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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Lunes 31 de octubre de 2016
El castigo físico no puede seguir siendo considerado un recurso educativo pues sólo es una descarga de frustración, ira, incluso miedo del adulto, puesta en un cuerpo ajeno, el del niño.
Gaudencio Rodríguez
En la actualidad existe suficiente evidencia de la inutilidad como medida disciplinaria y del daño que provoca el castigo físico y todo trato humillante basado en los gritos, coerción, miedo, etcétera, por eso es considerado una violación a los derechos humanos.
En el mundo más de 30 países han prohibido por ley el castigo corporal y demás tratos humillantes hacia los niños y niñas y han implementado todo un sistema de reeducación para las personas a cargo de este sector de la población.
En el 2006 el Comité de los Derechos del Niño de la ONU manifestó su preocupación por el hecho de que en nuestro país, México, el castigo corporal en el hogar continuaba siendo legal y no estuviera prohibido explícitamente en las escuelas, en instituciones penales y en centros alternativos, y que por ello se utilice de una forma generalizada en todos los entornos institucionales.
Tuvieron que pasar ocho años para que nuestro país atendiera dicha recomendación a través de la Ley General de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, publicada el 4 de diciembre de 2014, donde su artículo 105 mandata que las leyes federales y de las entidades federativas dispongan lo necesario para que en el ámbito de sus respectivas competencias den cumplimiento a la obligación, por parte de quienes tengan trato con niñas, niños y adolescentes, de abstenerse de ejercer cualquier tipo de violencia en su contra, en particular el castigo corporal.
A la fecha alrededor de la mitad de las entidades federativas de nuestro país han hecho lo propio. Con la reforma al artículo 477, en abril de 2015, el Código Civil para el Estado de Guanajuato prohíbe el castigo corporal y cualquier otra forma de castigos crueles, degradantes o humillantes como forma de corrección o disciplina.
El castigo corporal hacia la infancia ha sido una constante en la historia de la humanidad. En Guanajuato dimos un paso significativo al dejar de considerarlo —cualquiera que sea su frecuencia, intensidad y entorno— una medida educativa por medio de su prohibición por vía legislativa. Y aunque las leyes no cambian la realidad, sí transmiten un mensaje de oposición a prácticas disciplinarias perniciosas y trazan el camino para la formación de las nuevas generaciones.
“La primera escuela está en la casa y si no asumimos esto, ¡aguas! Más vale unas buenas nalgadas, un buen cintarazo, que me digan lo que quieran los derechos humanos, pero más vale a tiempo, más vale a tiempo, que después se anden desviando”, fueron las palabras del gobernador de esta entidad, Miguel Márquez, pronunciadas días atrás durante el arranque del Programa Impulso Social en los polígonos de seguridad de los municipios de Comonfort y Celaya, palabras lamentables al salir de boca de un gobernante, un líder para muchas personas que al escucharlo aplaudieron sus declaraciones haciendo eco a métodos que tiene consecuencias perniciosas ampliamente documentadas por la ciencia, reforzando la apuesta al estilo disciplinario autoritario de mucha gente que lo escuchó ahí o a través de los medios de comunicación.
Sigue siendo necesario difundir el daño que genera a la personalidad y al cerebro del niño, así como a la sociedad en su conjunto este tipo de malas prácticas.
Pegar a los niños y a las niñas tiene serios perjuicios. Las investigaciones en el tema concluyen que el castigo corporal siembra la semilla de la violencia que hoy nos aqueja, toda vez que el potencial para la destrucción humana queda sembrado cuando agredimos los cuerpos infantiles. Si queremos paz, comencemos por dejar de transgredir los cuerpos de los niños. Tratémoslos bien —lo cual significa respetar sus derechos y cubrir sus necesidades de desarrollo humano— para que el día de mañana ellos puedan hacer el bien en lugar de buscar venganza —sobre todo con la nueva generación— por los golpes físicos y emocionales recibidos.
A tu hija, a tu hijo abrázalo para que se sienta seguro y sin miedo, no le pegues. Háblale para que te escuche y entienda, no le grites. Explícale para que aprenda nuevas cosas, no lo regañes. Respétalo para que aprenda a respetar, no lo humilles. Ámalo para que se sienta digno, no lo ignores. De esta manera contribuirás a la formación de una personalidad sólida, humana, realmente humana.
¿Más vale unas buenas nalgadas? ¡No! Más vale una buena educación y guía respetuosa y amorosa.
* Psicólogo / [email protected]
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