Breaking

Mi infancia y mis raíces como urdimbre para seguir adelante

Sociedad País / Top News / 03/09/2015

SOMOSMASS99

 

Colectivo 43 x 43*

Chiapas / Septiembre de 2015

 

Mi testimonio como docente en la escuela de Educación Indígena comienza a bordarse desde mi niñez, conozco el medio porque lo he vivido en carne propia. Hoy soy una sobreviviente de esta vida, amo mi trabajo pues me considero un eslabón importante en y de la formación de los niños de la comunidad, mi comunidad, nuestra comunidad de Santo Domingo Narro, municipio de San Juan Juquila Mixes, Oaxaca.

Si me pienso, regreso a la niña de tan sólo 7 años, quien vivía con sus padres y su hermanita de tres años, retorno al lugar de origen, esa ciudad del norte de la república mexicana que vio mis primeros pasos. Regreso a mi padre, al hombre honesto, respetuoso y muy trabajador nacido en algún estado del sur, quien se desempeñaba como trabajador de la educación en un tecnológico agropecuario internado de hombres en la década de los ochenta. Retorno también a la abuela-madre costurera, dedicada y entregada a su familia y al hogar. 

El año de 1985 se convirtió en un año potencial para mi padre y la familia, pues el traslado de trabajo de mi padre nos llevó a vivir y a establecernos en San Baltazar Chichicapam. Año de grandes cambios, pues pasamos de vivir en ciudad desarrollada a vivir en una comunidad indígena, con carencia de servicios básicos y ausencia de comodidades. Sin embargo, creo que los grandes cambios siempre se acompañan de felicidad. Una mañana de aquel año, mi hermana de 4 años sufrió un accidente que marcó la vida de todos, las quemaduras de segundo y tercer grado en el cuerpo de mi hermana ocasionaron momentos de angustia y desesperación a mi familia. El proceso de recuperación y sanación implicó que nos quedáramos a vivir por completo en esa población. Así pues, yo cursé el tercer año de primaria y mi hermana ingresó al prescolar.

La memoria me remonta a aquel primer día de clases, me levanté muy de mañanita y me puse un vestido muy bonito color azul con muchos pliegues. Mamá me peinó con dos coletas trenzadas muy largas que resaltaban el negro de mi cabello, parecía una linda muñequita orgullosa de piel morena. Mi padre me llevó de la mano y al llegar a la escuela nos dirigimos a la dirección. Después recorrimos la escuela en compañía del director, para finalmente terminar la corta travesía en el salón de clases. Una mujer morena, alta, de cabello corto, ondulado, de semblante y hablar duro, la maestra Sabina, me recibió mostrándome la butaca de madera en donde me sentaría el resto del año y que compartiría con alguno de los compañeros. Los niños y niñas me recibieron con un pausado silencio que se rompió con el ruido de la campana que anunciaba la hora de salida. Salimos en orden y de pronto algo llamó mi atención: por primera vez, vi a un grupo de niñas jugando y corriendo descalzas por la calle con enorme libertad y alegría en sus rostros. Esa imagen se quedó grabada como una fotografía en mi memoria. Al llegar a casa, mamá me recibió con un beso y un racimo de preguntas: ¿Cómo te fue en la escuela?, ¿Cómo te recibieron?, ¿Cuántas amiguitas tienes ya?, ¿Qué te pareció tu primer día?, ¿Estás contenta?

Yo contesté con una escueta frase: ¡mami, sí me gusto!, y un prolongado silencio. Después de un rato, retomé la conversación y recuerdo que dije:

Es una escuela bonita con muchos niños y niñas que juegan y corren con los pies descalzos sin que los regañen, y mañana yo también quiero jugar con ellas y correré descalza ¿no te enojarás verdad?

No, contestó dulcemente mi madre.

Al día siguiente fui muy contenta a la escuela, pero días transcurrieron, luego meses y no fue fácil para mí hacer amigas. La tristeza se apoderó de mi corazón y mis padres en un acto desesperado decidieron cambiarme de grupo esperando así poder consolarme, ayudarme. Pero fue en vano, puesto que durante todo el ciclo escolar fue lo mismo.

Yo no tenía amigos, aun así sobresalía con buenas calificaciones, incluso al ingresar a sexto grado participé en un concurso de danza obteniendo el primer lugar. Traté de ser sociable a pesar de que nadie conversaba conmigo y de que los compañeros de clase se molestaban conmigo constantemente.

El sexto año de primaria implicó para mí una infinidad de sinsabores, yo no hablaba la misma lengua de mis compañeros, por ello quizás ellos me agredían física y verbalmente. Recuerdo que una tarde al salir de clases, los compañeros me golpearon con piedras, me aventaron lodo, ensuciaron mi vestido, aquél tan bonito, regalo de cumpleaños de mi madre. Al llegar a casa, mamá preguntó lo sucedido. Decidí no contar la verdad, argumentando que me había ensuciado jugando. Mamá pareció no quedar convencida con mi argumento, pues sabía de sobra que yo no contaba con amigas.

La semana siguiente se repitió la misma historia, y a la semana siguiente la misma historia. La angustia, la desesperación fueron consumiendo mis sonrisas, pero no dije nada. Un buen día, durante un ensayo de fin de curso, alguien me agredió frente al maestro, entonces fue inevitable que mis padres se enteraran de lo sucedido. Mi madre llorosa narra a detalle, cada suceso, cada vestido sucio, cada sonrisa rota. Así terminé la primaria, un poco con el corazón roto, pero con grandes aprendizajes de vida.

Ingresé a la secundaria, ya como hablante de la lengua indígena, sólo había necesitado tiempo para aprenderla. La lengua originaria entonces se convirtió para mí en el medio de conexión y socialización. La aceptación llegó al mismo tiempo que las palabras y la maduración. Fui una deportista por vocación, jugué futbol, hice salto de altura, salto de longitud, atletismo y danza.

Todo cambió desde el momento en que comencé a hablar la lengua de la comunidad, el universo se abrió como se abren las nubes después de la tormenta. Hoy me considero una mujer afortunada, pues soy hija de dos culturas.

Los años pasaron, la mujer comenzó a configurarse, terminé la secundaria e ingresé a la Universidad Autónoma de Oaxaca. Ahí conocí otra perspectiva de la vida, encontré a mi compañero de vida con quien formé una familia. Él fue profesor rural y yo, durante muchos años, fui ama de casa, hasta que un buen día las autoridades municipales me invitaron a participar a la selección para ser Instructor de Educación Inicial, modalidad no escolarizada. Así comenzó una nueva aventura, acredité la evaluación y participé tres años en el programa. Cuando mi padre se jubiló, intentó transferirme su clave, pero por motivos familiares no fue posible.

Pasados dos años mi esposo falleció y me quedé con tres hijos menores de edad. Parece que cuando la tragedia se instala en casa, no hay lugar para la esperanza. A tan sólo un mes de la partida de mi esposo, a mí me detectaron una enfermedad, los médicos me desahuciaron. Pero yo en vez de rendirme, tomé la decisión de vivir al máximo el tiempo restante y al mismo tiempo dar ejemplo de fortaleza a toda mi familia y en especial a mis hijos.

El sindicato de trabajadores de la educación decidió apoyarme y me transfirieron la clave de mi difunto esposo a tan sólo 4 meses de su fallecimiento, en la misma comunidad y con el mismo grupo que él dejó atrás. Todo se tejió como un momento agridulce, la tragedia siempre trae consigo atisbos de esperanza, mi madre siempre me dijo que Dios aprieta pero no abandona. El proceso fue inmensamente doloroso, la asimilación ha llegado a cuestas pero ha llegado El ingreso al magisterio rectifica mi vocación de maestra, mi vocación de vida. Hay aliento todos los días, inmenso agradecimiento por esta nueva vida que despunta con el amanecer y descansa al alba.

*Manifiesto político educativo de historias vivas y vividas por los profesores en México. Este proyecto es coordinado por el maestro Adán Hernández Morgan.






Luis López




Entrada Anterior

Para Peña Nieto el feminicidio no existe

Siguiente Entrada

Hungría engaña a cientos de refugiados para llevarlos a la fuerza a un campo





0 Comentario


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Más Historia

Para Peña Nieto el feminicidio no existe

Anaiz Zamora Márquez / Cimacnoticias* México, D.F. / Miércoles 2 de septiembre de 2015   Por tercer año consecutivo,...

03/09/2015