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Agustín Ramírez Agundis*
Miércoles 11 de septiembre de 2019
En seguida reproduzco de manera textual algunos párrafos tomados del libro Apuntes para mis hijos escrito por Benito Juárez García, para mucho el mejor presidente que ha tenido nuestra nación. La intención es doble.
Por una parte, tomar conciencia de que la obra de Juárez no es fruto de la casualidad. En ella están plasmados los ideales, el carácter y los principios que se conformaron en este hombre como consecuencia de una vida signada por la adversidad que fue superando en cada etapa con base en una voluntad férrea, una valentía a toda prueba y una destacada sensibilidad ante la situación social que predominaba en ese entonces.
Por la otra, el invitar a los lectores a conocer más sobre la vida de este hombre quien por su vocación de estadista es reconocido como el Benemérito de las Américas.
En 21 de Marzo de 1806 nací en el pueblo de San Pablo Guelatao de la jurisdicción de Santo Tomás Ixtlán en el Estado de Oajaca. Tuve la desgracia de no haber conocido a mis padres Marcelino Juárez y Brígida García, Indios de la raza primitiva del país, porque apenas tenía yo tres años cuando murieron, habiendo quedado con mis hermanas María Josefa y Rosa al cuidado de nuestros Abuelos paternos Pedro Juárez y Justa López, Indios también de la nación Zapoteca.
Como mis padres no me dejaron ningún patrimonio y mi tío vivía de su trabajo personal, luego que tuve uso de razón me dediqué hasta donde mi tierna edad me lo permitía, a las labores del campo. En algunos ratos desocupados mi tío me enseñaba a leer, me manifestaba lo útil y conveniente que era saber el idioma castellano y como entonces era sumamente difícil para la gente pobre y muy especialmente para la clase indígena adoptar otra carrera científica que no fuese la eclesiástica, me indicaba sus deseos de que yo estudiase para ordenarme.
El deseo [de estudiar] fue superior al sentimiento y el día 17 de diciembre de 1818 y a los doce años de mi edad me fugué de mi casa y marché a pie a la ciudad de Oajaca a donde llegué en la noche del mismo día, alojándome en la casa de don Antonio Maza en que mi hermana María Josefa servía de cosinera. En los primeros días me dediqué a trabajar en el cuidado de la granja ganando dos reales diarios para mi subsistencia, mientras encontraba una casa en que servir.
En las escuelas de primeras letras de aquella época no se enseñaba la gramática Castellana. Leer, escribir y aprender de memoria el Catesismo del Padre Ripalda era lo que entonces formaba el ramo de instrucción primaria. Era cosa inevitable que mi educación fuere lenta y del todo imperfecta. Hablaba yo el idioma español sin reglas y con todos los vicios con que lo hablaba el vulgo. Tanto por mis ocupaciones, como por el mal método de la enseñanza, apenas escribía.
Disgustado de este pésimo método de enseñanza y no habiendo en la ciudad otro establecimiento a qué ocurrir, me resolví a separarme definitivamente de la escuela y a practicar por mí mismo lo poco que había aprendido para poder espresar mis ideas por medio de la escritura aunque fuese de mala forma, como lo es la que uso hasta hoy.
Esta circunstancia más que el propósito de ser clérigo para lo que sentía una instintiva repugnancia me decidió a suplicarle a mi Padrino […] que me permitiera ir a estudiar al Seminario ofreciéndole que haría todo esfuerzo para hacer compatible el cumplimiento de mis obligaciones en su servicio con mi dedicación al estudio a que me iba a consagrar.
En el año de 1827 concluí el curso de artes, habiendo sostenido en público dos actos que se me señalaron y sufrido los exámenes de reglamento con las calificaciones de excelente nemine discrepante y con algunas notas honrosas que me hicieron mis sinodales.
Luego que sufrí el examen de estatuto me despedí de mi Maestro, que lo era el Canónigo don Luis Morales y me pasé al Instituto a estudiar jurisprudencia en Agosto de 1828 . El Director y catedráticos de este nuevo Establecimiento eran todos del partido liberal y tomaban parte, como era natural, en todas las cuestiones políticas que se sucitaban en el Estado.
Porque el clero conoció que aquel nuevo plantel de educación, donde no se ponían trabas a la inteligencia para descubrir la verdad, sería en lo sucesivo, como lo ha sido en efecto, la ruina de su poder, basado sobre el error y las preocupaciones, le declaró una guerra sistemática y cruel, valiéndose de la influencia muy poderosa que entonces ejercía sobre la autoridad civil, sobre las familias y sobre toda la sociedad.
En 1831 concluí mi curso de jurisprudencia y pasé a la práctica al bufete del licenciado don Tiburcio Cañas. En el mismo año fui nombrado Regidor del Ayuntamiento de la Capital por elección popular y presidí el acto de física, que mi disípulo don Francisco Rincón dedicó al cuerpo académico del Colegio Seminario.
En principios de 1833 fui electo diputado al Congreso del Estado. Con motivo de la ley de expulsión de Españoles dada por el Congreso general, el Obispo de Oajaca, don Manuel Isidoro Pérez, no obstante de que estaba exeptuado de esta pena, rehusó continuar en su Diócesis y se fue para España. Como no quedaba ya ningún obispo en la República, porque los pocos que había se habían marchado también al extrangero, no era fácil recibir las órdenes sagradas y sólo podían conseguirse yendo a la Habana o a Nueva Orleans, para lo que era indispensable contar con recursos suficientes, de que yo carecía. Esta circunstancia fue para mí sumamente favorable porque mi Padrino conociendo mi imposibilidad para ordenarme de sacerdote me permitió que siguiera la carrera del foro.
En el mismo año fui nombrado Ayudante del Comandante general don Isidro Reyes, que defendió la plaza contra las fuerzas del general Canalizo, pronunciado por el plan de Religión y fueros, iniciado por el Coronel don Ignacio Escalada en Morelia. Desde esa época el partido clérico-militar se lanzó descaradamente a sostener a mano armada y por medio de los motines, sus fueros, sus abusos y todas sus pretensiones antisociales.
En enero de 1834 me presenté a examen de jurisprudencia práctica ante la Corte de Justicia del Estado y fui aprobado expidiéndoseme el título de Abogado. A los pocos días la Legislatura me nombró Magistrado interino de la misma Corte de Justicia cuyo encargo desempeñé poco tiempo.
[A la derrota de Valentín Gómez Farías] cayó por consiguiente la administración pública de Oajaca en que yo servía y fui confinado a la ciudad de Tehuacán sin otro motivo que el de haber servido con honradez y lealtad en los puestos que se me encomendaron. Revocada la orden de mi confinamiento volví a Oajaca y me dediqué al ejercicio de mi profesión. Se hallaba todavía el clero en pleno goce de sus fueros y prerrogativas y su alianza estrecha con el poder civil, le daba una influencia casi omnipotente. El fuero que lo sustraía de la jurisdicción de los tribunales comunes le servía de escudo contra la ley y de salvoconducto para entregarse impunemente a todos los exesos y a todas las injusticias.
Entretanto, los ciudadanos gemían en la opresión y en la miseria, porque el fruto de su trabajo, su tiempo y su servicio personal todo estaba consagrado a satisfacer la insaciable codicia de sus llamados pastores. Si ocurrían a pedir justicia muy raras veces se les oía y comúnmente recibían por única contestación el desprecio o la prisión. Yo he sido testigo y víctima de una de estas injusticias. Los vecinos del pueblo de Loxicha ocurrieron a mí para que elevase sus quejas e hiciese valer sus derechos ante el tribunal eclesiástico contra su cura que les exigía las obenciones y servicios personales, sin sujetarse a los aranceles.
Sin duda por mi carácter de Diputado y porque entonces regía en el Estado una administración liberal, pues esto pasaba a principios del año de 1834, fue atendida mi solicitud y se dio orden al cura para que se presentara a contestar los cargos que se le hacían, previniéndosele que no volviera a la Parroquia hasta que no terminase el juicio, que contra él se promovía, pero desgraciadamente a los pocos meses cayó aquella administración, como he dicho antes y el clero, que había trabajado por el cambio, volvió con más audacia y sin menos miramientos a la sociedad y a su propio decoro, a ejercer su funesta influencia en favor de sus intereses bastardos.
Me hallaba yo entonces a fines de 1834, sustituyendo la cátedra de Derecho Canónico en el Instituto y no pudiendo ver con indiferencia la injusticia que se cometía contra mis infelices clientes, pedí permiso al Director para ausentarme unos días y marché para el Pueblo de Miahuatlán, donde se hallaban los presos, con el objeto de obtener su libertad.
El juez de la capital que obraba también de acuerdo con el cura, no obstante de que el exhorto no estaba requisitado conforme a las leyes, pasó a mi casa a la media noche y me condujo a la cárcel sin darme más razón que la de que tenía orden de mandarme preso a Miahuatlán.
Estos golpes que sufrí y que veía sufrir casi diariamente a todos los desvalidos que se quejaban contra las arbitrariedades de las clases privilegiadas en consorcio con la autoridad civil, me demostraron de bulto que la sociedad jamás sería feliz con la existencia de aquéllas y de su alianza con el poder público y me afirmaron en mi propósito de trabajar constantemente para destruir el poder funesto de las clases privilegiadas.
Así lo hice en la parte que pude y así lo haría el partido liberal, pero por desgracia de la humanidad el remedio que entonces se procuraba aplicar no curaba el mal de raíz, pues aunque repetidas veces se lograba derrocar la Administración retrógrada remplasándola con otra liberal, el cambio era sólo de personas y quedaban subsistentes en las leyes y en las constituciones los fueros eclesiástico y militar, la intolerancia religiosa, la religión de Estado y la posesión en que estaba el clero de cuantiosos bienes de que abusaba fomentando los motines para cimentar su funesto poderío. Así fue que apenas se establecía una administración liberal, cuando a los pocos meses era derrocada y perseguidos sus partidarios.
Los párrafos anteriores representan una pequeña ventana para conocer la vida y el pensamiento de Benito Juárez. Sin embargo, aunque pequeña es una ventana muy cercana, pues es a través de las propias palabras de Juárez que nos percatamos de las circunstancias en las que se desenvolvió. Apuntes para mis hijos es considerada como una breve autobiografía de Benito Juárez.
Afortunadamente, en el presente año se publicó este libro en una versión de muy bajo costo como parte de la colección Vientos del Pueblo del Fondo de Cultura Económica. Por catorce pesos está al alcance de todos este breve texto de 46 páginas en el que se sintetiza la vida y el pensamiento de un hombre que marcó una profunda huella en el desarrollo de nuestra nación.
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.
Imagen de portada: Benito Juárez García. | Fotograma: Videocine.
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