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Niños resistentes

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 08/10/2015

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©Gaudencio Rodríguez Juárez

Un niño se acercó a la mesa donde comía con mi hijo. En breve los niños empezaron a platicar como si fueran viejos amigos. Comenzamos a comer y espontáneamente se sentó con nosotros.

—¿Usted es su papá? —me preguntó apuntando hacia mi hijo.

—Si yo soy, ¿dónde está el tuyo?

—No sé, me dejó.

—¿A dónde fue?, ¿vendrá más tarde por ti?

—No, me dejó desde hace muchos años a mí, a mis cuatro hermanos y a mi mamá y no sabemos a dónde se fue.

—¿Eres el mayor?

—No, el mayor es el más grande (sic), va en quinto de primaria pero va a reprobar —contestó como si reprobar fuera lo más normal.

—¿Ya comiste?

—No, pero me aguanto.

—Te comparto.

En ese momento recordé una “máxima” contra la mendicidad que durante algún tiempo me pareció lógica: “dar comida o dinero a los niños provocará que sigan mendigando”. Sin embargo, últimamente dicha expresión me suena hueca cuando se trata de niños que ante la carencia salen de sus casas para conseguir algo para comer.

¿Corren el riesgo de quedarse atrapados en la mendicidad si les damos un pan o una moneda? Sí, siempre y cuando su situación económica, educativa y familiar no mejore. No, si su familia y el Estado mejoran sus condiciones de vida.

Entonces, darle o no una moneda per se no hace una diferencia en el resultado, sino que depende de varios factores.

Sucede que para sacarlos de la mendicidad se requiere, entre otras cosas, políticas públicas, planes y programas suficientes y bien sustentados, así como programas agresivos y efectivos contra la pobreza, lo cual no es la constante en nuestro país; si existieran entonces sí habría que dejarnos de limosnas para contactar estos niños y niñas con las instituciones correspondientes para que estas hagan su labor, pero cuando no existen la expresión se vuelve demagogia.

Mientras el niño comía, una tos seca le interrumpía de manera recurrente.

—Tengo neumonía —dijo.

—¿Ya te llevaron al doctor? —pregunté con ingenuidad.

—No, yo me aguanto la tos en la escuela y en todos lados —respondió con un dejo de orgullo y presunción de fortaleza.

Hambre, frío, enfermedad, aguantar, sobrevivir, reprobar, resistir, y otra vez resistir, son palabras recurrentes en estos niños y niñas.

En el último diálogo mi hijo le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Diego.

—Ah, como mi primo.

—¿En qué año vas?

—En segundo.

—Igual que yo.

—¿Cuántos años tienes?

—Siete.

—Igual que yo.

—¿Te gusta bañarte?

—No.

—Igual que yo.

En la misma mesa estaban dos niños jugando, bromeando, divirtiéndose; tan semejantes, tan iguales… tan humanos; la única diferencia: las oportunidades.

Esa tarde decidí compartir la comida con Diego, así como un retazo de compañía masculina (a un niño sin padre). No lo hice por culpa, sino por humanidad.

Al mismo tiempo me fui pensando que por lo menos ese día él había llenado la panza y los tres el alma al reír juntos por un momento. “Eso es algo, en lo que la asistencia social hace su parte”, me dije mientras Diego se alejaba haciendo volar al pájaro de juguete que terminó regalándole mi hijo.

 

Psicólogo / [email protected]






Luis López




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