SOMOSMASS99
Anaick Folange*
Viernes 14 de diciembre de 2018
Mi padre era una persona bastante espectacular. Usaba el bigote largo y grueso, hablaba con las abejas y caminaba descalzo por la calle. Hacía yoga en la sala de la casa, sin camisa y sin pantalón.
Un día, platicándome de meditaciones, de posturas y de ritos, me explicó lo que era un viaje astral. Me dijo que él a veces los hacía, cuando extrañaba mucho algún sitio en particular: “Te separas del cuerpo y te vas hacia un más allá. Puedes visitar la tierra de tus padres, buscar a algún familiar, visitar tu casa de la infancia y respirar el aire de otro lugar”.
Fascinada por la aventura esa misma noche lo quise intentar, pero lo mío parecía más un ejercicio de imaginación, un sueño dirigido. La verdad es que sólo dormitaba, con una sonrisa, pero sin despegar.
Pasaron muchos días y luego fueron meses sin lograrlo jamás. Desalentada dejé de practicar e incluso se me olvidó el tema del viaje astral.
Tuve un hijo, mi padre falleció, me divorcié. Me volví a casar y tuve un segundo hijo.
Años después, justo llegando al trabajo, unos judiciales me acorralaron en la calle cuando bajaba de mi coche. Habían sido sobornados por el ex marido, me metieron a un coche sin placas, me llevaron con gritos y a empujones a los separos de Tlalnepantla. Después supe que habían falsificado una orden de arresto, sólo por molestar.
Me encerraron en un muy triste lugar, con rejas pesadas y cerrojos oxidados. Debo decir que el frío de allí te parte los huesos y el alma, el olor a orines se apodera de tu mente de una manera brutal. En estas celdas no hay sillas ni mesas, ni catres, ni nada. Apenas al fondo una letrina comunal, arriba una ventanita angosta con barrotes helados.
En ese lugar sepulcral me fueron a enterrar.
Después de muchas horas el encierro arbitrario me quebró y enloquecí. El terror me empezó a invadir, como si fuera una araña espeluznante, se me subió al cuerpo, lentamente, me picó y me envenenó.
Me dio claustrofobia por primera vez.
Caí…
Tirada en el piso de la celda, la mente perdida, los ojos vacíos, me sofocaba lentamente. En la celda de al lado, unos presos me empezaron a platicar, conmovidos quizás por mi desesperación. Por alguna extraña inspiración uno de ellos me habló de gaviotas y del mar. Me acordé de mi padre, de sus relatos de pájaros de mar, de los chillidos agudos que nos encantaban y que nos hacían soñar.
Me incorporé un poco y me vi, avergonzada, succionada por el piso de la celda, abandonada de mí. No me podía rendir, no así. Me senté. Recordé las meditaciones de yoga de mi padre y respiré profundo, una vez. Me empecé a calmar y dejé de llorar. Respiré otra vez, lentamente. Me concentré en las gaviotas, en su graznido, en el aire que las rodeaba al volar. Ignoré el olor a orines y aspiré, fuerte. Exhalé la inmundicia. Respiré así siete veces, a enseñanza de mi padre, siete veces para empezar.
De pronto dejé de tener frío. Extrañada sentí que mis piernas y mis brazos se aligeraban y se alejaban de mí, como si flotaran sueltos, piezas de rompecabezas orbitando en silencio. Los ruidos se apagaron, el miedo se me olvidó. A mi alrededor todo se volvió transparente, limpio y ligero.
El piso desapareció y las paredes se esfumaron. Extrañamente relajada, liberada, me sentí intensamente Alma, profundamente Espíritu. Como si todo mi cuerpo se estuviera combinando y transformando, manos, pies, cabello y venas condensándose en un solo punto, resumiéndose en el espacio, absortos y seguros.
Mi mente, siempre obsesivamente analítica, quiso explicar. Desafío a la física, a las leyes de la química, la mezcla de la psique con la geometría espacial. El horror de la celda y la desesperación te hacen divagar.
Pero entonces escuché un graznido de gaviota, claro y fuerte, por arriba de mí.
Sorprendida percibí arena entre los dedos de los pies.
Me llegó un olor a mar…
Recogí una concha y al sentirla firme entre mis dedos, sonreí intensamente y… entendí.
Desde el lugar más inhóspito del mundo había iniciado mi primer Viaje Astral…
Y había llegado, así, en un soplo de magia, a la tierra de mis ancestros, a los mares de mi infancia, a la casa de mis abuelos, paredes que fueron restauradas con amor por mi padre, jardines resplandecientes que me encomendaron después, para legárselos a mis hijos junto con los áticos encantados, como santuario sagrado, por el simple hecho de pertenecer.
Mi padre decía que nuestra casa en Bretaña era un Refugio para el Alma, y supongo que por eso me transporté allí. La intensidad del horror que vivía en los separos de México me conectó de una manera inesperada a las fibras ancestrales de nuestro templo y de nuestro clan. Y con eso me fui.
Así que a conciencia me llené los pulmones de aire salado, visité mi cuarto de niña, rocé con la yema de los dedos las paredes de la sala. Me tomé un café, comí una cereza del jardín. Me cargué de energía y sonreí. Era profundamente feliz.
Mi padre también decía, cuando me hablaba de los viajes astrales, que lo importante era dar las gracias, y sobretodo y ante todo, regresar: “Volver a tu cuerpo es esencial, la experiencia es tan intensa que te podrías dejar atrapar. Pero la mente en el cuerpo debe estar. Así que pase lo que pase, vuelve siempre a ti”.
Suspiré… Recogí una última ramita de lavanda, de ésas que sólo crecen y huelen rico allá. Toqué una vez más la vajilla de mi abuela y el reloj antiguo de la entrada. Tranquila, llena de paz, verdaderamente iluminada y re-encontrada, cerré los ojos, di las gracias y volví.
Volví a los separos ahogados en orines, pero también y sobre todo regresé a mis dos hijos, almas de mi alma, a mi marido y a mi gente, a mis hermanas pálidas, al cuñado gris y a mi madre cansada.
Volví diferente, naturalmente que sí. Extrañamente me sentí más alta.
Ya entrada la noche, un comandante me abrió las rejas y salí.
Me abrazaron los míos, que me esperaban afuera. Lloramos y reímos. Fuimos por los hijos, volvimos a llorar.
Ese viaje al Refugio me rescató el alma y me la recuperó…
Gracias a eso sobreviví.

* Antes Carabeja, Anaick Folange es una autora Franco-México-Bretona, diseñadora gráfica y escritora. Participó como colaboradora en el diseño de los primeros números de Alforja, Revista de Poesía.
Foto de interiores: Anaick Folange.
Foto de portada: Pixabay.
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