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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 22 de junio de 2018
En una sociedad clasista como la nuestra, la clase dominante ejerce el poder económico, el político, tiene el control del Estado y diseña, crea o se apropia de una serie de leyes, mecanismos e instituciones para asegurar y mantener su dominio; además, debe imponer su visión del mundo y la realidad entre las clases o grupos sociales dominados para que acepten su condición y no la cuestionen.
Parte de esa imposición es hacernos creer que vivimos en un régimen democrático que establece libertades y derechos para todos y que, por tanto, vivimos en un «Estado de derecho» que debemos respetar y mantener.
El tipo de sociedad como en la que vivimos genera tantas y tan graves contradicciones que más tardan en la elaboración de escenarios color de rosa, con los que nos vende ilusiones y esperanzas, que la realidad en hacer que coloquemos los pies sobre la tierra y comprendamos sus engaños.
Esa realidad ha hecho que entre la mayoría de la población exista un hartazgo ante tantas promesas, tan falsas como reiteradas, para cambiar sus condiciones de vida y trabajo y busque opciones que permitan mejorar su situación.
El ambiente que se vive previo a las elecciones del próximo 1 de julio es una muestra de ese hartazgo y la clase dominante está temerosa de que el voto popular se incline, como lo dejan ver las encuestas al respecto, por alguien que en el gobierno pudiera tocar, aun en mínima parte, los intereses y privilegios de esa clase y, en particular, del grupo hegemónico dentro de ella.
Debido a ese temor, la ofensiva ideológica se ha desplegado con una intensidad superior a anteriores ocasiones, acompañada, incluso, de un sinnúmero de preparativos y acciones para la comisión de fraude electoral; entre otras, de la «compra de voluntades» entre personas pertenecientes a los sectores depauperados económica y cívicamente, para obtener votos a favor de candidatos que ofrecen la continuación de la política actual.
Solamente esa condición, y no tanto en el ámbito económico sino en el cívico, explica como gente que debe vender su fuerza de trabajo para obtener el sustento cotidiano para sí y para los suyos, a la hora de elegir a sus gobernantes vote por aquellos que siempre han servido a los intereses de quienes los explotan y los mantienen en tan precarias condiciones.
En esta ocasión es tanto el descontento popular que si el proceso electoral fuera realmente democrático, se daría por descontado el triunfo del candidato de la coalición que encabeza el partido Morena, Andrés Manuel López Obrador, pero da la casualidad que vivimos en una «democracia» diseñada por y para la clase dominante, en la que el dinero juega un papel fundamental, por lo que habrá que estar preparados para cualquier eventualidad.
Con independencia del candidato que sea declarado «ganador» en la elección presidencial, convendría a los diferentes sectores y grupos sociales que padecen los efectos de la actual política, impuesta desde el exterior y fielmente impulsada por la clase dominante, buscar formas de organización y vinculación para enfrentar posibles escenarios derivados del resultado electoral, porque en cualquiera de ellos es previsible un aumento en la intensidad de las luchas populares; ya sea, por un lado, para contrarrestar la antinacional política de entrega del país al capital privado y la precarización de las condiciones de vida y trabajo del pueblo o, por otra parte, impulsar y defender la recuperación de todo aquello de que ha sido despojada la nación y de los derechos y libertades que nos han sido quebrantados.
Porque nuestro pueblo y el país entero merecen un mejor futuro que el que les depara el neoliberalismo procuremos, desde la sociedad, crear y aprovechar todos los espacios que se presenten para lograr un cambio en la situación actual y poder crear las condiciones en que se pueda vivir con seguridad, dignidad, equidad, justicia, paz e igualdad.
* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular y del Frente Regional en Defensa de la Soberanía en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Efekto10.
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