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Para vivir menos nervioso

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Slider Inicio / Top News / 27/08/2020

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©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Jueves 27 de agosto de 2020

 

En el corazón de los padres bien intencionados y amorosos existe un hijo ideal aun antes de ser fecundado, el cual suele entrar en conflicto con el hijo real una vez que este nace. Tal cosa resulta ser el motor del malestar y sintomatología emocional, física o conductual del niño.

El psicoanálisis nos explica que el hijo ideal que se gesta en el corazón de los padres está hecho de todo aquello que estos fueron, son o desearon ser.

Con frecuencia los padres (y los maestros) pretenden alentar a sus pupilos con arengas bienintencionadas pero que tienen un efecto contrario.

“¡Ánimo, ponle más entusiasmo!”, alentó el profesor a un niño en la práctica de futbol, un niño que se veía divertido, libre y acertado antes de la presencia del profesor, pero que una vez que este abrió la boca aun para motivarlo, bajó su energía, su disfrute, incluso su seguridad. “¿Qué pasa, niño?”, le preguntó el profesor. “Es que sus gritos me presionan”.

Unos padres amorosos llevaron a psicoterapia a un niño de diez años debido a que presenta “ansiedad e inseguridad generalizada, ciertos temores, sudoración, leves tics y frotamiento intenso en las manos ante cualquier reto cotidiano”, dijeron. 

Se trataba de un niño dotado: inteligente, sensible, buen deportista, con un lenguaje y una cultura amplia. Una vez que se sintió en confianza en el espacio psicoterapéutico pudo verbalizar con claridad la principal fuente de su malestar reflejado en comportamientos: la presión que sentía de sus padres.

Claro que estos no tenían la intención de hacerlo sentir de tal manera, sino solamente manifestarle su respaldo en las múltiples esferas de su vida. Se trataba de unos padres, además de amorosos y educados, deseosos de contribuir a la adquisición de habilidades y actitudes positivas de su hijo, unos padres presentes en la vida de este, tal vez demasiado presentes, tanto como para sugerir algo en cada acto.

Padres, madres y docentes suelen alentar con la mejor de las intenciones, y lo hacen como les parece que es la mejor manera: “Estoy orgulloso de ti por lo bien que te portaste en la fiesta”, “Eres único”, “Qué buen resultado”, “Felicidades por ese primer lugar obtenido”, “Eres el mejor niño de la escuela…, expresiones bien intencionadas pero que en algún punto se convierten en presión para los niños, pues encierran una contraparte que estos leen entre líneas: “El día que me porte mal en una fiesta ya no se sentirá orgulloso de mí”, “Qué gran responsabilidad ser único”, “¿Qué pasará cuando no obtenga un buen resultado, cuando no obtenga el primer lugar, me dejarán de querer?”…

Resulta que los padres suelen decir a sus hijos lo que surge desde sus propios ideales (desde el ideal del yo) y tal cosa encierra riesgos, pues una cosa es lo que aquellos consideran adecuado y les haría sentir bien en determinada situación y otra cosa es lo que el hijo interpreta cuando recibe aquellas palabras.

Sí, acompañar a un niño, a una niña, en su proceso de crecimiento es una labor compleja, pero que puede aclararse si se sale de sí mismo para mirar al niño, su necesidad y su reacción ante lo que se le dice o se le da. Se trata de preguntarles qué necesitan ante sus situaciones de vida, para de esta manera acertar en la labor parental.

Al segundo niño de este relato, el psicoterapeuta le sugirió, como parte del proceso reflexivo, hacer una lista de actitudes, posturas y pensamientos útiles para realizar sus actividades cotidianas sin presión, sin ansiedad, sin nerviosismo, con goce, los cuales llevan un mensaje implícito para los papás. Esta fue su lista que después compartió con sus papás:

– Cuando hagamos algo de juego nos tenemos que divertir en vez de ponernos nerviosos. Se trata de jugar por jugar. Competir menos y divertirse más. Léase: “Papás, no me presionen, déjenme divertirme libremente; el resultado no me importa”.

– Cuando nos equivocamos, en vez de llorar, gritar o patalear tenemos que ver dónde nos equivocamos y aprender de ello. Léase: “Papás, ayúdenme a manejar mis emociones y a aprender de mis errores”.

– No se puede ser perfecto en todo. Léase: “Papás, acéptenme como soy”.

– Nunca te debes confiar cuando vas ganando y ten tolerancia si vas perdiendo; nunca te rindas cuando vas perdiendo. Léase: “Papás, enséñenme a responder constructivamente ante los distintos escenarios”. 

– Cuando quieres decir algo y estás nervioso, dilo y te vas a sentir mejor y se te van a quitar los nervios. Léase: “Papás, escúchenme sin juzgarme, regañarme o castigar.


* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Boram Kim (@challengart)-Unsplash.






Luis López




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