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Edgar Cortez
Martes 9 de mayo de 2017
La semana pasada la actuación de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México (PGJCDMX), frente al feminicidio de Lesvy Berlín Osorio Martínez, puso de manifiesto cuan misóginas son las prácticas de la institución.
El miércoles 3 de mayo amanecimos con la terrible noticia del hallazgo de una mujer asesinada cerca de las instalaciones de la facultad de ingeniería de la UNAM. La brutalidad de su muerte indicaba que estábamos frente a un feminicidio.
La cuenta de Twitter de la Procuraduría de la Ciudad de México empezó a difundir información que cuestionaba la vida personal de Lesvy, apartándose por completo de su tarea que es esclarecer los hechos.
Uno de esos tuit decía: El día de los hechos, la pareja (Lesvy y su novio) se reunió con varios amigos en CU, donde estuvieron alcoholizándose y drogándose. Otro de los mensajes fue: Su madre y su novio aseguraron que ya no estudiaba desde 2014, y dejó sus clases en el CCH Sur, donde debía materias.
Estas comunicaciones eran irrelevantes para determinar quién y por qué había cometido este feminicidio. El propósito era cuestionar la vida privada de esta mujer, descalificarla para responsabilizarla por lo sucedido. Una perversa forma para no tener que investigar los hechos y ponerlos en claro.
Afloraba el ADN institucional. Cualquier mujer que sea asesinada es culpable de lo que le sucede.
En 1993 cuando apareció asesinada una de las primeras mujeres en Ciudad Juárez el entonces gobernador de Chihuahua, Francisco Barrio, descalificó lo sucedido diciendo: las muchachas se mueven en ciertos lugares, frecuentan a cierto tipo de gente y entran en una cierta confianza con malvivientes que luego se convierten en sus agresores.
Desde el feminicidio de Alma Chavarría Farel, primer feminicidio en Ciudad Juárez, hasta el de Lesvy Berlín Osorio han pasado casi 25 años; se han invertido miles de horas en sensibilizar y capacitar a funcionarios públicos y vemos lo poco, casi nada, que las cosas han cambiado.
En julio de 2015 fueron asesinados en la colonia Narvarte Nadia Vera, Yesenia Quiroz, Alejandra Negrete, Rubén Espinosa y la colombiana Mile Virginia. Respecto de esta última se puso en duda su derecho al bueno nombre, acusándola de dedicarse a la prostitución y de estar involucrada en el narcotráfico. De nueva cuenta las culpables de sus muertes eran las mismas víctimas.
La práctica de la Procuraduría en este último caso no es un simple error, un tropiezo desafortunado, sino que deja translucir el profundo machismo institucional y lo arduo que resulta para las mujeres acceder efectivamente a la justicia.
Hace pocos meses se adoptó una constitución para la ciudad de México. Si ese hecho no marca el inició de un cambio radical en el rumbo de la ciudad y da pie a la transformación de las instituciones, será un documento intrascendente.
La oportunidad de transformación es tarea de la ciudadanía y de manera destacada de las mujeres.
@EdgarCortezm
Foto de portada: Saúl López / Cuartoscuro.
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