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Morir en soledad (o de la crisis estructural en salud devenida del régimen neoliberal)

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SOMOSMASS99

 

Pepe Ramírez*

Miércoles 28 de octubre de 2020

 

Nació allá por el cuarenta y tres del siglo pasado. Zacatecano. De un ranchito por ahí, cerca de Loreto. Dicen que era bueno para los números y las letras, y que tenía madera para ser maestro. Algún mentor de la escuela primaria le sugería: “Inscríbete en la Escuela Normal Rural de San Marcos, la General Matías Ramos Santos. Serás un buen profesor”. Su papá no se lo permitió. “Usté no va a la escuela −le dijo−, pa’qué. Usté se queda a trabajar en el rancho, a cuidar los animales y atender las tierras”. Y, por un tiempo, así fue.

Lo imagino. Levantarse al alba. Ir al campo. Caminar los áridos rumbos siguiendo las huellas de cabras, bueyes, vacas… A un lado, los fieles perros. Regresar a casa cuando el sol llega al cenit. Arrojar el cubo al pozo, llenarlo al tope de agua, fresca, cristalina. Vaciarla en el cántaro de barro y saciar su sed. Por las tardes, salir a la calle, a encontrarse con los otros de su edad. Platicar, jugar. Esperar la llegada de las luciérnagas. ¡Eran un espectáculo! 

Vio así pasar su niñez. Y su adolescencia. Sumergido en las polvaredas de esa aridez zacatecana; en la oscuridad de las noches de un poblado sin luz. ¡Claro que ahí las estrellas parecían más cerca de la tierra! El único contacto con el exterior era un viejo radio, de pilas. Pocas noticias, mucha música.

(Una voz me dice al oído: no olvides su gran pasión, el béisbol. ¡Cierto! Fue buen jugador y mejor manager. De los mejores de la región. Lo testifican decenas de trofeos que en su casa se exhiben con orgullo. En algún momento de su vida, cambió el sombrero por la gorra beisbolera. Fue su eterna compañera).

Un día se decidió. Yo creo que fue cuando la conoció: una mujer muy hermosa, quizá la más bonita de la ranchería. Cara redonda, frente amplia, ojos vivos, a veces tristes, dientes alineados y blancos, como perlas, mejillas rollizas. Unieron sus almas, cuerpos y vidas y dejaron sus orígenes. El deseo de su padre “Usté se queda a trabajar en el rancho, a cuidar los animales y atender las tierras” se vio frustrado. No era ése su destino. 

Anduvo por San Luis Potosí. Trabajaba la plomería. “De fontanero”, decían en la familia. En algún otro momento se apareció allá por Tamaulipas. Ya con dos hijos. Y, claro, con ella, “la más bonita de la ranchería”. Trabajaba de cobrador para una empresa, un tiempo. En otra época atendió su negocito de abarrotes. Los fines de semana iba a los ríos a nadar, a sacar pescado. 

Hace más de cuarenta años decidió hacer su vida en tierras hidrocálidas. Recién había cumplido los treinta. Bona Terra, Bona Gens, Acqua Clara, Clarum Coelum (Tierra buena, Gente buena, Agua clara, Cielo claro), leyó en el escudo del estado cuando arribó. Me gusta −pensó−. Y echó ahí sus raíces. Él, la mujer y, para entonces, siete críos disfrutaron de sus años en ese lugar. 

Hizo de todo. Cobrador en moto, obrero, dueño de una tiendita (la tiendita llevaba el nombre de “la más bonita de la ranchería”), otras chambas, hasta llegar a la jubilación. Años de trabajo, de estabilidad, de sacar adelante a la familia. Los críos crecieron y, poco a poco, uno a uno, fueron decidiendo qué rumbos tomar. Solos quedaron él y ella. 

Su vida se ensombreció cuando, cuatro años atrás, “la más bonita de la ranchería” se fue. Víctima de una enfermedad inesperada, hospitalizada por más de seis meses, un día, previo a la navidad, decidió partir. Extrañó su cara redonda, su frente amplia, sus ojos vivos, a veces tristes, sus dientes alineados y blancos, como perlas, sus mejillas rollizas. Extrañó sus cuidados y su compañía. Su existencia… Le lloró. 

Los hijos buscaban acompañarle. Apoyarle. Para entonces llevaba más de setenta años en las espaldas. Sus días los pasaba en el pequeño jardín de casa, atendiendo a sus pájaros, podando los rosales y cosechando de la mata de limón, su orgullo. Gustaba de ver televisión. Veía los juegos de béisbol, el box y, poco menos, el soccer. Últimamente desfrutaba de las series de moda. De cuando en cuando acudía al cementerio, a visitar a “la más bonita de la ranchería”. Limpiaba su tumba, y alguna flor, fresca, siempre le ofrendaba. Se despedía de ella y, con sus más de setenta en las espaldas, regresaba a casa. Así eran sus días, tranquilos, añorantes. 

Le visitamos en febrero. Le acompañamos unos días en su rutina. Para el mes de marzo el Gobierno de México declaraba estado de cuarentena por el arribo del virus chino, causante de la enfermedad Covid-19. No regresamos sino hasta junio. Con cuidados. 

Visitó nuestro San Miguel de Allende hacia finales de julio. Cuatro días duró su estancia en suelo guanajuatense. Extrañaba su tierra y sus responsabilidades: el pequeño jardín de casa, atender a sus pajaritos, podar los rosales y cosechar de la mata de limón. Fuimos a dejarlo. Bajó del carro y nos despedimos. Lo recuerdo ahí, de pie, al lado de la puerta de su casa. Su pelo cano, mirada adusta, bigote completo (chebrón, le llaman), postura erguida, fuerte el hombre. No sospechábamos que sería la despedida última. 

Un martes, tres semanas después, fue hospitalizado con un cuadro de neumonía. Diagnóstico: Covid19. La enfermedad de la soledad. Días pasaron sin saber de él. No hay acceso a verlo en su internamiento. Parte del protocolo. El viernes siguiente, el médico de guardia hace una video llamada, desde su celular, a una de sus hijas: solicita autorización para ser intubado. El médico, generoso, humano, permite que su hija pueda hablar con él. Se le ve con unas puntas de oxigeno colocadas en la nariz; fatigado, dice de ésta no salir… No soportó más. Unas horas más tarde, corrió a alcanzar a “la más bonita de la ranchería”…

(Nunca más volvimos a verlo. El hospital entregó su cuerpo a la funeraria. Vimos salir el féretro, completamente cubierto con plástico. No se puede abrir. Caminamos 300 pasos tras la carroza. Llegamos al cementerio y, en tan sólo veinte minutos, en una tarde gris, de muchos llantos, su cuerpo fue sepultado, junto a ella, la de los ojos vivos, a veces tristes, dientes alineados y blancos, como perlas, la de las mejillas rollizas).

 

Esta narración es, seguramente, una más de miles y miles de historias que hemos vivido los mexicanos en el contexto de esta pandemia por el Covid19. Historias llenas de angustia, impotencia y dolor. Botones de muestra del dolor de individuos y familias, de conocidos y extraños. De seres humanos que somos.

Pero también somos colectividad, comunidad. Y esta pandemia ha venido a exhibir una serie de carencias, en este caso en el sector salud, que igual duelen, dan rabia, hacen sentir impotencia. Agravan la crisis sanitaria que acompaña a esta enfermedad. “Nos dejaron el sistema de salud en el suelo”, afirmó el presidente López Obrador en su mañanera del 31 de marzo. “Encontramos una situación de desastre, le dice a BBC Mundo Hugo López-Gatell, subsecretario de Prevención de la Secretaría de Salud”[1].

El diagnóstico es desgarrador. Heredamos del régimen neoliberal:

  1. Corrupción en la compra de medicamentos. “Los medicamentos se compraban con sobreprecio, y en muchos casos la inversión pública no garantizaba la disponibilidad de los productos”, afirma el presidente López Obrador. “No había abasto, comprando a tres, cuatro o hasta diez veces más el valor real de un medicamento. Había políticos vendiendo medicinas o protegiendo a distribuidores de medicinas”[2].
  2. Cientos de hospitales y centros de salud inconclusos, abandonados. “Una gran cantidad de hospitales se construyeron por razones políticas”, dice a BBC Mundo, Jorge Alcocer, Secretario de Salud. “Realmente no tienen infraestructura, equipamiento humano ni recursos”. El Secretario de Salud cree que también hubo corrupción en la construcción de los hospitales ahora abandonados. “Son escandalosos monumentos de la incompetencia, la corrupción y el tráfico de influencias”, afirma Alcocer Varela. “Para rehabilitar los hospitales abandonados el gobierno federal invertirá 17 mil millones de pesos, unos US$800 millones”[3].
  3. Falta de médicos y enfermeras. “El Secretario de Salud, Jorge Alcocer, reconoció… que México tiene un déficit de 200 mil médicos y de 300 mil enfermeras… Del déficit de 200 mil médicos, 123 mil son generales y alrededor de 76 mil son especialistas”[4].
  4. Una sociedad con serios problemas de obsesidad, diabetes, hipertensión. “Ruy López Ridaura, director general del Centro Nacional de Programas Preventivos y Control de Enfermedades, informó que sólo 14 por ciento de las personas que han muerto por coronavirus en México, no tenían ninguna de las comorbilidades o factores de riesgo identificados que podrían complicar la enfermedad… López Ridaura afirmó que 73 por ciento de las personas que murieron en México por covid-19 tenían alguna comorbilidad, de las cuales 67 por ciento tenían diabetes, hipertensión, obesidad o enfermedades cardiovasculares”[5].

Es ésta la realidad de este México nuestro. De este México que nos sigue doliendo y que, a contracorriente, intenta levantarse de más de cuatro décadas de regimen neoliberal, un régimen cargado de corrupción, egoísmo, individualismo, devastación de recursos naturales, derroche de recursos públicos, apoyos a los de arriba y desprecio por los de abajo; un régimen que puso en el centro de su esencia al dinero y excluyó al ser humano. Contra ese régimen están dirigidas las baterías de la 4T. Tomar conciencia de los estragos del neoliberalismo, asumir acciones para revertir sus efectos, es tarea de todos. La primera tarea es fundamental: conocer esa realidad para buscar su transformación.


Referencias: 

[1] https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-51923474

[2] https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-51923474

[3] https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-51923474

[4] https://politica.expansion.mx/presidencia/2020/04/07/mexico-deficit-200-000-medicos-y-300-000-enfermeras

[5] https://www.milenio.com/estados/coronavirus-14-ciento-muertes-tenian-enfermedades


Foto de portada: Chan Hoi (@jokerhoi) / Unsplash.






Luis López




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2 Comentarios

el 28/10/2020

Tanta belleza en este escrito, tanta.

el 28/10/2020

Hermoso texto. Hermosa vida. Triste partida. Triste situación.



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