SOMOSMASS99
Víctor Corona*
Los vientos de Santana
– Mamá, ¿cómo sigue todo por Ensenada?
– Musha pobreza

Dice mi hermano que la gente del barrio no se viste como quiere sino como puede. Nunca me había fijado, todo y que presumo de tener una visión antropológica de la realidad que me rodea. Hoy, especialmente, es un día no cálido, ardiente. Hoy que los camiones de bomberos van de un lugar a otro con sirenas averiadas (¿qué razón tiene un camión de bomberos sin agua?) veo a mi alrededor y me sorprende ver a gente con sudaderas, gorras y zapatos alpine. La vestimenta es la misma. Como una alegoría al desierto, los habitantes de esta ciudad se mantienen ajenos a la temperatura externa. Están regulados por algo interior que bien pudiera llamarse templanza. Claro, siempre hay quien aprovecha el sol y los calores para enseñar más piel o más carne, pero de verdad, creo que son minoría. La dieta hipercalórica no es amiga de la ropa de verano. O sí, pero el pudor sigue ganando, al menos por ahora.
Ayer recorría las calles de una ciudad que literalmente había sido azotada por ríos de calor y fuego. Donde sus habitantes pelearon con fuerza, garra y arena (no, no con agua como en condiciones normales) para evitar que las llamas consumieran sus vidas. Stefano me contaba que hasta con gritos de desesperación ahuyentaban al humo que penetraba por todos los poros la piel, de los ojos y de las manos. Horas después, con la calma como amiga, observaban la catástrofe con aliento de victoria con un buen vaso de cerveza. Un grupo de cinco hombres había vencido, al menos por el momento, a las flamas que seguían agazapadas entre los chaparrales. El cielo se había teñido de gris. El humo lo permeaba todo. Lo rojo, lo rojo no sé si lo veía o era una ilusión más de mi estado de ánimo.
Recorría las calles y a mi paso el desorden habitual seguía. Debo admitir que sentí pena de haber visto cómo dos taquerías se habían consumido por el fuego. También sentí sorpresa de que la farmacia y la casa de un costado siguieran en pie. Ah, y que el puesto de hot-dogs se hubiera salvado y que estuviera lleno de clientes. Clientes que seguramente, al encontrar la catástrofe, decidieron cambiar de menú de cena. Al menos por esa noche.
Está todo seco. Seco y seco. La piel se agrieta junto con los labios. Yo llego a casa, a mi caravana al lado de la playa, y me recibe la puerta abierta de par en par y las luces apagadas. Yuritzi me dice que el viento la abrió. El mar (qué cabrón que es el mar) está calmado. Amenazantemente calmado. No hay una sola ola. Los coches por la carretera apenas pasan. No hay frenazos ni nada. Sólo sirenas de ambulancias, bomberos y policías que van y vienen. Yo no me tranquilizo y la idea de que el fuego nos alcance, lo admito, me inquieta. Abro la nevera y veo una cerveza solitaria. La reservo para otra ocasión y me preparo una infusión.
La fresca del anochecer me invita a salir de la caravana pero el olor a humo me invita a entrar. ¿Qué hacer? Veo hacía el norte cómo una columna de humo y fuego se alza hacia la luna. Esta imagen no la puedo describir, pero en su momento me hizo vibrar de emoción. Me acerco al portón de la casa para cerciorarme de que está todo cerrado y de reojo veo que las dos taquerías siguen abiertas y que hambrientos parroquianos comen indiferentes a la desgracia. Todo debe estar bien, me calmo y vuelvo hacia adentro.
Una cucaracha en la pared y una araña negra en las sábanas irrumpen mi sueño. Pero hay algo más que eso. Hay algo más que la soledad que arrastro desde una temporada cada vez más larga. Es un nombre. Un nombre que la gente pronuncia con normalidad pero que a mí no deja de parecerme, perdón si exagero, algo poético. “Los vientos de Santana”. “El factor Santana”. Sí señores, la tragedia de los fuegos tiene un culpable y no es la pobreza ni la miseria. Son unos vientos. Eso le da un giro a las cosas. No señor, no se trata entonces de un accidente, se trata de un destino que las personas de este lugar entienden con esa templanza que sólo tienen los que se visten de igual forma independientemente del tiempo que haga. Son como los cactus, muchos de los cuales fueron calcinados esta misma noche. Me revuelvo entre las sábanas y el calor y me acuerdo de otros vientos. Los vientos del Tramontana, del norte de Cataluña. Me acuerdo, entre sueños, de un cuento de García Marquez de cómo un chico, temeroso de esos vientos, se lanzó hacia un precipicio. Así, con estos pensamientos voy entre Cadaqués y Ensenada. Entre vientos y mares. Entre vientos y mares, el fuego sigue quemando desiertos, consumiendo pastos, hasta que finalmente (gracias al cielo) me consume también en el sueño.
* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.
Fotos de portada e interiores: Pixabay.
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