SOMOSMASS99
NO TODO ESTÁ PERDIDO
Agustín Galo Samario
Una mañana de abril de 2010 un grupo de reporteros salimos de la ciudad de Oaxaca hacia Calpulalpam de Méndez, en plena Sierra de Juárez, para cubrir otra edición de Instrumenta Tradición. En el camino, compañeros de Canal 22 hicieron algunos comentarios sobre Carlos Monsiváis, cuya salud lo tenía en una cama de hospital. Mónica Mateos-Vega, reportera de cultura de La Jornada, intervino para decir que se trataba de la afección pulmonar que le aquejaba desde tiempo atrás y que confiaba en que pronto se recuperaría. Un silencio de preocupación se instaló en la camioneta en que viajábamos.
Carlos Monsiváis murió dos meses más tarde, el 19 de junio. Desde entonces parece que el mundo se nos vino encima. Casi un año después de aquel viaje a Calpulalpam, el 30 de abril, se fue para siempre Ernesto Sábato y en junio Jorge Semprún. Al 2012 lo cubrió por completo la partida de Carlos Fuentes, y al 2013 las de Rubén Bonifaz Nuño y Álvaro Mutis. El 2014 fue la catástrofe: el 14 de enero fallece Juan Gelman, doce días después José Emilio Pacheco y el 17 de abril Gabriel García Márquez.
Partieron todos ellos, que desde entonces nos confirmaron que hay quienes tienen la cualidad de no estar y de estar aquí al mismo tiempo. Lo mismo sucede con Eduardo Galeano, que los sigue en el mismo camino tomado de la mano con la muerte. Como ellos, el escritor uruguayo se dedicó a unir millones de letras y palabras para mostrarnos su visión del mundo. Para contarnos la verdadera historia de la colonización de América Latina, de sus invasiones, de sus saqueos, de la interminable batalla por la libertad. Nos enseñó a mirarnos a la cara los unos con los otros, a reconocernos en los otros; nos explicó de qué se trata el maravilloso juego del futbol, de esa soledad que sólo es capaz de soportar un portero y de todas esas cosas que hacen a las masas esperar toda una semana para ver a 22 hombres disputarse una pelota con el fin de meterla en un rectángulo de metal. Nos habló de las inconsistencias de la misoginia, de lo distinto que sería nuestro horizonte si María, el mito, hubiese parido a una niña.
Hoy los indignados del mundo están de luto. Los familiares de los 43 desaparecidos, también. Contentos si es posible porque, como los otros, seguro es que Eduardo Galeano por fin alcanzó la utopía.
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