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La vejez según Mario Vargas Llosa y Sándor Márai

Diálogo Estado / Raúl Muñiz Torres / Top News / 24/06/2015

SOMOSMASS99

 

PERSIGUIENDO SOMBRAS

Raúl Muñiz Torres

 

Dirán algunos que esta historia concierne al ámbito

meramente privado, pero las palabras, las letras

de uno de sus protagonistas; ponen un acento muy

público para reflexionar sobre lo que un día se escribe

y otro, para lo que esa escritura otorga al análisis.

 

Dos ilustres escritores:

uno peruano, vivo y rondando ya los 80 años; experimenta hoy una nueva pasión amorosa llamada Isabel Preysler, socialité filipina de 64 años, la reina del papel couché, la reina de corazones y protagonista de la llamada prensa rosa. Ese viejo ilustre se llama Mario Vargas Llosa y es Premio Nobel de literatura.

El otro, húngaro ya fallecido hace 26 años, vivió sus últimos tiempos padeciendo su vejez y la muerte de su esposa Lola Matzner con quien se mantuvo unido durante poco más de seis décadas. El húngaro se llamaba Sándor Márai y el 21 de febrero de 1989 se disparó en la cabeza poniendo fin a su vida, una vida que en su ancianidad se vio cruzada por reflexiones atroces sobre la condición de ser un viejo. En el último tomo de sus “Diarios” (1984-1989), Sándor Márai se asume como un hombre listo para enfrentar su propio fin.

Márai escribió en su diario que “quien sigue en este mundo después de cumplir los ochenta se limita a llevar una existencia vegetativa, no una auténtica vida; a estas edades ya no se vive por algo, simplemente se vive”.

Vargas Llosa piensa distinto y ha puesto fin a su matrimonio de 50 años con su prima Patricia Llosa y a sus casi 80, ha encontrado en Preysler una nueva pasión, una razón para seguir viviendo por algo y por alguien.

Sándor Márai dejó de encontrarle sentido a la vida después de la muerte de su esposa, sólo esperaba el final y decidió dárselo con una pistola: “estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”, escribía el viejo húngaro un mes antes de ejecutar su decisión.

Márai se fue de este mundo lejos de los reflectores, lejos de una época en donde hoy el Facebook y el Twitter atienden con una velocidad pasmosa y casi vergonzosa la noticia de la muerte, así sea la defunción de los propios seres queridos. Sándor se fue casi ciego, solo en su casa de San Diego, misma en la que ya no recibía visitas.

Esa fue la tragedia del escritor húngaro, ver morir a los suyos y ver cómo él mismo se iba degradando. Pero se fue con dignidad, antes de que la enfermedad lo revelara como un ser humano destruido en un hospital.

Pero la tragedia de Mario Vargas Llosa puede estar escrita en sus propias letras, víctima de aquello que desprecia profundamente: la civilización, la cultura del espectáculo. El escritor peruano y Preysler son hoy portada de la revista “Hola”, y si algún lector asiduo de esa prensa rosa no conocía al Premio Nobel, hoy sabe quién es.

Escribía el autor de “La ciudad y los perros”, en 2009, en la revista Letras Libres:

“¿Qué quiero decir con civilización del espectáculo?…  en la civilización del espectáculo es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura y que los “chefs” y los “modistos” y “modistas” tengan en nuestros días el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos. Los hornillos y los fogones y las pasarelas se confunden dentro de las coordenadas culturales de la época con los libros, los conciertos, los laboratorios y las óperas, así como las estrellas de la televisión ejercen una influencia sobre las costumbres, los gustos y  las modas que antes tenían los profesores, los pensadores y (antes todavía) los teólogos”.

Fuerte paradoja del viejo Mario cuando su nueva novia es primerísima protagonista de esa cultura despreciable del espectáculo, la misma Preysler casada algún tiempo con el cantante Julio Iglesias, con el político Miguel Boyer y con la revista Hola, siempre pendiente de sus amores pasados y presentes.

Vargas Llosa se metió a la pecera que más le apesta y que él mismo describe a la perfección: la del periodismo irresponsable, “el que se alimenta de la chismografía y el escándalo”, ese que da diversión “a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras”.

Hoy, la todavía esposa del Nobel, dice que no se divorciará de él, que pilló a su marido en la portada de Hola, que si las fotos en cuestión costaron 60 mil dólares, que si a Vargas Llosa le encanta la cercanía con el poder y que esa posibilidad, Isabel se la dará a manos llenas.

Nadie habla de “Conversaciones en la catedral” o de “La tía Julia y el escribidor”, porque su autor le ha puesto el pecho a los espectadores “sin memoria, crueles, sin remordimientos”. Hoy la fuente es la revista Hola y la telenovela del divorcio de un escritor peruano cazado por la cámara de los paparazzi.

El lúcido filósofo italiano, Norberto Bobbio, fue otro ilustre anciano que coincidía con Márai en que la vejez era terrible y en ciertas circunstancias así debe ser: en esas circunstancias también se gestan tragedias. A esas edades, también se nos ocurre dar tremendos saltos aunque en ellos, se nos pueda hacer pedazos una vida entera.

 

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Luis López




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