SOMOSMASS99
PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
Miércoles 4 de mayo de 2016
Si alguien me concediera el deseo retroceder en el tiempo para presenciar el estreno de una obra cinematográfica, pediría ir hacia atrás 75 años, pediría estar el uno de mayo de 1941 en el RKO Palace de Nueva York para ver la premiere de Ciudadano Kane, la obra maestra de Orson Welles.
Y si pudiera ir un poco más atrás, pediría también viajar al 6 de mayo de 1915, el día en que nació Welles para decirle a sus padres que ese día habrían de parir a un genio, que había fecha para su consagración y Orson no tendría que esperar mucho tiempo para manifestarse como tal.
Y si bien la expresión genio es una palabra tan manida en el lenguaje y por ello mismo se abarata de manera cotidiana, Orson Welles la hizo suya en toda su magnitud porque no se le puede llamar de otra manera a quien apenas con 24 años de edad diseñó en una película, una auténtica cátedra de cine y a los 25, lanzó una lección perfecta a los futuros cineastas para decirles cómo se maneja una cámara, se hacen tomas, se dirige y se escribe una historia, se produce una herencia artística y se protagoniza una obra maestra. Sí, apenas a los 24 y 25 años.
Así y a los 26 años, un 1 de mayo de 1941, Orson Welles recibiría con el estreno de Ciudadano Kane, un regalo de cumpleaños que el futuro le reafirmaría después al considerar dicha obra como una de las mejores películas de la historia, sino es que la mejor de todos los tiempos.
Inspirada en la vida del magnate de la prensa, William Randolph Hearst, la película de Welles narra la vida de Charles Foster Kane, un poderoso hombre dueño de un emporio de medios de comunicación y en ella, se relata el auge y caída moral de un hombre que lo ganó todo pero que entra tantas luchas de poder, corrupción, amores y desamores, vio cómo su persona desfilaba a una soledad total en la que la añoranza por su infancia marca el fin de sus días.
Y ahí está Orson Welles representando a Kane de manera magistral, el joven actor y director de 25 años, mostrando una transformación física impactante hasta el grado de convertirse en un anciano lleno de soledad y vacío.
Ahí está Welles, dictando e innovando con técnicas que nadie había intentado hasta entonces y que hoy son tema prioritario en cualquier carrera de cine y su apreciación: la profundidad de campo, el manejo de luces y sombras, las tomas picadas y contrapicadas, las angulaciones extremas, el manejo del tiempo narrativo mediante flash-backs y elipsis, es decir, una forma de contar historias que deja de lado la narración lineal para jugar a placer con los tiempos.
Y ahí siguió Welles, consolidando el arte con películas posteriores basadas en la obra literaria de William Shakespeare, Macbeth y Otelo y en otras más consideradas igualmente obras maestras herederas del Ciudadano Kane: El extraño, Sed de mal o El Proceso.
Mayo es entonces el mes de Orson Welles, 101 años de su natalicio y 75 años del estreno de Citizen Kane. Y si tuviéramos que hablar de un legado del cineasta nacido en Wisconsin más allá de su técnica narrativa, podríamos asumir que Welles le mandó un mensaje a nuestro presente para decirle a los aspirantes a directores, que las nuevas tecnologías apenas si son un mero apoyo, que es la imaginación y la pasión lo que más y mejor nos asiste y que la capacidad para contar historias dependerá sobre todo de intentar cosas distintas, aquellas que asalten el lugar común y que por ello, tendrán un absoluto potencial para trascender y dar una nueva lección de cómo hacer cine y convertirlo en arte.
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