SOMOSMASS99
Moisés Villa*
La Virgen quebrada
Al salir el sol ilumina la espalda de la catedral y proyecta la sombra de las torres como dos brazos alargados que se estiran al despertar. También pareciera que esa sombra abraza a los tapatíos que van tarde a su trabajo. Dentro, en la catedral, los primeros rezos de la mañana se mezclan con el bullicio de los carros y camiones, un claxon o dos entre cada Ave María.
Mara siempre logra ignorar toda esa distracción con solo rezar. Dios te salve María… Había mucho que pedir y por tanto mucho que rezar. Bendito es el fruto… Quedarse hincada el tiempo suficiente para sentir una mísera porción del sufrimiento que Cristo pagó. Nosotros los pecadores… Pedir por el regreso a salvo de su Virgen, y por la salud y el dinero que siempre faltaban. Así una y otra vez hasta que unas preocupaciones se conviertan en otras.
Tras terminar de rezar y dejar algunas monedas en la limosna, Mara salió y atravesó por la plaza hasta llegar al tren ligero. Las incomodidades que le generaba viajar en las horas pico se le olvidaban y le daba lo mismo ir de pie o sentada. Avanzó tres estaciones y bajó. El edificio donde vivía estaba junto al templo de San Felipe, a unas cuadras de la estación. Era un viejo multifamiliar construido en los años sesentas con largas hileras de departamentos iguales y diminutos. Mara vivía en el tercer piso y cuando subía las últimas escaleras veía los campanarios con sus mosaicos zigzagueantes que le alegraban el día.
―Ya regresé― dijo Mara al entrar a su departamento, como si alguien o su Virgen le pudieran contestar.

Para mediodía había desayunado, regado las plantas y pulido la vitrina de la Virgen. Luego se arregló un poco y acomodó el tocador, porque los ayudantes de la Iglesia entrarían hasta su cuarto. La Virgen estaba sobre una base que le construyó su padre hace años para que sus futuros nietos, que nunca llegaron, no se acercaran. Por el espejo del tocador la miró, con su manto de terciopelo y pensó en el vestido que le cosería para el siguiente año: Tela lila con olivos verdes bordados, encaje de Lier y manto de raso aparecieron en su mente.
Para las dos de la tarde sólo esperaba a que vinieran a recoger a la Virgen. Tocaron a la puerta y al abrir Mara vio que la Iglesia había enviado a dos ayudantes y a un monaguillo. Les indicó que pasaran y les ofreció un vaso de agua que los tres negaron con educación. El monaguillo dijo que llevaban prisa o si no los festejos y la misa se atrasarían. Mara les indicó el cuarto donde estaba la Virgen y al verla todos agacharon la cabeza y se persignaron. Los dos ayudantes no la había visto e impacientes por halagarla hablaron al mismo tiempo:
―¡Qué chula!― dijo el más viejo de los ayudantes.
―¡Bendita!― dijo el otro.―¿Dónde la mandó hacer?
Mara se sintió sorprendida por la pregunta y contestó en un tono seco pero amable:
―Me la heredó mi padre, la mandó hacer a Pastor Ortíz de un dibujo que dejó su abuelo.
―Ya decía yo que el rostro y los oros de ese vestido no me resultan tan familiares― dijo el monaguillo.
Cuando hubieron hecho las debidas alabanzas e ideado cómo sujetar la vitrina, los ayudantes y el monaguillo bajaron a la Virgen de la base para dirigirse hacia las escaleras. Meditaron un poco y Mara salió por delante para despejar cualquier estorbo que pudiera aparecer. Al salir del apartamento los cristales de la cubierta destellaron con el sol dispersándolo sobre las paredes. Las joyas de la corona destellaron como un santísimo caleidoscopio sobre el rostro de sus fieles. Todos quedaron cegados un instante. Después avanzaron dándose instrucciones para no dejar caer a la Virgen. Bajaban conteniendo la respiración y midiendo cada paso, temerosos de cometer un terrible error.
―No la vayan a dejar caer que nos vamos al infierno― dijo Mara desde abajo.
―No, no tenga cuidado― respondió el monaguillo.
Una vez al año a Mara le embargaba el miedo que sentía ahora mismo. Veía que repentinamente los dedos que sostenían la santa figura la soltaban al vacío. Eso le causaba terror. Guardando la debida distancia de los ayudantes, Mara recordó, como hacía constantemente, la primera vez que la soñó. Fue el mismo año que el padre le pidió que la bajaran a las fiestas de la calle. Pensar en eso la tranquilizaba.
Pisaron el último escalón y bajaron la vitrina para descansar un momento. Los azulejos de las paredes y el pasillo entero se mostraban ensombrecidos porque el sol daba poco en ese punto. La Virgen se erguía silenciosa en la boca de la escalera. Nuevamente tomaron la vitrina y caminaron por el pasillo con igual cuidado hasta salir a la claridad de la calle donde las personas se detuvieron para ver pasar a la Virgen. Mara se sintió satisfecha al ver aquello.
Cuando por fin llegaron al templo, los ayudantes pusieron la vitrina sobre una mesa revestida de terciopelo rojo, entre unos incensarios y un ramo de flores frescas a cada lado. Mara suspiró. La Virgen miró con sus ojos pintados de azul la hilera de bancas donde apenas se congregaban una veintena de fieles que venían a rendirle culto en su día. Mara se sentó en la primera banca pensando que sólo faltaba llevarla de regreso una vez más. Llevándose una mano al pecho miró a la Virgen y supo que algún día ese gesto yacería quebrado, inevitablemente, y ahí ella estaría sola para el resto de su vida.
* Moisés Villa estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Ha sido becario de investigación en la UDG y en Plural. Escuela de Periodismo. Actualmente participa como difusor de lectura y escritura en el programa +Consultas de la Biblioteca del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades.
Fotos de portada e interiores: Pixabay.
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