre el 80 y el 98%, de acuerdo a la ONU.
¿Por qué esta tendencia si como método educativo es inútil, si en términos de salud mental es pernicioso y jurídicamente es violatorio de derechos humanos, por lo tanto, ilegal?
La respuesta es compleja. Una causa de suma importancia pasa por el orden de lo psicológico: su semilla se siembra en la etapa de mayor vulnerabilidad y dependencia hacia los padres y educadores. Dos botones de muestra:
Uno: el padre castigaba de manera sistemática a su hijo con una correa que previamente metía en agua fría. El hijo se hizo insensible al dolor; los golpes y carencias hicieron que su sensibilidad física y emocional se perdiera en grado extremo. En consecuencia, el hijo se prometió no castigar de esa manera a sus respectivos hijos. Cosa que consiguió. Lo que no pudo evitar fue ser inexpresivo con ellos. Y aunque nunca los castigó con objetos como correas, sí lo llegó a hacer con su propia mano, nalgueándolos.
Cuando sus hijos crecieron, les sugirió que nunca castigaran a los “golpeándoles donde caiga” como lo hicieron con él, sino que tuviera cuidado de hacerlo en las nalgas solamente, “ahí por lo menos está acolchonadito”, decía.
Dos: su mamá la castigaba físicamente desde pequeña. Al ingresar a primaria le tocó una maestra sumamente agresiva. Ella no quería ir a la escuela por tal motivo. Pero como la maestra tenía amenazado al alumnado, no le decía a su mamá la causa de su negatividad para asistir, por lo que esta la obligaba y ella se aterraba, a tal grado que con cierta frecuencia enfermaba; su mamá consideraba que la estaba chantajeando o que no quería ir sólo por rebeldía. Entonces le daba sus nalgadas (¡la mamá hacía justo lo que la niña deseaba evitar en la escuela: que le pegaran!).
En el siguiente grado le tocó una maestra, que si bien no la golpeaba tan seguido, sí la humillaba y regañaba de maneras altamente ofensivas y sistemáticas. En tercer grado la profesora asignada fue la hija de la docente del año anterior, y aunque no golpeaba ni agredía con la misma intensidad verbal que su respectiva progenitora, su estilo era sumamente autoritario… Aquella niña, actualmente es una mujer que no puede salir de una relación de pareja que le hace daño.
Dos relatos de la vida real que permiten ver la manera en que la semilla del castigo corporal germina y se reproduce, cuyos protagonistas —agresores y agredidos— son hombres o mujeres. En el mejor de los casos con manifestaciones menores en la siguiente generación: de utilizar artefactos para golpear con suma intensidad a “sólo” utilizar la mano; de pegar sin ton ni son a hacerlo sólo en algunas partes del cuerpo.
El primer relato permite entender que a la persona disciplinada mediante castigos físicos sistemáticos le resulta imposible pensar en la existencia de otras formas de educación y trato. La poca sensibilidad que le queda sólo alcanza para educar a sus hijos con golpes menos intensos y en lugares selectivos, pero al fin golpes, así como para recomendarles que ellos hagan lo mismo a sus respectivos hijos cuando los tengan. Con lo que la repetición de este tipo de prácticas de crianza queda garantizada.
El segundo relato permite ver la toxicidad del castigo corporal: una niña creciendo entre los castigos físicos y verbales de mujeres que a su vez habrán recibido tal cosa: castigos, coerción, humillación, dolor…, mujeres atrapadas en pautas de relación nocivas (como receptoras o efectoras del daño).
Reproducimos los tratos recibidos, buenos y malos. Pero nuestra responsabilidad de adultos es conservar las consecuencias de los buenos tratos y multiplicarlos con las siguientes generaciones, al mismo tiempo que sacudirnos las consecuencias de los malos tratos. Para lo cual, lo primero es identificarlos y dejar de considerarlos educación o disciplina, tal y como lo llamaban nuestros padres y maestros, entender que no los merecíamos ni fueron por nuestro bien —sino incompetencia parental—, identificar su inutilidad, para sólo entonces, ir en la búsqueda de la adquisición de nuevas habilidades parentales, unas basadas en el amor, el respeto, la comprensión y el buen trato.
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* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay.
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