SOMOSMASS99
Profesora Carolina Díaz Ruiz* / Colectivo 43 X 43*
Jueves 8 de octubre de 2015
“Todavía recuerdo que el tiempo pasaba sin prisas.
Nunca nos enterábamos de los tiempos,
ni nos enseñaron como se nombraban los días,
fue un tiempo de muñecas de trapo”.
Me levanté de prisa, una sinfonía onírica estaba ocurriendo. Las muñecas chamulitas que había hecho con mis propias manos bailaban y danzaban frente a mí. Me percate de la veracidad del hecho, puesto que días anteriores había soñado despierta, había soñado con algunos episodios de mi niñez. No solo soñé con las
muñecas, más bien, y sobre todo, la manera en que aprendí lo que aprendí de niña, había pensado en los tiempos que gasté viéndome crecer, en los tiempos en que aprendí a conocer y construir el mundo que hoy me sostiene. Cuando remendaba, iba hilvanando, iba plasmaba mi mundo, cociendo mis muñecas entendía que aprender es un acto creativo, en contexto y fuera del disciplinamiento y del control de las aulas. 
Me pregunté.
– ¿Cuál es la textura de esos tiempos?
–¿Cómo fue que aprendí a aprender?
–¿Tiene que ver todo eso con mi vida hoy en día, de ser maestra?
Con ese enjambre de preguntas corrí hacia la vieja habitación, sabía que allí probablemente estaría varias respuestas que conciliaba buscar, allí iban a estar las muñecas de trapo que habían permanecido esperando estos tiempos, estas preguntas. Así, que decidí desempolvarlas, lucían tan mal, ajetreadas y desganadas, que distaban de aquellos recuerdos, de aquellas épocas vivas que conservaba aun en mi cabeza, con imágenes intactas.
Habían permanecido guardadas durante muchos años en un viejo estante en casa de mis padres, las muñecas chamulitas, esas muñecas que dicen tanto de mí, de mi historia. Para comenzar, la textura de esos tiempos, estuvo llena de contradicciones, de angustia, de esperanzas y posibilidades. La textura más parecida a todo lo que cuento es la lana de los borregos. El olor penetrante que lleva lana del borrego, trae un fuerte olor a ser siendo, parece entonces, que mi vida, mis tiempos, por allí pasaron. La textura de la lana trae una obstinación, fuerte olor a ser siendo y al tiempo su propia belleza. La lana de borrego fue la materia prima con la que elaboré mis muñecas, también mi vida. 
Para esa época, épocas de mi infancia, vivía sin preocupaciones, mientras mis hermanos mayores iban a la escuela por las mañanas, mi mamá y mis hermanitas menores nos quedábamos en casa solas. Después de desayunar nos íbamos a pastorear ganados en el campo llevando consigo un morral donde cargábamos pozol tortillas y algo de frutas, manzanas o duraznos cuando estaban en temporadas, era nuestra comida durante
la jornada de pastoreo. Llevábamos un nahílo de plástico para cubrirnos de la lluvia cuando era temporada de invierno, recuerdo que me gustaba mucho, estar en el campo, pasábamos el día trepándonos en los árboles, jugábamos a ardillas y cazadores. La diversión llevaba de todo un poco, desde los juegos más pasivos hasta la crueldad, por ejemplo matábamos a pedradas las lagartijas que se escondían entre las rocas. Situación
que ahora me cuesta creer, no pude ser que me divirtiera ver morir un indefenso animal. También nos incorporábamos en los charcos de agua, queriendo atrapar y jugar con los renacuajos. Todo esto ocurriría mientras trabajamos, mientras pastoreábamos los animales, mientras mi mamá bajo la sombra de un árbol, a lo lejos, hilaba la lana de borrego para elaborar nuestra vestimenta.
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En el hogar hubo muchas carencias básicas, la pobreza nos acompañaba con cruel simpatía. En muchas ocasiones a la hora de comer había tan poco, pero sobre todo, recuerdo que había una ausencia que me colmaba hasta los huesos, la ausencia de mi padre.
Pero a pesar de ello, lo digo con precaución, éramos felices, comiendo de los alimentos que sobre abundaban por temporadas, nunca nos hizo falta el pozol y el frijol. Eso de vivir a cuestas con la carencia, con la ausencia de referentes familiares, con la pobreza lleva en sus entrañas una verdad irrefutable, acercarme a los otros, reconocerme, siendo responsable de aquellos que al igual o similar que yo, han sorteado experiencias
difíciles. No pude ingresar a la escuela a la edad ideal, esa fue una frustración que tuve mientras crecía. Me parecía que no iba a desarrollarme bien, que la escuela era progreso y por lo tanto, sí quería superarme tenía que estudiar.
Sin embargo, para mí fortuna, la unión entre pobreza, ausencia y aprendizaje, se tradujo en la posibilidad de tener juguetes a mi medida, no eran comerciales, eran artesanales, así que nos divertíamos con cualquier objeto que encontrábamos en nuestro entorno. Teníamos cuerdas para brincar hechos con dos chales entrelazados, elaborábamos con barro algunas figuras de animales (perro, gato, pollos, vacas y trastecitos,). 
De madera nuestro carrito, de trapos nuestras muñecas; esas muñecas andaban vestidas como nuestra propia imagen, con los trajecitos de Chamula, quizás era el querer contar, el querer plasmar en lo concreto aquellos tiempos, lo que no podía ser contado de otra manera porque la plenitud era inenarrable.
Así, aprendí a aprender en el momento de la elaboración de las muñecas, allí pasaron tantas situaciones maravillosas. Buscábamos trapos que se asimilaran a nuestras prendas, las que usábamos diariamente. El chal que se usaba en la realidad de ese tiempo, era hecho con la lana de borrego en color negro y bordado con estambres de colores en rojo y verde comúnmente y en cada esquina lleva una borla de estambre como adorno.
Entonces para las muñecas conseguíamos el felpo que lleva en el interior de las chamarras de los hombres por el pelito que tiene que parecía Lana del borrego (borrega) que es lo más parecido a la lana real. Es decir, mientras aprendíamos a identificar texturas, colores, formas, aprendíamos que el contexto no está por fuera del proceso de la lógica del aprendizaje. Que aprender es un acto creativo, de estar con el otro, es un tiempo emocional y racional.
Con respecto al bordado, no se nos dificultaba, era común en las actividades de mamá, estos bordados eran hechos con una aguja vieja, oxidada y torcida algo que ya no le servía a mamá. Recuerdo con alegría que las agujas están en tan mal estado que no pasaban entre la tela. Así que entre que rompíamos las telas y nos pinchábamos los dedos lográbamos terminar nuestros bordados. En el caso de las blusas y las nahuas de las muñecas, era fácil conseguir pedazos de nuestras blusas viejas, medir y costurar no era difícil para adornar.
Lo que era complicado era la elaboración de la muñeca en sí. Tomábamos un trapo blanco o un trapo de color similar a la piel, más o menos de 20 centímetros. Se rellenaba a la mitad con retazos de trapos, tratado de dejar una forma redondeada, esa conformaría la cabeza. Luego amarrábamos con hilo, la parte del cuello, luego con trapos de cualquier color, enrollábamos la parte que resta del trapo para formar el cuerpo, las manos y los piecitos, la última repasada de envoltura tratábamos de dejar en un color de trapo similar a la piel y dejar lo más liso que se pudiera.
Por ultimo le costurábamos el cabello con estambre negro, si había, o si no con el hilado que hacía mamá de los borregos negros. Los detallitos como los ojos, a veces lo hacía mamá. En la foto en la parte derecha, que se ve con copetito fue lo último que pude hacer, fue un reto poder hacerle su copetito, por lo corto que quedó a veces se levantan en vez de tener para abajo esos cabellos.
En aquel momento me daba pesar no haber ingresado a la escuela preescolar en su momento adecuado. Ahora considero que los tiempos de aprendizaje no son parecidos, ni tienen la misma textura del aprendizaje y didáctica en contexto. Hoy, considero que el proceso de aprendizaje no debe estar lejos de la realidad que vive cada persona, cada estudiante, cada maestro-a.
La realidad, el contexto, el juego, la cultura, juegan un papel fundamental. Yo aprendí a medir, a calcular, recortar, bordar, aprendí el conteo en mi lengua materna (tsotsil) y tejidos, desarrolle las habilidades de motricidad fina, proporciones, formas, tramas, motricidad gruesa, también equilibrios en el trepado de los árboles y rocas altas.
Pero sobre todo aprendí a aprender con los otros, aprendí que en las aulas aprendemos a estar lejos de nuestras realidades, a que nada nos importe, a despreciar nuestros propios procesos humanos.
Ahora me preguntó ¿tiene que ver todo eso con mi vida cotidiana, con mi trabajo como maestra?
Actualmente, como docente, todo mi aprendizaje de infancia, de la elaboración de las muñecas, me sirve de estrategia pedagógica. Con la idea de elaborar algunos objetos artesanales, atraigo a las madres de familias de los estudiantes, el fin es poder comprender el contexto familiar, social y cultural que los atraviesa, a partir de esto mejorar mi relación en el aula, idear estrategias pedagógicas, reconozco más fácilmente las historias
de los estudiantes, allano la desigualdad que existe entre la experiencia de los estudiantes y la mía, puedo decir que aunque mi rol es de autoridad, no hoy autoridad que se rinda frente al acontecimiento de lo humano, que el aprendizaje de un mundo sostener de la mano a los otros, con afecto, con cuidado y responsabilidad.
* Serie 2. Los rostros de la experiencia docente.
** © El colectivo 43×43. Manifiesto Político Educativo Es un colectivo formado académicos que unen sus voces de forma voluntaria para denunciar las pésimas condiciones de la educación en Chiapas por medio de narrativas vivas y vividas por los propios profesores. Sirva nuestra palabra, nuestro coraje, para decirles a las autoridades que los profesores no somos responsables del fracaso de la educación. Las narrativas y fotografías aquí presentadas son inéditas.
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