SOMOSMASS99
Moisés Villa*
Pico de Oro

DOCE GALLOS MUERTOS y aún no era media noche. Ventura Escareño observaba desde una silla carcomida por la polilla, con su gallo entre las manos, aferrándolo igual que un crucifijo. Le asignaron el turno trece y estaba por entrar a la pelea. El trece de la desgracia, de la mala ventura, de los cobardes. La apuesta fue de mil pesos por cabeza lo que juntaba una buena suma para el ganador. Se acercó el gallo a los labios y lo besó mientras musitaba una oración. La música venía del fondo sin detenerse Si me alejo de ti, es por complacerte, más nunca dejaré de quererte. El ambiente en la cantina era taciturno, un cúmulo de humores viejos que subían a causa de la embriaguez y se esparcían como una nube espesa de cigarro. Gritaron por el megáfono el turno de Ventura y éste dirigió una mirada hacia el otro lado de la cantina, donde estaba Tadeo, con su contrincante, un llamado Flecha Roja. Cruzaron sus miradas con rivalidad, ansiosos por empezar la pelea, ansiosos de mostrarse el uno al otro, a través del sacrificio de sus gallos, quién era el mejor.
El ruedo era improvisado, tablas de madera raída, costales de tierra, varillas oxidadas, servían como muro de contención para que los gallos no escaparan, como a veces solía ocurrir para humillación del dueño. Ventura caminó con fe en lo único que le quedaba: Pico de oro. Lo colocó en el ruedo y miró hacia el otro lado, donde Tadeo dejaba a Flecha Roja mientras le cantaba una canción de victoria. Un pitido indicó que la pelea comenzaría en un minuto, para que todos los apostadores se reunieran. Sacudieron a sus animales y tras un último cruce de miradas aventaron a las aves a la lucha. La tierra estaba regada con sangre de peleas anteriores, los grumos coagulados y negruzcos se veían por todas partes, entre las pisadas y el polvo que había en todo el piso. Cuando me vaya, por mí llorarás, y estando a solas, quizás pensarás, se cantaba desde el fondo.
Pico de oro no tardó en lanzar el primer picotazo en el cuello del contrincante, provocando una repentina emoción de júbilo en Ventura. Un nubarrón de plumas se veía en el ruedo acompañado de un cacareo desgarrador. La música de la cantina se mezclaba con los gritos de ánimo, las emociones detenidas y el aleteo de los pájaros. Cuando me vaya, sé que por mí llorarás. La pelea tardó apenas cinco minutos. Pico de oro, moribundo y con una mirada sin vida, yacía ante Ventura, ante el vencido, ante el perdedor. Ventura sintió una sacudida, el pecho se le movió violento, desalentado por el fracaso de su gallo en el que había depositado más que esperanzas. Se acercó y lo tomó, el cuello del ave se tambaleó sin fuerza como un péndulo maldito, sin señal de vida.
Ventura sintió que una emoción le embargaba desde los pies, algo que le dictaminaba una venganza inmediata. Caminó unos pasos, tembloroso, escuchando las ofensas que algunos le arrojaban. Llegó a la barra y tomó una botella que alguno había dejado a medio tomar y, en un repentino aire de violencia y cobardía mezcladas, la lanzó hacia el ganador. La botella atravesó silenciosa todo el trayecto sobre las cabezas de los ahí presentes y se estrelló contra su enemigo que festejaba con júbilo su victoria. Tadeo giró con estruendo. Mientras tanto los demás intentaban reaccionar a tan inesperado giro. La música seguía en el fondo, ajena a la tragedia que se avecinaba. Todos miraron a Ventura mientras Tadeo se limpiaba con brusquedad su saquillo de tiras de pana. El primero, impulsado por un instinto de supervivencia, corrió con la audacia de quien sabe que todo está perdido. Nadie intentó detenerlo, salió a la calle y sin mirar atrás se fue con una seguridad de que aquello se lo cobraría.
Subió tambaleándose por la embriaguez, en contra del cansancio de la huida. Su casa se ubicaba en una pendiente, lejos de la cantina, en el cerro, a faldas del Cristo Rey. La escultura de Cristo miraba desde lo alto, entre la noche, con los brazos abiertos y escrutando los pecados de todos. Se detuvo frente a su puerta, debajo de la lamparilla de la entrada que lo llenaba de una luz que acentuaba su fracaso y las arrugas de su piel a pesar de sus escasos treinta años. Abrió, encendió la luz y a paso lento entró en la casa. Aventó la puerta apenas con la fuerza de sus dedos, inmune a ser abierta por la menor ventisca. Se dejó caer sin fuerza sobre la cama, con los mareos del alcohol a los que ya estaba habituado y que lo hacían sentir camino al otro mundo.
Los sueños se le presentaron turbios esa noche, una mezcla de renuncias, desengaños y muertes prematuras en una sola toma. Tras la llegada de una ligera humedad traída desde lo alto del cerro, la lluvia se soltó con un estruendo arrullador. Eran apenas las tres de la madrugada y el frío parecía matinal a costa de la lluvia. Entonces, al sonido de la lluvia sobre el tejado, Ventura soñó que alguien entraba a su casa, que la borrachera le había hecho olvidar cerrar con pestillo y ahí estaba inmóvil, sumido en sueños, perfecto para una venganza. Ahí fue cuando escuchó unos pasos que no venían de ninguna ensoñación, unos pasos que se avecinaban con sigilo, listos para atacar.

Abrió los ojos y lo vio, una sombra con machete en alto, dispuesto a rebanarle las entrañas. Tras un parpadeo que el cuerpo le exigió para despertar, Ventura sintió que el machete partía el viento y se estrellaba contra su brazo, ¡zas!, mandándole un signo de dolor tan evidente como la lluvia que caía. Se le proyectó la muerte en el intermedio del sueño y la realidad en un salto del temor soñado al dolor real. Se retorció como un ave a la que han descabezado para cocinar, lanzando unas miradas de horroroso discernimiento y unos gritos de suplicio. No le cabía en duda que la muerte lo visitaba personalmente por su irresoluta cobardía. El asombro y el tormento lo confundieron en reconocer al hombre que lo había vencido y que ahora se alejaba entre la lluvia, dejándolo malherido, con la maliciosa intención de causarle un sufrimiento sosegado.
Aterrorizados y convencidos que aquello era algo sobrenatural, los vecinos despertaron de sobresalto. Escuchaban arropados los gritos de una tragedia más. Una mujer salió cubriéndose de la llovizna, se acercó guiada por los gritos y sin poder contener la curiosidad llegó hasta el cuarto donde yacía Ventura con un brazo partido. Al momento de ver aquello, aquellos charcos de sangre que goteaban de la cama al piso como la lluvia del tejado, se sintió arrepentida por haber caído presa una vez más de su insensatez. La mujer se persignó y regresó a la calle, donde una docena de personas ya se asomaban para ver lo que ocurría.
* Moisés Villa estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Ha sido becario de investigación en la UDG y en Plural. Escuela de Periodismo. Actualmente participa como difusor de lectura y escritura en el programa +Consultas de la Biblioteca del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades.
Fotos de interiores: Pixabay.
Foto de portada: Xalisco Tour.
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