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Global Voices
Lunes 8 de enero de 2018
La libertad de prensa enfrenta crecientes retos en todo el mundo. Sin embargo, en México, el peligro de reportar ha alcanzado niveles alarmantes.
Grupos de poder −desde servidores públicos, corporaciones policiales, hasta líderes de los cárteles de la droga− rutinaria y sistemáticamente intimidan a periodistas y medios con el objetivo de que dejen de investigar la corrupción gubernamental y la violencia relacionada a la delincuencia organizada. Los esfuerzos para silenciar a los medios ocurren usualmente en las sombras, obligando a las víctimas a escoger entre la autocensura, el desplazamiento forzado o a arriesgar sus vidas por hacer su trabajo.

Foto: Héctor Vivas (@hectorvivas) para el Derecho a Informar (@DerechoInformar).
No obstante, algunos reporteros y periodistas ciudadanos continúan cubriendo zonas en conflicto en diferentes regiones del país. De acuerdo a un reporte elaborado por el Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana, más de mil fosas clandestinas con 2,014 cadáveres han sido encontradas – un número que es mayor a las cifras oficiales gubernamentales. Los tiroteos entre grupos armados dejan un desgarrador número de muertes. Sólo en los primeros cuatro meses de 2017, México rompió su propia marca de homicidios con 7,727 casos, es decir, 392 más (5.3%) que en 2011, el año más violento del que se tenía registro según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.
El periodista Javier Valdéz, editor y reportero del medio local Ríodoce, fue ejecutado el 15 de mayo de 2017. Valdéz, quien era mundialmente reconocido como experto en materia de narcotráfico, se convirtió en el sexto periodista ultimado en México desde el inicio de 2017.
Valdéz conocía los riesgos de su trabajo en México pero nunca se rindió. Tampoco lo han hecho muchos de sus colegas:
«Que nos maten a todos si la muerte es la sentencia por reportar este infierno. No al silencio».
Anabel Flores, Ricardo Monlui, Cecilio Pineda, Miroslava Breach, Javier Valdez, Salvador Adame y decenas de otros periodistas asesinados son testimonio de que la más grave de las amenazas constantemente se cumple. Los reporteros son ejecutados en sus casas, camino a sus centros de trabajo, frecuentemente a plena luz del día y con mínimas consecuencias para los atacantes. De acuerdo con lo documentado por Article 19, 107 periodistas (incluyendo a Salvador Adame) han sido privados de la vida en el país desde el año 2000. No es sorpresa, entonces, que México sea catalogado como uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo.
Mientras algunos periodistas siguen trabajando en estas condiciones, los homicidios y el miedo que estas inspiran han dejado un vacío de información en el país, llevando a algunos comunicadores a evitar dar cobertura a temas peligrosos, reduciendo la posibilidad de que el público se informe sobre corrupción gubernamental, abusos comerciales, violencia relacionada a grupos delincuenciales y a violaciones de derechos humanos.

“No se mata la verdad matando periodistas”. Foto de Article 19.
La corrupción y la impunidad han permeado a cada una de las instancias gubernamentales en México, lo que torna difícil establecer una distinción entre los miembros de la delincuencia organizada y los servidores públicos. En este escenario, no queda claro quién debería estar a cargo de proteger a los periodistas y garantizar su seguridad.
Mientras tanto, desde el principio de su administración, el presidente Peña Nieto ha intentado posicionar a México como una de las mejores opciones para inversiones financieras, así como un ejemplo a seguir en temas de democracia y libertad en Latinoamérica. Insiste en el compromiso de su gobierno para proteger a la prensa. Sin embargo, en múltiples ocasiones, cuando un hecho de corrupción se convierte en un escándalo público, el presidente y su gabinete niegan o ignoran las acusaciones, mientras que quienes exponen los hechos son tildados de mentirosos, sujetos a investigación o despedidos de sus empleos.
Cuando noticias incómodas de la llamada “guerra contra el narco” llegan a los medios de comunicación tradicionales – en gran medida gracias al trabajo de periodistas locales – estos son amenazados tanto por el Gobierno como por la delincuencia organizada. Una declaración hecha por Article 19 en la 35° Sesión del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, dice:


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