SOMOSMASS99
Esther Sanginés García*
Miércoles 3 de noviembre de 2021
«He visto muchos movimientos ir y venir. Pertenecí a todos. Fui delegada para organizar a los Trabajadores Industriales del Mundo. Llevaba una tarjeta del antiguo Partido Socialista. Y hoy estoy conectada con los comunistas».
– Lucy Parsons, 1930[2]
Vivió intensamente; dedicó su existencia a trabajar por la transformación del sistema capitalista, y acabar con el sufrimiento de la clase trabajadora, estuvo en todos los frentes de lucha que buscaban la justicia, la igualdad, la liberación de los oprimidos, la dignidad de las personas, sin distinción de sexo, raza, nacionalidad u ocupación.
Lucy, que había luchado por la justicia desde los 19 años se encontró con la tragedia personal a los 36 Tras un corto periodo de luto después de aquel fatídico 11 de noviembre de 1887, concentró su energía para publicar las obras de su esposo: un libro que escribió Albert Parsons en prisión: Anarchism: Its philosophy and scientific basis (Anarquismo, su filosofía y bases científicas) une principios del anarquismo y el socialismo científico con largas citas de El Capital de Carlos Marx, pudo editarse un mes después, en diciembre de 1887, aunque la policía confiscó la edición se salvaron unos 300 ejemplares compiló diversos textos que pueden consultarse en la biblioteca anarquista. Al terminar esa labor, en 1888 decidió retomar su militancia. Su actuar era indispensable, pues la represión brutal y el ahorcamiento de los mártires de Chicago tuvo como resultado inmediato el reflujo del movimiento obrero. La jornada de 8 horas que había sido un triunfo de las movilizaciones fue echada para atrás, los miembros de los Caballeros del Trabajo, organización de la que eran miembros los Parsons, pasó de 24 mil integrantes en 1886, a 4 mil en 1888.
Viajó a Londres como invitada de la Liga Socialista de Inglaterra, allí participó en paneles de discusión con destacados socialistas y anarquistas. De regreso en Chicago estuvo muy activa, recorriendo los barrios obreros de la ciudad y de poblaciones cercanas, vendía folletos, volantes, libros y periódicos revolucionarios, anarquistas, socialistas, comunistas, y textos varios en las calles, daba conferencias en salones o realizaba mítines relámpago en las plazas, todo ello a pesar del acoso policiaco, pues cada vez que la descubrían hablando o vendiendo textos propagandísticos era arrestada, no permanecía mucho tiempo en la cárcel porque los trabajadores se organizaban en protestas callejeras para pedir su liberación. Acompañó todas las marchas de los trabajadores en huelga y los ayudó económicamente. Luchadores sociales del país y del mundo viajaban a Chicago para escucharla y comprar sus publicaciones.
En reuniones de la Asociación Internacional de Trabajadores (IWPA) y el Partido Socialista de los trabajadores (SLP) arremetía contra el racismo y atacaba a la Iglesia y al Estado como gemelos siameses. “La civilización cristiana de Chicago […] permite que la sangre del corazón de sus hijos se beba en las copas de vino de los ladrones laborales […] Hemos escuchado lo suficiente sobre un paraíso detrás de la luna. Queremos algo ahora”[3].
Cuando el gobernador de Illinois, organizó una serie de “foros económicos” para que se discutieran algunas reformas que podrían formularse en el estado, Lucy Parsons se aseguró de estar presente, en el tema de la “Reforma Penal”, con gran entereza se dirigió al gobernador:
¿Negará que sus cárceles están llenas de hijos de pobres, no de hijos de ricos? ¿Negará que los hombres roban porque tienen la barriga vacía? ¿Se atreverá a decir que alguna de esas hermanas perdidas de las que habla disfrutan acostarse con diez o veinte hombres miserables en una noche mientras se queman internamente como si estuvieran marcadas?
No la intimidaron los abucheos y silbidos de los empresarios asistentes al foro: No caeré en el señuelo de su reforma […] si los trabajadores se unen para luchar por la comida, los encarcelan […] No, mientras se conserve este sistema y su ética, sus cárceles estarán llenas de hombres y mujeres que eligen la vida a la muerte, y que toman la vida como los obligan a tomarla, a través del crimen. [4].
Lucy Parsons diferenciaba con claridad las reformas que se “otorgaban” desde arriba, como caridad, por la clase dominante para cooptar y controlar a sus “súbditos”, y las arrebatadas a esa clase por la lucha desde abajo, esa lucha era crucial para que la clase trabajadora desarrollara la capacidad de combatir; pues sin esa capacidad, no tenía nada. Ella lo expresaba de manera elocuente: «El que quiera ser libre debe dar el golpe»[5].
En 1891, Lucy Parsons comenzó a editar su propio periódico, Freedom: A Revolutionary Anarchist-Communist Monthly. A través de sus páginas se pronunció contra los linchamientos y el peonaje de los aparceros negros en el sur. Cubrió las principales luchas laborales de la época, como las peleas en las acerías de Pensilvania y las minas de plata de Idaho; el tema de la sobre explotación de las mujeres obreras estaba siempre presente.
En un evento de oratoria en Chicago en 1893, Lucy se dirigió a una multitud de miles de desempleados, víctimas de la crisis financiera de ese año:
“Ustedes son los únicos productores; ¿Por qué no deberían consumir? […] El actual sistema social está podrido de arriba a abajo. Deben ver esto y darse cuenta de que ha llegado el momento de destruirlo.
Dejemos que nuestras calles corran con sangre, pero hagamos justicia […] Las vidas capitalistas barridas son una gran ganancia para nosotros […] ustedes no deben morir pudriéndose en las casas de vecindad […] Hombro con hombro, unánimes, deben levantarse y tomar lo que es suyo”[6].
Poco después promovió la primera marcha masiva en Washington, D.C., en búsqueda de ayuda federal para los desempleados.
En 1897, firmó un plan para fundar una nueva organización socialista, la Social Democracia de América, con una plataforma que pedía una jornada laboral más corta, empleos para los desempleados y propiedad pública de todos los servicios públicos. Participó también en la refundación de la Social Democracia en América, que en 1901 se convirtió en el Partido Socialista de América.
Cuando en 1898 Estados Unidos entró en guerra con España por el control de Cuba y Filipinas, Lucy tomó las calles denunciando la guerra y disuadiendo a los jóvenes de alistarse en la aventura militar. “Les hago un llamamiento a ustedes, jóvenes, para que se nieguen a alistarse y vayan a esas islas lejanas con el propósito de clavar las cadenas de una nueva esclavitud en los miembros de los filipinos…”[7]
El anarquismo de Lucy Parsons era sindicalista, concebía el movimiento obrero como la principal palanca de la revolución social, creía que los sindicatos, las asambleas de los Caballeros del Trabajo, eran los grupos embrionarios de la sociedad anarquista ideal.
Consideraba que el capitalismo había despojado a la mayoría de las mujeres de su independencia económica y, por tanto, social. La esclavitud de la mujer sólo podría abolirse verdaderamente en la medida en que también se aboliera la esclavitud asalariada[8]. Lucy luchó por el voto femenino a pesar de que no estaba convencida de participar en las elecciones. Fue pionera de la difusión y acceso a métodos anticonceptivos, el derecho de las mujeres a decidir la interrupción del embarazo no deseado, el derecho al divorcio y a un nuevo matrimonio
Por esa época se dio cuenta de las limitaciones del anarquismo, pues por su naturaleza carecía de organización: “ […] La realización del ideal anarquista, por grandioso que sea, no es en lo más mínimo alentador […] personalmente, siempre he mantenido la idea de organización, junto con una asunción de responsabilidad por parte de los miembros, como el pago de cuotas mensuales y la recaudación de fondos con fines de propaganda […] El anarquismo, como se ha enseñado en los últimos años, está demasiado lejos del nivel mental de las masas”[9].
La acumulación originaria de capital y la transición de la pequeña producción artesanal a la gran industria, se dieron en Estados Unidos después de la guerra civil, de tal modo que a principios del siglo XX el capitalismo industrial estaba en pleno apogeo. Esa transición generó el empobrecimiento masivo de los artesanos expulsados de su oficio por la competencia frente a la producción con maquinaria en las fábricas modernas. Los pequeños productores que perdían sus talleres por deudas se convertían en desempleados, vagabundos. Por eso en un principio los escritos de Lucy se centraban en la destrucción de las fábricas y el lanzamiento de bombas. Cuando la producción industrial se convirtió en la forma económica dominante y el proletariado se hizo cada vez más consciente de su poder, Lucy se alejó de los intentos desesperados de destruir la industria y, en cambio, consideró la organización de la clase trabajadora como la clave para la transformación. La industria en manos de los trabajadores podría desempeñar un papel muy diferente en la sociedad que la industria en manos de las élites capitalistas.
Cuando estaba cerca de los sesenta años y sufría de problemas de visión, participó en la fundación de la que se convertiría en una de las organizaciones más audaces en la historia del movimiento obrero revolucionario en Estados Unidos, la organización de los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW por sus siglas en inglés), con un arduo programa de giras, hablando y organizando a los trabajadores en todo el país, y pasando mucho más tiempo en la calle que en su casa en Chicago.
En la fundación de IWW, Lucy Parsons fue la única mujer que se dirigió a los delegados con una idea sorprendente, más allá del número de votos está la fuerza de la verdad y la justicia que no se logra por votaciones.
Mucho se ha hablado aquí del número de votos que llevan en el bolsillo los diferentes delegados. No estoy aquí con el propósito de levantar una nota de desarmonía o desunión entre ellos. Simplemente estoy aquí en interés de la verdad tal como la veo. […]. La mera fuerza de los números nunca creó un derecho en la Tierra y, gracias a la justicia, nunca podrá hacerlo. Lo que es correcto, lo que es justo, es simplemente el resultado de las mejores mentes de todas las épocas. Cualquier derecho que tengamos en la sociedad es simplemente una herencia que nos han transmitido aquellos que solo tenían motivos desinteresados.
Contra la corriente ingresó su nombre como delegada individual y fue aceptada.
Muchos de ustedes representan a sus sindicatos, y ciertamente creo en el trabajo organizado o no estaría aquí […] Ingresé mi nombre […porque] represento ese gran cuerpo que tiene su rostro hasta los confines más importantes de la Tierra […] [estamos aquí] porque tenemos ojos para ver la miseria, tenemos oídos para escuchar el grito de los abatidos y miserables de la Tierra, tenemos un corazón compasivo y creemos que podemos venir aquí y alzar nuestra voz y mezclarla en interés de la humanidad.
Así que esa es la gran audiencia que represento. Represento a esas personas, esos niños pequeños que, después de mis veinticinco años de residencia en Chicago, sé que están en las fábricas. Entré aquí como delegada para representar a esa gran masa de humanidad, a mis hermanas a las que puedo ver en la noche, jóvenes y hermosas, pero que están obligadas a vender el santo nombre de la feminidad para una noche de alojamiento. Estoy aquí para alzar mi voz con ellos y pedirles que presenten desde esta organización una declaración de principios y una constitución que les dé esperanzas […]
Déjenme decirles a ustedes hermanos y hermanas, simplemente recuerden que estamos aquí como una hermandad de hombres y mujeres, como una humanidad, con una responsabilidad para con los despojados y oprimidos de toda la humanidad, no importa bajo qué bandera o en qué país nacieron. Tengamos esa idea de Thomas Paine, que «El mundo es mi país y la humanidad son mis compatriotas[10].
Sesión de la tarde, 29 de junio
…Quiero manifestarles que he hecho uso de la palabra porque ninguna otra mujer ha respondido, y siento que no estaría fuera de lugar que dijera a mi pobre manera unas palabras sobre este movimiento. Nosotras, las mujeres de este país, no tenemos voto aunque quisiéramos usarlo, y la única forma en que podemos estar representadas es tomar a un hombre para que nos represente. Ustedes han hecho un lío tan grande al representarnos que no tenemos mucha confianza en pedírselos; y yo, por mi parte, me sentiría muy retrograda al pedirle a los hombres que me representen. No tenemos papeleta, pero tenemos nuestro trabajo. August Bebel, en su Woman in the Past, Present and Future, un libro que debería ser leído por toda mujer que trabaja por un salario, dice que los hombres han sido esclavos a lo largo de todas las edades, pero la condición de la mujer ha sido peor, porque ha sido esclava de un esclavo.
Nunca se pronunció una verdad más grande. Somos las esclavas de los esclavos. Somos explotadas más despiadadamente que los hombres. Dondequiera que se reduzcan los salarios, la clase capitalista utiliza a las mujeres para reducirlos, y si hay algo que ustedes, los hombres, deberían hacer en el futuro, es organizarse con las mujeres…
Ahora, quiero mostrarles que sujetamos las cadenas de la esclavitud de nuestras hermanas, a veces sin darnos cuenta, cuando vamos a los grandes almacenes y miramos a nuestro alrededor todo tan barato. Cuando llegamos a reflexionar, simplemente significa el robo de nuestras hermanas, porque sabemos que las cosas no se pueden hacer por esos precios y darles a las mujeres que las elaboraron, salarios justos […]
Quiero señalar que estas convenciones están llenas de entusiasmo. Y eso es correcto; a veces deberíamos mezclar el sentimiento con la sobriedad; Es una parte de la vida […]
Pero cuando salgan de este salón, cuando hayan dejado a un lado su entusiasmo, entonces viene el trabajo sólido. ¿Van a salir de aquí con la idea de que la clase que nos llamamos socialistas revolucionarios, está organizada para enfrentarse al capital organizado con los millones a su mando? [Los capitalistas] Tienen muchas armas para luchar contra nosotros. Primero, tienen dinero, luego, tienen herramientas legislativas. Luego, tienen armerías; y por último, tienen la horca. Nos llamamos revolucionarios. ¿Saben lo que los capitalistas quieren hacerles a los revolucionarios? […]
Ahora bien, ¿a qué nos referimos cuando decimos socialista revolucionario? Queremos decir que la tierra pertenecerá a los sin tierra, las herramientas al trabajador y los productos a los productores. Ahora, analicemos eso por un momento, antes de aplaudirme. Primero, la tierra pertenece a los sin tierra. ¿Hay un solo terrateniente en este país que sea dueño de su tierra por los derechos constitucionales otorgados por la constitución de los Estados Unidos que permita votar en contra de él? No soy tan tonta como para creerlo. Decimos: «Las herramientas pertenecen al trabajador». Son propiedad de la clase capitalista. ¿Cree que le permitirán ir a los pasillos de la legislatura y simplemente decir: “Que se promulgue que en y después de cierto día el capitalista ya no será dueño de las herramientas y las fábricas y los lugares de la industria, los barcos que navegan el océano y nuestros lagos?”
¿Crees que se someterán? No. Decimos: «El producto pertenece a los productores». Pertenece a la clase capitalista como su propiedad legal. ¿Crees que te permitirán expulsarlos, aprobar una ley y decir: «Que se promulgue que en y después de cierto día el Sr. Capitalista será desposeído?» Puedes, pero no lo creo. Por lo tanto, cuando pongan bajo la lengua la expresión de que son revolucionarios, recuerden lo que significa esa palabra. Significa una revolución que entregará todas estas cosas a donde pertenecen: a los productores de riqueza. […]
Deseo decir que mi concepción del método futuro para tomar posesión de esta Tierra es la huelga general. El problema con todas las huelgas en el pasado ha sido este: los trabajadores, […] hacen huelga y salen y se mueren de hambre. Sus hijos mueren de hambre. Sus esposas se desaniman […] Mi concepción de la huelga del futuro no es la huelga, salir y morir de hambre, sino la huelga para permanecer y tomar posesión de la propiedad necesaria para la producción […] Ustedes, hombres y mujeres, deberían estar imbuidos del espíritu que ahora se muestra en la lejana Rusia y la lejana Siberia, donde pensamos que la chispa de la virilidad y la feminidad les habían sido aplastadas. Tomemos el ejemplo de ellos […]
Saben que donde se ha izado la bandera roja, quien se inscribe bajo esa bandera reconoce la hermandad universal del hombre; reconoce que la corriente roja que corre por las venas de toda la humanidad es idéntica, que aquellos que levantan la bandera roja, no importa dónde, ya sea en las soleadas llanuras de China, o en las colinas asoleadas de África, o en las lejanas costas nevadas del norte, o en Rusia o América —Que todos pertenecen a la familia humana y tienen una identidad de interés. Eso es lo que ellos saben. Entonces, cuando lleguemos a decidir, hundamos diferencias tales como la nacionalidad, la religión, la política, y fijemos nuestra mirada eterna y para siempre hacia la estrella naciente de la república industrial del trabajo; recordando que hemos dejado atrás lo viejo y hemos puesto nuestros rostros hacia el futuro. No hay poder en la Tierra que pueda detener a hombres y mujeres que están decididos a ser libres a cualquier riesgo. No hay poder en la Tierra tan grande como el poder del intelecto. Mueve el mundo y mueve la Tierra […]
Incluso ahora espero vivir para ver el día en que habrá surgido el primer amanecer de la nueva era, cuando el capitalismo sea una cosa del pasado y la nueva república industrial, la mancomunidad del trabajo, esté en funcionamiento. Gracias[11].
Mi revisión de la trayectoria de Lucy González se tornó muy apasionante. Considero que sus escritos y discursos tuvieron una gran influencia −desde su posición anarquista que fue evolucionando hacia el comunismo− en el desarrollo de los movimientos de izquierda en Europa y en Estados Unidos. Por esa razón, he querido transcribir de manera íntegra algunos textos que al respecto he encontrado. En mi próxima colaboración cerraré el tema.
Notas:
[1] El título de este artículo está inspirado en el texto de Keith Rosenthal, Lucy Parsons: ‘More dangerous than a thousand rioters’. Gran parte de este artículo está basado en ese texto, por lo que no uso referencias, excepto cuando tomo partes de los escritos de Lucy, allí voy directamente a la fuente. La traducción es personal, a quienes hablen inglés se los recomiendo, no tiene desperdicio. Las fotografías se tomaron del texto de Keith Rosenthal.
[2] Keith Rosenthal, Lucy Parsons: ‘More dangerous than a thousand rioters’, el párrafo es una traducción libre, de un escrito de Lucy Parsons, retomado por Rosenthal. http://links.org.au/node/2480
[3] Ashbaugh, Lucy Parsons, 170-171. Citado por Keith Rosenthal
[4] Ashbaugh, Lucy Parsons, 176. Citado por Keith Rosenthal.
[5] Idem.
[6] Ibid, p.190
[7] Ibid, p.207
[8] Lucy Parsons, Cause of Sex Slavery Firebrand, 1895, in Ashbaugh, Lucy Parsons, p.202.
[9] Lucy Parsons, On Anarchist Organization, The Demonstrator, noviembre 6 de 1907, in Ahrens, Freedom, p.131.
[10] Lucy E. Parsons: Speeches at the Founding Convention of the Industrial Workers of the World, 1905; https://theanarchistlibrary.org/library/lucy-e-parsons-speeches-at-the-founding-convention-of-the-industrial-workers-of-the-world
[11] Idem.
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.
Foto de portada: La Izquierda Diario.
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