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¿Por qué Venezuela?

Diálogo Estado / Diálogo País / Top News / 25/08/2017

SOMOSMASS99

 

Alfonso Díaz Rey*

Viernes 25 de agosto de 2017

 

La embestida imperial contra la República Bolivariana de Venezuela no es un hecho reciente. Desde que Hugo Chávez Frías asumió la presidencia el 2 de febrero de 1999, tras obtener la victoria en las elecciones de diciembre de 1998, inició una fuerte campaña para desacreditarlo ante lo opinión pública y de medidas destinadas a crearle problemas económicos y políticos a ese país, incluido el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y el paro petrolero en diciembre del mismo año. 

La causa de los ataques fueron los profundos cambios políticos y económicos que impulsó el gobierno de Chávez, cambios que sin afectar significativamente el poder económico de la oligarquía, mermaron su poder político.

Además de que Venezuela se salió de la órbita de su control, el imperio no toleró que el país asumiera el control soberano sobre su petróleo y, para completar el cuadro, realizara una serie de vínculos y acuerdos en variados campos con Cuba.

Tras el fallecimiento de Chávez el 5 de marzo de 2013, Nicolás Maduro asume la presidencia interina del país, cargo que adquirió carácter constitucional al ganar las elecciones del 14 de abril del mismo año.

Las presiones y agresiones contra Venezuela y el gobierno de Nicolás Maduro arreciaron, quizá porque consideraron que el pequeño margen de votos con que obtuvo la victoria en la elección presidencial (50.66% contra 49.07% de la opositor), lo ubicaba en una posición de debilidad.

Y cuando tras las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015 la oposición obtuvo mayoría en la Asamblea Nacional, en vez de trabajar en un programa político que le permitiera ganar adeptos para por la vía pacífica alcanzar la presidencia de la república, en actitud de franca soberbia declaró, por boca de su presidente Henry Ramos Allup, que en los primeros tres meses cambiarían al titular del poder ejecutivo.

Es esa soberbia, alentada por la oligarquía y la alta burguesía a nivel local e internacional, así como por gobiernos imperiales y sus subordinados en el mundo, la que llevó a la oposición política, representante de intereses diferentes de los del pueblo venezolano, a agudizar problemas y crear otros para presentar ante la opinión pública mundial una mala imagen del gobierno bolivariano y, por no cumplir con sus exigencias, mostrarlo como una dictadura. Para ello se valen de los grandes medios y cadenas de (des) información controlados por monopolios.

Detrás de esos embates están el gobierno de Estados Unidos, el capital financiero internacional, las transnacionales petroleras, la oligarquía venezolana y la internacional y los personajes, fuerzas y organizaciones más retrógradas que existen.

Utilizan el vasto arsenal de programas, campañas y medios de todo tipo que Estados Unidos, principalmente, ha ensayado en otras partes para desestabilizar y derrocar gobiernos que intentan vías de desarrollo favorables a sus pueblos y no se pliegan a los designios del capital. Una pequeña muestra de lo anterior es lo sucedido en Guatemala (1954), Brasil (1964 y 2006), República Dominicana (1965), Chile (1973), Granada (1983), Panamá (1989), Nicaragua (1979-1990), la Operación Cóndor (América del Sur en la década de los 80), Venezuela (2002), Honduras (2009), por citar solamente algunos en nuestro continente.

Uno de los organismos subordinados al gobierno norteamericano que ha participado con más ferocidad en el acoso a Venezuela es la Organización de Estados Americanos (OEA). A través de su actual Secretario General, el uruguayo Luis Leonardo Almagro Lemes, acompañado de los representantes de una serie de países miembros que actúan como lacayos del imperio (entre ellos los representantes de México, Argentina ─desde el ascenso de Mauricio Macri a la presidencia─, Perú, Colombia, Brasil ─a partir del golpe de estado a Dilma Rousseff─ y Chile), han intentado crear un contexto que “legitime” la agresión.

En paralelo a la acción de la OEA, la desinformación mediática y las presiones comerciales, financieras y diplomáticas que ejerce Estados Unidos, la oposición política aplica internamente los programas de desestabilización económica y social, terrorismo incluido, elaborados por Washington, para alcanzar sus objetivos.

Sin embargo, hasta ahora, el fracaso de la OEA y la respuesta del pueblo venezolano a la elección del 30 de julio para la conformación de una Asamblea Constituyente como la máxima autoridad en el país, medida prevista en la Constitución, parece que han dividido a la oposición y detenido el golpe que la oligarquía preparaba, situación que molestó al desequilibrado que ocupa la Casa Blanca y por ello amenazó con una intervención militar norteamericana en el país sudamericano.

Pero, ¿por qué Venezuela?

¿Acaso México, por poner un ejemplo y ser nuestro país, ha sido objeto de una campaña similar por los graves problemas que padece el pueblo, ocasionados por gobiernos que además de sumisos a Estados Unidos han sido producto de fraudes electorales?

A pesar de las decenas de miles de asesinatos y desplazados de sus hogares, de las desapariciones forzadas, de la escandalosa corrupción en el gobierno y la iniciativa privada, la pobreza en la que vive más de la mitad de nuestra población y otros nada honrosos resultados de la globalización que hemos alcanzado, ni la OEA, Estados Unidos, la Comunidad Europea y ninguno de los medios, gobiernos y ONG que arremeten contra Venezuela se pronuncian siquiera contra lo que sucede en México.

¡Ah!, pero aquí el poder está en manos de la oligarquía; el capital hace y deshace y, por si faltara algo, el gobierno es dócil y servil con el imperio.

En cambio, Venezuela decidió, entre otras cosas, recuperar su soberanía, emprender programas económicos y sociales en beneficio de su población, crear instancias de poder popular, construir una fuerte vinculación entre las fuerzas armadas y el pueblo y promover mecanismos de colaboración política y económica con los países latinoamericanos y caribeños. Pero lo que más molesta al imperio es su vinculación con Cuba, que desde el triunfo de su revolución es una piedra en el zapato para el imperio y junto con Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, ponen el “mal ejemplo” en lo que Estados Unidos considera su traspatio.

Y ese mal ejemplo lo constituye el quitarse el dogal del cuello e intentar caminar sin la guía de un amo.

Por eso reviste gran importancia la solidaridad de los pueblos del mundo con Venezuela, para impedir que se impongan las fuerzas que pretenden el control y dominio del capital sobre el ser humano y la naturaleza.

¡Ojalá cunda el mal ejemplo!


* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular y del Frente Regional en Defensa de la Soberanía de Salamanca, Guanajuato.

Imagen de portada: Luis Almagro, secretario general de la OEA, habla sobre Venezuela el 19 de julio en la Audiencia del Senado de los Estados Unidos. | Foto: Centro de Noticias de la OEA.






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