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La Shina

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SOMOSMASS99

 

Víctor Corona*

 

La Shina

 

En el año 96 estaba bien clavado de una morra.

Una morra que me hacía sentir cosas bien shilas.

Una morra que me dijo

desde el principio

-no quiero saber nada de ti-

Me decía eso pero después actuaba de una forma contraria.

Se escondía detrás de los pilares para besarme.

Me citaba en las bibliotecas para tocarnos.

Nos metíamos en las iglesias o detrás de los árboles.

Olía a caramelo.

De esos súper empalagosos Jolly Rancher.

Un olor que se me pegaba en el cráneo y no me lo podía sacar de encima.

Llegaba al barrio después de haber estado con ella y no me la quitaba.

Yo estaba muy morro.

Nunca había sentido eso.

Me mareaba.

Me molestaba.

Un compa

 –igual de morro que yo-

decía

después entenderás con el tiempo

esas historias es mejor acabarlas.

Yo intuía que eso era algo más complejo pero no supe qué hacer.

Pinshi analfabeta emocional.

Era octubre de 96

un día esa morra me sacó el tapón y me abrí.

Ya estuvo.

Aproveshé que teníamos un viaje con la compañía de teatro a Hermosillo para desconectar.

Nos fuimos en el bus de la UABC toda la compañía.

Yo era el más morro de todos y pues no me hacían demasiado jalón.

Aproveché para leer un libro de Neruda

Residencia en la Tierra

Leía

mientras recorríamos las carreteras que tanto me prenden

desierto y mar.

cardones.

Locos gringos perdidos.

Llegamos a recoger a la compañía de Shicali.

Una compañía dirigida por Norgazagaray pero que en ese entonces dirigía el shilisimo del Ramón Tamayo.

En Mexicali siempre hace un calor de la verga.

Subió la compañía con unas sheves y se empezó a armar el desmadre.

Yo seguía en mi tristeza.

Al modo.

Subió una morra con un sombrero

con el pelo larguísimo.

bien shino.

Se sentó hasta atrás y creo que prendió un gallo.

Yo seguía en mis pensamientos.

Esos que aún me acompañan.

Esos que se giran en mi contra y que se clavan como agujas.

Mis demonios del armario.

Como de esos de las películas gringas.

La morra del sombrero se sentó al lado mío.

Olía mashín a mota

tenía los ojos bien grandes.

los parpados caídos

Una boca grande y una sonrisa bien shila.

desvergonzada.

Me dijo su nombre

-Todos me dicen La Shina

Se me hizo cura.

Pensé que se había sentado conmigo para burlarse de mí.

Me preguntó por qué leía y yo le contesté.

Y hablamos.

Y nos reímos.

Traía una botella de tequila y a veces le daba traguitos.

Se las curaba de las cosas que yo decía de una forma tan contagiosa que de repente se me olvidó lo desgraciado que era yo.

-Aliviánate-

me dijo

Y yo veía su camiseta roja delgadísima de reojo.

Y miraba a la ventana

sólo había estrellas pegadas al cristal.

– Estamos por San Luis Río Colorado-

– Mejor me acabo el shurro antes de Sonoyta

Ya la raza andaba bien peda y mariguana.

El Rafa discutía con el carnal del Ángel, no sé qué onda de Óscar Liera.

La Shina y yo seguíamos hablando.

Le empecé a tocar los labios y ella sonreía.

Me dio un beso

– Ya me voy a dormir-

Tenía 21 y yo apenas 16.

Me quedé medio en el aire.

Nunca había estado en un hotel y llegamos al Gándara de Hermosillo.

Lleno de cardones.

Ya no vi a La Shina ni a nadie.

Al día siguiente nos pusimos a trabajar. A montar. A prepararnos.

El Rafa se aventó una de sus historias más épicas robándole al Tatúas sus triplays para nuestra escenografía.

Trabajamos shingón.

El Rodrigo me invitó a comer unos hot dogs fuera de la uni.

Hermosillo me encantó.

Se me hizo mágica esa ciudad.

Podría vivir aquí pensé.

Podría ser actor o dramaturgo.

Yo no sabía que los hot dogs de Hermosillo eran famosos y pues me dejé llevar por ese impulso.

Llegó el día de la obra, Los Niños de Sal.

Lo recuerdo ahora como esos sueños en lo que todo es perfecto.

En los que nos vemos a nosotros mismos como esculturas de mármol.

Ni me acordé de la morra ni de La Shina.

Me parece que el grupo de Shicali presentó el mismo día que nosotros.

Recuerdo  que después los dos grupos de Ensenada y Mexicali hicimos un party.

Allí estaba La Shina, estirada en una cama

de esas que hay en las piscinas.

A mí me daba vergüenza

– siéntate aquí

– esa morra se iba con todos-

Los culeros ladraban eso

Pero a La Shina le importaba muy poco.

Me senté al lado de ella y estuvimos hablando.

– Me estoy orinando, me acompañas al baño-

Entró al baño y me dijo que entrara con ella.

Se bajó los pantalones y la vi orinar.

Se levantó y nos besamos.

En el baño.

Me dijo que quería pasar la noche conmigo pero quería saber si yo tenía condones.

En mi vida había comprado condones.

En mi vida había estado en una situación igual.

– Vamos a comprar-

La morra paró un taxi y le pidió al conductor que nos trajera condones o que nos llevara a una farmacia.

El taxista se paró en una gasolinera oscura.

– ¿de cuáles usas?-

Señalé un paquete al azar.

También pidió unos chicles.

Unos clorets.

Nos regresamos al hotel y todo fue muy bonito.

Yo intenté fingir que sabía pero no sabía nada.

Cada caricia era como una relámpago.

Me sorprendía que alguien quisiera estar conmigo.

Sin juzgar.

Y estuvimos un rato largo

o no tan largo

cogiendo.

Debió ser un desastre

De los peores palos del mundo

pero en ese momento no pude verlo.

– si viviéramos en la misma ciudad serias mi morrita-

– te daría vergüenza que te vieran conmigo-

Me dio un beso larguísimo.

Un beso que curó un mal lejano.

De esos dolores que no se sabe de dónde vienen

pero que uno va arrastrando.

Se levantó desnuda y apuntó su teléfono y su dirección en Shicali.

Colonia Los Pinos

-llámame o ven cuando quieras-

Me dormí abrazándola.

Con el alma bien acariciada.

Al día siguiente ella se tuvo que ir

Le prometí

Me prometí

de regreso me bajaría en Shicali y le marcaría.

– Simón, márcame-

Se subió al bus con ese mismo sombrero.

Me sentí muy feliz

Disfruté de los días que nos quedaban en Hermosillo.

El Morgan me tumbó el rollo

– no la volverás a ver –

Que ni de pedo me dejaría que me quedara en Shicali.

Que yo tenía 16 y que él se sentía responsable de mi.

El Morgan y yo siempre discutíamos.

Te bajas en Shicali

le marcas

si te contesta te quedas

es tu pedo.

Salimos de regreso y llegamos a Shicali como a las 9 de la noche.

Le marqué y no me contestó.

Me subí al camión de regreso.

Llegamos a Ensenada y todo fue más o menos como antes.

Le marqué muchas veces más

nunca me contestó.

Le escribí también unas cuantas cartas que tampoco me contestó nunca.

La morra de la que estaba clavado de repente sintió interés por mí pero le duró poco.

Un día me gritó “pobre diablo”

–se me hizo super sofisticado-

y nos dejamos de hablar.

La Shina se fue desdibujando.

Quedando en este recuerdo que escribo ahora.

Unos años después me la encontré en Shicali en el Teatro de la Ciudad.

Pensé que no se acordaría de mí.

¿Te acuerdas de mí?

Y me miró con esos mismos ojos pashecos de Sonoyta.

Me acuerdo de ti morro

– Me dijo-

Quise reclamarle

por qué no me contestaste nunca

ni a las llamadas ni a las cartas

quise decirle un montón de cosas

pero no pude

– me alegro que te acuerdes-

y la vi

se metía a una furgoneta llena de tramoya

mientras me decía bye bye

con esa sonrisa tan shila

con esos ojos que parecían sólo saber mirar para enfrente

nunca

nunca pa trás.


* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente se dedica a la investigación.

Foto de interiores: Alexander Krivitskiy-(@krivitskiy) / Unsplash.

Imagen de portada: Maria Lysenko (@manunalys) / Unsplash.






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