Juan Manuel Villalobos
Porque es evidente que un hombre que no ha leído un solo libro en su vida, es imposible que pueda leer, y aún, entender, el reclamo social, y la realidad del país que, en teoría, más no en la práctica, encabeza; esto es, por analfabeta funcional. Porque el Estado en el que gobernó seis años, tiene el índice de feminicidios más alto del país; esto es, por inepto e incompetente, y porque, a pesar de ello, se le ha premiado con donaciones; porque en las horas aciagas que el país vive, la sola existencia de la casa de Las Lomas que, supuestamente, pertenece a su mujer, sería motivo de oprobio y vergüenza de cualquier gobierno democrático, cuando miles apenas tienen un sueldo para comer; esto es, porque no ha hecho nada para estrechar la brecha entre pobres y ricos, ni sabe lo que significa “mala distribución de la riqueza”.
Porque un presidente que no aparece en los momentos en los que el país lo necesita, después de dos meses de silencio tras la matanza de Iguala, no merece que se le llame presidente, sino pseudopresidente. Porque un pseudopresidente que titubea, que se va a China, que se va a Australia, mientras el país se le desmorona, dejado a la mano de Dios, o de asesores igual de incompetentes que él, lo cual asusta, es mejor tenerlo lejos, que adopte la nacionalidad china o la australiana si tantas ganas tiene de esconderse, porque, en resumidas cuentas, tenerlo a él de presidente, es avergonzarnos de haber nacido en la misma tierra que él, y en el mismo momento de la historia, que todos, menos él, podemos y queremos cambiar ahora.
Porque, en resumen, un presidente que no es presidente, ni sabe cómo serlo, y que sólo gusta de las mieles del cargo por el que juró: donaciones, aplausos, casas, propiedades, actrices, no puede ser presidente; porque, en fin, un presidente que dice que la corrupción es cultural –será la de él–, y casi se afirma orgulloso de ello sin siquiera desear combatirla y castigarla, merece ser el primero al que se le investigue. Por eso, ese hombre sin idea política, social, cultural, debería comenzar por irse, no sin antes rendir cuentas.
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