SOMOSMASS99
@Gaudencio Rodríguez Juárez*
Domingo 2 de octubre de 2016
Leo las crónicas y noticias de los diarios acerca de las múltiples marchas realizadas semanas anteriores en contra del matrimonio igualitario y me pregunto si detrás de cada expresión o manifestación existe una reflexión. Me pregunto si al lanzarlas se tiene en cuenta cómo afectarán a las personas que no cuadran con la expectativa de los y las portavoces de dichas posturas, y que por lo mismo quedan excluidas.
“Me siento orgullosa de pertenecer a una familia normal”. Me pregunto cómo hace sentir este comentario a los millones de personas de nuestro país que no viven en una de estas familias llamadas “normal”, sino en una con una sola mamá, un solo papá o sin papás, sino al cuidado de abuelos/abuelas, tíos/tías, tutoras/tutores…
“Papá y mamá se unieron y nací yo”. “Todos los participantes reunidos [en la manifestación] son el resultado de la unión de un hombre y una mujer”. Me pregunto si los ahí presentes y que nacieron con el recurso de las técnicas de reproducción asistida, sin que haya existido la unión de un hombre y una mujer, se sienten incluidos en ese colectivo.
“¡Se ve, se siente, la familia está presente!”. Me pregunto qué pensarán y sentirán sobre esta arenga los miles y miles de niños, niñas y adolescentes de nuestro país que viven en orfandad, algunos en instituciones residenciales, otros en las calles, un sector que literalmente no ve ni siente la presencia de la familia desde hace muchos años.
“El matrimonio entre un hombre y una mujer tiene una naturaleza específica con fines muy claros, como lo son la trasmisión de la vida, la educación de los hijos, la unidad de los esposos; todo ello en un marco de permanencia, exclusividad, complejidad sexual y afectiva, que protege a todos los miembros de la familia, especialmente a los más débiles”. Me pregunto cómo se sentirán todas las personas que no viven en este supuesto: las que estando en matrimonio no pudieron tener hijos —o pudiendo decidieron no tenerlos—, las personas que tuvieron u optaron por separarse o divorciarse (y formar o ensamblar, o no, una nueva familia).
“De norte a sur, de este a oeste, defendamos la familia cueste lo que cueste”. Me pregunto qué dirán al respecto las personas a cuyas familias su situación extrema —de pobreza, por ejemplo— les impide cumplir sus funciones. ¿Se preguntarán por qué nadie las defiende cueste lo que cueste?
“No fue una marcha en contra de nadie, fue una marcha a favor de la familia”. Me pregunto si este tipo de consignas realmente les inyecta esperanza a las personas cuya familia en este momento se les está desbaratando debido al alcoholismo, la drogadicción, la violencia, la enfermedad, la falta de empleo, los sueldos precarios, la migración… Me pregunto, también, por qué defender a la familia que es un ente y no a sus miembros que son personas.
“Únete hermano, nuestros niños peligran”. Me pregunto —y no encuentro respuesta con sustento empírico ni científico— por qué los niños de nuestra sociedad pueden peligrar con el matrimonio igualitario si a través de la historia de la humanidad muchos han sido criados y educados por personas con orientación homosexual, si los hijos e hijas de padres heterosexuales históricamente han convivido, también, con aquel tipo de personas: vecinos, instructores, maestros, catequistas —hombres y mujeres—, muchas veces sin darse cuenta.
“Familias unidas jamás serán vencidas”. Me pregunto qué sentido tienen este tipo de consignas si la manifestación donde se enuncian potencia —voluntaria o involuntariamente— la desunión o hasta el enfrentamiento entre familias con perfil nuclear-biológico-heterosexual con las que no mantienen este perfil.
“Matrimonios gay no son obra de Dios”. Me pregunto qué pensará Dios acerca de las creaciones que los seres humanos le atribuyen.
Casi todos conocemos a una pareja (a un matrimonio) sin hijos o hijas; a un hijo o a una hija con padres o madres del mismo sexo, o con sólo uno de éstos (homo o heterosexual), o sin un “padre y/o una madre biológica” (adoptivos); que nacieron con la ayuda de una probeta, de una mujer que facilitó su vientre, de óvulos o espermatozoides donados…, que no nacieron de la unión de un hombre o una mujer, pues. Personas que coexisten con nosotros. Personas iguales a nosotros en su condición humana, y diferentes gracias a su singularidad. Personas con los mismos derechos, derechos amparados por nuestra Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Personas, independientemente de quien les creó y crio. Más de alguna de ellas familiar nuestro. Personas que sienten, que piensan, que viven. Personas que desean pertenecer al colectivo humano. Me pregunto por qué la oposición de un sector de la población para que aquel otro goce de sus derechos.
Me pregunto por qué si la Suprema Corte de Justicia de la Nación, nuestra máxima autoridad, ya se manifestó en este tema, seguimos alegando en lugar de trabajar en el siguiente paso: la generación de acuerdos y acciones para facilitar la sana y respetuosa convivencia en medio de la diversidad humana, familiar, social…
Me pregunto.
* Psicólogo / [email protected]
** Foto de portada: Manuel Rodríguez
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