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Maru San Martín
Originaria de Puebla, Maru San Martín nació el 23 de marzo de 1971. Sus crónicas, ensayos, poesías y cuentos han aparecido en diversos medios digitales e impresos. Ganó el tercer lugar en un concurso estatal de cuento corto con el texto Purificación (2018) y un premio nacional al ser elegida para integrar la Segunda Antología de Escritoras Mexicana con su cuento El clóset (2019). Es autora de el cuento infantil ilustrado El camino de Fátima, publicado por la editorial española Avant (2020). Su cuento Flores Amarillas fue publicado por editorial Literálika en la Antología Encuentos con Rosa (2020).
Licenciada en Hotelería por la Universidad de las Américas Puebla (1995) y licenciada en Periodismo por la Universidad de Arte de Puebla UNARTE, (2019), publicó como proyecto de tesis un Manual de escritura creativa para mujeres sin libertad con el que imparte talleres gratuitos a grupos vulnerables. Ofrece cursos personalizados de escritura por medio de correo electrónico, es editora y correctora de estilo. Actualmente se desarrolla como gestora cultural visibilizando a nuevos autores. Produce y dirige la Antología Labios rojos, chocolate y una rosa de Ediciones Educación y Cultura (2020). Su cuento Purificación forma parte de la Antología Cuentos de Alteración (2020) Duermevela. Miembro organizador de la Feria Nacional del Libro de Escritoras Mexicanas. (2020).
Las cumbres de Maltrata

En bloques de tres cuentas los fantasmas, sin ningún ánimo de llegar a tu destino. Apenas recuerdas la última vez que te sentiste dueña del producto de tus acciones. En los días anteriores todo pasó sin que tuvieras el control del presente inmediato. El toro enorme en la punta del cerro te recuerda que aún habitas un territorio conocido. Las memorias de la niñez fluyen, tu padre al volante narrando historias que apenas te sacan una sonrisa, tu hermano dormido y tú sumando coches rojos; siempre contando, manía adquirida para hacer el viaje más corto. No han notado que estás consciente, que a través de la venda que cubre tus ojos puedes ver las sombras que se suceden por el movimiento constante del auto. El conductor, con voz desafinada tararea una canción irreconocible. Su voz no te es desconocida. La música de Chico-Che llega a tu memoria, la que escuchaba tu padre: “Que culpa tiene la estaca, si el sapo salta y se ensarta”. –Qué culpa tienen tus tres compañeros de viaje si siempre has sido una imbécil.
La tos del pasajero a tu lado te obliga a mover la cabeza y delatar tu presencia, vuelven a golpearte y de un ojo brota humedad que te ciega. Después de un tiempo, que ya no puedes medir, reconoces el tapete de tu auto; ahora solo puedes imaginar el camino por los olores y los enormes letreros que alcanzas a ver desde la incómoda posición en la que te encuentras. El aroma del campo de cebollas se mezcla con el sudor de tus captores. Recuerdas los famélicos animales junto a las casuchas, con la colada siempre al frente. El letrero que anuncia Tierra Blanca–La Tinaja junto al olor a mango te trae al presente. No saldrás viva de este paseo tantas veces recorrido, pero con un poco de suerte tu madre podrá encontrar tu cadáver en su tierra.
El trepidar del auto sobre la grava, lastimando tu espalda, te indica que ya no vas sobre la autopista. Se detienen y eres arrastrada como un bulto; fijas la vista en la copa de los árboles que sobresalen entre el maizal y para no oír la discusión sobre si mereces o no el tiro de gracia pegas un oído sobre el campo yermo.
Cuentas ahora puños de tierra entre los dedos mientras escuchas a lo lejos un auto que se aleja.
Foto de interiores: Stephany Lorena (@stephot) / Unsplash.
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