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©Gaudencio Rodríguez Juárez
Jueves 11 de agosto de 2016
No tengo en un altar a la familia
Culpable de mis fobias y mis filias
Joaquín Sabina
Me llama la atención que a pesar de que nuestro país tiene niveles muy altos de maltrato y abuso a la infancia actuemos como si tal cosa no ocurriera.
La violencia que viven los niños y las niñas de nuestro país es terrible y avasalladora, y la indignación social es poca. Aparece ante un caso concreto, para luego disiparse en la vorágine de la vida cotidiana.
La prevención es escasa, y cuando existe suele ser tímida, cargada de contenidos que procuran no confrontar las prácticas de crianza, educativas o disciplinarias de los padres o tutores, por ejemplo, no se opone al castigo físico de manera radical sino que hasta lo recomienda en casos extremos, es cuidadosa de la susceptibilidad de los padres, carece de compromiso con las necesidades y derechos de los niños…
Dos niños asesinados por sus progenitores diariamente en los últimos años no es razón suficiente para la generación de leyes efectivas que desalienten la violencia y los malos tratos.
Ocupar el primer lugar en el rubro de muertes intencionales a niños entre 1 y 14 años y el segundo en niños muertos a causa de malos tratos no estimula pronunciamientos, acciones, políticas públicas, leyes, ni una reacción social sostenida y proporcional al problema.
Sigue en pie la creencia de que los hijos son propiedad de los padres, aun cuando de palabra se afirme lo contrario; en los casos extremos, este paradigma de posesión y pertenencia contribuye a que los padres o familiares dispongan de la vida de sus hijos, aniquilándola mediante golpes, acuchillamientos o disparos de arma, sobre todo antes de los cinco años de edad. “Si este cuerpo me pertenece, si es mi objeto, entonces puedo hacer lo que me plazca con él”, postura que funciona como resorte de las conductas impulsivas del agresor que termina en asesino.
Son 13 millones de familias donde los niños crecen en ambientes de violencia y gritos por parte de sus padres. Y en lugar de asumir esta realidad, ocultamos la información y exaltamos a los padres e idealizamos a la familia, o cerramos los ojos como sociedad.
Cuántas veces hemos escuchamos que la familia es la célula de la sociedad. Cuántas veces escuchamos odas a la familia: como el mejor espacio para crecer y vivir, lugar donde emerge el amor. Expresiones que con su tono generalizador y totalitario niegan la existencia de entornos familiares que no promueven la vida, ni son células, sino piedras que aplastan a sus crías.
Mitificamos a la institución familiar para no reconocer los altos niveles de destructividad que tienen muchas de ellas, para ocultar que después del ejército en tiempos de guerra, la familia es la institución que ejerce más violencia (Gelles y Straus, 2005).
La visión parcial de la realidad es uno de los recursos al que se apela para seguir negando los niveles tan altos de maltrato y abuso hacia los niños y niñas de nuestro país.
Y mientras no reconozcamos tal cosa nuestra sociedad seguirá deteriorándose. Mientras la tarea del Estado consista sólo en encarcelar a los delincuentes altamente peligrosos, la sociedad seguirá produciendo más y más de estos. Mientras sigamos atendiendo sólo las consecuencias del maltrato a la infancia sin trabajar en su erradicación, nuestra sociedad seguirá deshumanizándose.
Contamos con pistas para la acción pertinente, pero sigue faltando voluntad, articulación, sensibilidad (no sensiblería), política pública, indignación, respeto por la vida, por los niños/niñas, por sus derechos. Y con estas faltas terminamos poniéndonos del lado de los victimarios, en detrimento de las víctimas infantiles.
Dejemos de ver a los niños y a las niñas como el futuro de México, porque esta expresión los invisibiliza, los anula al insinuar que serán mañana, cuando produzcan, no ahora; les quita su lugar de personas portadores de derechos. Ellos ya existen. Ya son. Ya están aquí, deseando vivir sin violencia, por cierto.
(Las cifras de este artículo son del estudio “Maltrato y abuso infantil en México: Factor de riesgo en la comisión de delitos”, Secretaría de Seguridad Pública del Gobierno Federal, 2010).
Psicólogo / [email protected]
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