SOMOSMASS99
Gwenn Aelle* / Colectivo 43 x 43**
Chiapas, México / Miércoles 21 de octubre de 2015
Salí de la escuela hace más de diez años y todavía tengo pesadillas.
En un mismo salón se juntan todos los alumnos difíciles de manejar.
O suena la hora del recreo y no hay manera de hacerlos salir a l patio.
¡O también, me doy cuenta de que el año ya terminó y que no aprendimos a conjugar ningún verbo!
Sí, hablo como maestra no como alumna.
Ser maestra fue una de las cosas más duras que he hecho en mi vida. De las más satisfactorias también.
¿A qué viene esto de repente? ¿Por qué, años después, necesito decir algo, sacar lo que me ahoga?
He estado trabajando con personas apasionadas por la enseñanza, personas que buscan restablecer la imagen de los Maestros en México. Y los recuerdos regresan a la superficie. Las palabras llenas de pedagogía, los actos de enseñanza, las horas pasadas con los niños.
Siempre trabajé con niños que tenían de 6 a 9 años. Los más grandes me imponían, prefería evitarlos. Los chicos todavía se equivocan de vez en cuando en el salón y te llaman mamá, te regalan dibujos, hablan contigo como si fueras su mejor amiga. Los grandes… son grandes.
Trabajé en la misma escuela en la que estudié, lo cual al principio me fue difícil. No me atrevía a hablar con los maestros, con mis colegas, me sentía todavía su alumna. Inclusive trabajé con tres de mis maestras de primaria y entrar a la sala de maestros era una hazaña emocional. ¡Recuerdo un día en que el prefecto de la entrada no me dejó entrar porque no traía el uniforme!
Era, es todavía, una escuela gigantesca, con más de tres mil alumnos, de kínder a prepa. La enseñanza se daba en francés, historia de Francia, geografía, deporte en francés, todo. Todo lo que pedíamos lo teníamos, que si un retroproyector, que si una computadora o más en el salón, que si esto, que si aquello. Nos mandaban a tomar cursos a todos lados, con todo pagado. Y me tocaron algunos directores que sabían escuchar y enseñarnos a enseñar. De los demás no pienso hablar. Los niños eran en general niños de clase acomodada, tenían siempre material nuevo y bueno y quien los ayudara con la tarea, claro siempre y cuando los papás hablaran francés.
A los niños que nos encargan, los llevamos a cuestas todo el día, toda la noche. Si vamos al campo, recogemos semillas padres para hacer instrumentos de música. Si estamos en una comida, pensamos en qué vamos a enseñar al día siguiente. Si dormimos, nos despertamos sobresaltados porque se nos olvidó una cartulina o porque tal o cuál papá va a venir a hablar de su hijo.

- La experiencia docente ha sido de las más duras y también más satisfactoria de mi carrera, cuenta la profesora.
Los papás a veces no ayudan, critican, acusan, dejan de escuchar. La dirección, la administración a veces pesa. Las famosas evaluaciones, no evalúan tanto al alumno, como al maestro. Recuerdo que se nos pedía, en cada evaluación, hacer una curva de Gauss para evaluar nuestra enseñanza. Y recuerdo el alivio cuando los resultados de mis alumnos seguían esa curva, mi angustia cuando tenía que admitir que no les había enseñado bien. Recuerdo el preparar la clase, el pensar en las actividades para los niños que no habían entendido algo, en otras actividades más para que los que ya se habían adelantado.
Pero sobre todo recuerdo el llevar a los niños conmigo a todos lados, y recuerdo su peso en mis hombros, querer ayudarlos a toda costa.
Y aun así, logré equivocarme varias veces, muchas.
Yo siempre enseñé con sentimientos. Para mí era más importante que mis alumnos fueran felices a que supieran medir un ángulo recto. Tenía de hecho la reputación de mandar a todos mis alumnos al psicólogo, tanto que me habría quedado sola en el salón. Algunos papás no querían que sus hijos estuvieran conmigo por eso.
Hacíamos pasteles en el salón para aprender lo que era un gramo, o pintábamos nuestras sombras en el patio para entender el movimiento de la tierra. En esa escuela francesa fui la primera en poner un altar en el salón para Día de Muertos. Invitaba a los papás para que hablaran de sus carreras, de su trabajo. Una vez, fue el día de la mascota y los que quisieron trajeron a sus animalitos a l salón.
Recuerdo una conversación con un niño de 9 años. Sus papás se habían divorciado y le pedían que él escogiera con quién vivir. Él vino a mí desesperado, no sabía a quién decirle que no vivirían juntos. Recuerdo que le dije que se concentrara en el futuro, en el día en que él tendría su familia. Sé que lo ayudé.
Está también ese otro chavito, cuyo papá llegó una vez a mi casa, un domingo de madrugada, para pedirme que me lo trajera a vivir conmigo. Tuve que decir que no.
O el niño que tenía tantos problemas emocionales que decidimos concentrar nos en eso en lugar de jugar con números.
Y muchos.
Mis antiguos alumnos me buscan. Veo adultos felices, ya padres, hasta me siento abuela a veces.
Pero un día en una conversación de face hablaron de cómo daba yo de portazos, de cuando lloraba en el salón por lo que fuera, de cuando les decía que habían trabajado mal.
Porque no todo era color de rosa. Yo era, y soy, humana.
Y recuerdo, con tanto pesar, a dos niños a los que me consta que no pude ayudar. A los que les grité. A los que no escuché. Y fue culpa mía, no de ellos, ellos tenían 6 años.
A uno lo logré contactar y le pedí una disculpa. Él no se acuerda de nada, no sé si eso sea bueno o no.
Al otro no lo he encontrado, aunque sí vi un día a su tía y le pedí que le dijera: que cuando compartimos salón, yo no sabía muchas cosas, no había crecido lo suficiente y que lo sentía mucho. No sé si le haya pasado el recado.
A qué voy:
A veces, muchas veces, la violencia que se vive en un salón de clases viene del maestro, no del sistema. Estábamos en una escuela privilegiada, con todos los medios a disposición para enseñar bien. Y aun así, lastimé a ciertos niños.
No busco justificarme, no hay justificación para lastimar a un niño.
Sólo quiero decir que a veces, los maestros se equivocan.
Pero puede ser porque ser maestro es tan difícil…
* Colectivo 43 x 43. Serie 2. Los rostros de la experiencia docente.
** © El colectivo 43×43. Manifiesto Político Educativo Es un colectivo formado académicos que unen sus voces de forma voluntaria para denunciar las pésimas condiciones de la educación en Chiapas por medio de narrativas vivas y vividas por los propios profesores. Sirva nuestra palabra, nuestro coraje, para decirles a las autoridades que los profesores no somos responsables del fracaso de la educación. Las narrativas y fotografías aquí presentadas son inéditas.
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