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Pautas poéticas I: José Carlos Becerra a 50 años de muerte

Diálogo País / Para Ver, Oír y Comer / Top News / 19/02/2020

SOMOSMASS99

 

Sara Rivera*

Miércoles 19 de febrero de 2020

 

Por alguna razón lingüística, racional o emotiva, existe la tendencia social a fragmentar el cuerpo cuando de amor se trata. El numen amado se coloca bajo el yugo de lo enorme para que cada detalle corpóreo (piel, brazos, boca, manos, hombros, lunares inhóspitos apenas visibles) cobre importancia superlativa. El enamorado se detiene en esa pequeña pincelada ajena para los demás pero que aparece en el otro: atrapa al amante un minúsculo destello sobre el rostro idealizado, la textura del pelo, el calor de las manos se convierte en causa de culto; el hallazgo le produce certeza y contubernio. Cree que ha conocido, por anticipado, al amado pues vive el instante del encuentro como un hechizo. La certeza proviene de lo intangible y del referente imaginado (pues el amor no tiene sitio preciso, es artilugio o pacto amoroso de algo donde no existe).

Al parecer, lo intangible se vuelve esencial ya que solo se es capaz de sentir parcial y fugazmente . La fuerza innominable de la que va acompañado el amor suele producir esa paradoja de sentir demasiado aunque fragmentariamente: ¿quién puede dar cuenta del amor cabalmente? ¿Quién cuenta con certeza lo vivido después de un encuentro amoroso? Solo quedan sensaciones que algunos (por alguna extraña razón) se atreven a nombrar: los poetas suelen hacerlo —esos locos desventurados que han querido hacer lo imposible: trabajar, construir, reparar, con ese fango tramposo que son las palabras, una experiencia.

Eros, dios griego del Amor.

La metonimia, la sinestesia, la metáfora, la personificación suelen ser aliadas de los poetas; son técnicas retóricas empleadas para traducir, del lenguaje amoroso, lo divino que hay en él. Con ellas, el poeta va en busca de esa significación nueva que nombra de manera tangencial lo intangible (a la amada en todas sus facetas).

Estos recursos literarios producen connotaciones novedosas que dotan al lector de nuevos sentidos; es decir, de significados que no había visto ni pensado hasta que el vate propuso una otra forma de nombrar (mirar) a lo amado. Los siguientes versos dan cuenta de esta técnica literaria: «Donde el amor moró y tuvo reino / queda ya sólo un muro que avasalla la hierba…» («Blues»).  Aquí se nombra de forma indirecta el acontecimiento amoroso completo, hay una reducción de la trama que da cuenta del inicio y final de una relación primero feliz y ahora devastada.

El lenguaje poético constituye una herramienta poderosa para nombrar de forma breve, precisa y reparadora lo que a cada ser humano le acontece en la vida. Es el lenguaje de Dios que dialoga con lo inasible; conversa con lo oscuro, etéreo e intemporal vivido y expresado en el ser de las personas. Es lenguaje propio de lo divino que emplea para hacer una composición, cuya selección de palabras dispuestas en un orden específico producirán revelaciones constantes (transgresora o no) sobre lo «conocido-acontecido». En este sentido, la poesía constituye una oportunidad para el lector de asomarse a una visión o a un entendimiento distinto sobre una experiencia cercana o posible para él: el amor, tema por excelencia de lo poético, se revela inusitado en la voz del poeta como un reino o un muro invadido por la hierba silvestre, por ejemplo.

De esta manera, cuando José Carlos Becerra (Tabasco 1936, Brindis, Italia,1970) murió, ya había dejado un legado poético de ocho años esparcido en diversas publicaciones, mismas que fueron reunidas por Octavio Paz (quien escribe el prólogo), Gabriel Zaid y José Emilio Pacheco. La obra de este notable y joven poeta fue recuperada por la intensa y melancólica belleza de su propuesta, por la singularidad visionaria del amor que fusiona hombre-naturaleza; hombre-amada, hombre-tiempo y memoria, entre otros tópicos relevantes. Él fue fiel traductor de lo intangible, elaboró una descripción emotiva de su bullente vida interior que (al leerlo) recuerda la nuestra. Es él quien afirma:

 

Sólo hablábamos debajo de la sal,

en las últimas consideraciones de la estación lluviosa, en la espesa humedad de la madera.

Sólo hablábamos en la boca de la noche,

allí escuchábamos los nombres que las aguas deshacían olvidando.

Mi camisa estaba llena de huellas oscuras y diurnas,

y la Palabra, la misma, devorando mi boca,

comiendo como un animal hambriento en el corazón de aquel que la padece y la dice.

Yo miraba igual que los ríos,

verificaba las rotas murallas, los andrajos humanos que la eternidad retiraba de la muerte («Relación de hechos»).

 

Se reconoce en su obra la tendencia subjetiva, novedosa para su época. Esta sensibilidad intensificada transita por tópicos que le hacen doblemente inusitado para la poética mexicana de su época e incluso en la actual. Emplea el versículo que da peso y consistencia a sus ideas de manera crítica ante su entorno (está ese rasgo contestatario de los años sesenta presente en su obra) que le permite aguzar su sensible melancolía. Los paisajes selváticos van de su interior al mundo y viceversa, de ahí que naturaleza y ser se fusionen para ser parte de un mismo ser existente en el mundo. Este pensamiento recuerda el paralelismo del que suele echar mano el pensamiento mítico, donde todo lo existente está al mismo nivel y posee la misma importancia, todo es sagrado. Quizá sea la fórmula adecuada para ser parte de un todo y así la soledad, el dolor, la añoranza se conviertan en un reducto poético, en unos cuantos versos extraordinarios.


Bibliografía:

Becerra, José Carlos. El otoño recorre las islas. México, Era, 1973.


* Sara Rivera López es doctora en Teoría Literaria, escritora y profesora de Teoría Literaria, Análisis de Discurso, Crítica literaria, Ensayo, entre otras materias en diversas instituciones universitarias (UNAM) nacionales, presenciales y a distancia. Se desempeña como especialista en procesos de lectura y escritura a gran escala.

[email protected]

Twitter: @Sara_Rivera

Imagen de portada: José Carlos Becerra.






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16 Comentarios

el 20/02/2020

Genial escrito. Te felicito.

    el 20/02/2020

    Salvador, gracias por leerlo.

el 20/02/2020

Hermoso ensayo

    el 20/02/2020

    Decir que un texto es hermoso es mucho y un halago grande para el que escribe. Gracias por tus palabras, Lisette. Abrazo.

el 20/02/2020

Excelente artículo,muy enriquecedor; espero a leer próximos artículos, ¡Hasta pronto!

    el 20/02/2020

    Mary, gracias por leerlo, por comentar aquí tu opinión. Abrazo.

el 20/02/2020

«Es el lenguaje de Dios que dialoga con lo inasible» Contundente para hablar del residuo del amor en el intento del poeta, haces preguntarme ¿en qué momentos se le habla a dios? Sino es en el momento de su lenguaje, el arrepentimiento y la desesperanza, es eso que viene después de que falla el destello del que hablas.

    el 20/02/2020

    Tú reflexión, Zaid requiere un ensayo como respuesta. Pensaré en ella y quizá tenga en la punta de la lengua una posible respuesta.

el 20/02/2020

Muy buen texto Sara! Me acordé de San Juan de la Cruz, parecería que la experiencia amorosa y la poesía amorosa son de por sí experiencias místicas. Lástima que murió tan joven el poeta…

    el 20/02/2020

    Ameritaría un ensayo largo, amplio, donde se explique el vínculo existente entre poesía y amor como un acto místico, sagrado y simbólico. Tres acciones propias de Dios, de lo divino. Gracias por tu comentario, Francisco.

el 21/02/2020

«El lenguaje poético constituye una herramienta poderosa para nombrar de forma breve, precisa y reparadora lo que a cada ser humano le acontece en la vida». Y diría: y le mueve desde el alma. Felicidades por tu texto Sara. Un abrazo

    el 21/02/2020

    Estimada, Jatzibe, gracias por la aportación, cierto, la poesía nos revela una cosa no ficha pero cierta del amor, de la vida, de la muerte y la locura. Un abrazo.

el 21/02/2020

Será acaso por alguna razón política, genérica el motivo de tal tendencia fragmentaria; que exhalta y sobreestima para luego devualuar y destruir y poder cantar, sabrosamente, al duelo, a la melancolía, al amor perdido y apenas tocado en el encuentro carnal, sin decir TinTan ni Marcelo, por más que Ebrard se apellide…

Y entonces lo esencial, a la vez que transtitorio, deja espacio a lo contingente, que demanda ser reparado, en una idea de plenitud inalcanzable, innombrable, inapelable…. mucha metafísica por hoy.

Hola Sara he disfrutado bastente la lectura de tu texto y ya mismo me dirijo al sotano por mi copia del libro José Carlos.

Un fuerte abrazo

    el 02/03/2020

    Me encanta la idea de que leamos poesía, que unas palabras te convoquen a la creación. Gracias por leer el texto y comentarlo. Abrazo, espero siguas leyendo otros textos míos. Saludos, Eags.

el 28/02/2020

Me encanto tu ensayo, en verdad.El amor es abstracto, sublime y a la vez eterno.

    el 02/03/2020

    Omar, gracias por leer el texto, por escribir y comentar aquí lo que te hizo sentir o en lo que te hizo pensar. Abrazo.



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