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Justine Hernández

 

Justine Hernández (1980, La Paz, B.C.S.) cursó el diplomado en creación literaria de la Sociedad General de Escritores de México. Es miembro del taller literario Tormenta en el tintero, en Celaya, Guanajuato, y de los talleres literarios de la Secretaría de Cultura de Colima. Ha participado en lecturas y encuentros de poesía como El Sabino de los Poetas, el Encuentro Internacional de Escritores Salvatierra, en Guanajuato, y de Coquimatlán, Colima. Coorganizadora del evento Maratón de lectura de textos del maestro Juan José Arreola, Lectura en voz alta, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y diversas organizaciones civiles. Su trabajo ha sido publicado en las antologías: Poetas en Chamacuero 2, 3 y 4, y Amor, Delirios y Delicias; así como en los medios: El Sol del Bajío, Celaya, Guanajuato; El ÁgoraSuplemento cultural, y El Diario de Colima; De artistas y de sortilegios, Suplemento Barroco del Diario de Querétaro, entre otros.





La locura

Lucía, yo te quiero, todavía no sé para qué, pero de que te quiero, te quiero.

No voy a jurártelo, a ti no te importa, a mí no me gana nada.

Te llevo todo el día Lucia, pienso en ti desde las manos hasta el centro de mis piernas, bebo vino, me masturbo con tu nombre, tomo fotografías de los lugares por los que ando, para enviártelas y hacerte saber que no estabas ahí, como si no lo supieras.

Amamos la imposibilidad, la tensión de la premura, el agotamiento de la distancia.

Te quiero Lucía, porque me reflejo en tus ojos, porque me pones nerviosa, porque me acercas a mi propia orilla, porque me envalentono con tu idea y me lanzo a la calle buscándote en cada esquina, en cada zapato, en todos los cafés y todos los bares.

Pero tengo miedo Lucía, me asusta la idea de que un día, tenga tantas ganas de quererte y lo aviente todo para alcanzarte.

Tengo miedo de que una tarde me esperes y yo te encuentre.


La con-tensión

Encontrarnos Lucía, sólo eso, como una medicina para esta ansiedad que genera tu nombre, como un paliativo.

Entre la gente, rodeadas de los otros, como contención.

Tememos el desborde, pero amamos la orilla, la seducción suicida, la posibilidad latente.

Acostadas sobre el pasto y bajo la noche, escucho tu voz susurrar las siete letras que me forman, guardo esa vibración en la memoria de mi cuerpo. A cinco centímetros de ti, percibo tu olor, tu respiración agitada e imagino la humedad entre tus piernas. Quiero tocarte, quiero que quieras tocarme, quiero desaparecer al mundo y quedarme sólo con tus bocas, tus pliegues, tus dedos, tus planicies y protuberancias… Te me enredas en el pelo, me olfateas primitivamente, me muestras los dientes y la lengua, sincronizas tu respiración con la mía y entonces lo confirmo….

Ya no nos queda otra opción, habrá que cruzar la frontera de la piel…


La carne

Camino toda la ciudad para encontrarte, recorro mis prejuicios, uno a uno para acercarme a tu piel, me escondo los miedos en las corvas y extiendo los dedos para tocarte.

Lucia, tengo miedo de no poder detenerme. Estar así, desnuda… contigo… convertirnos en esta mezcla atómica que pronto explotará y nos llevará al caos, tomarnos de la mano, una y otra vez, y contar, uno, dos, tres y brincar al abismo, al encuentro, a la incertidumbre, al orgasmo…

Unidas las bocas desaparecemos, somos: lo que no tiene bordes, membranas, ojos.

Lo que no tiene vida afuera, horarios, botas para la lluvia, citas médicas, filas por hacer en el banco.

Que poco parece todo después de un instante de ser nosotros, después de la sonrisa plácida de habernos encontrado.

La desolación tiene entonces un nombre: Lucía.

Y yo inicio, atrás de tus pasos, el adictivo ciclo del deseo…

JD


El fluir

Enamorada, espero.

Erotizada, siento.

Suicida, busco.

He tocado tu piel y fetichista me aferro a su recuerdo.

A su textura. A su olor. A su temperatura.

A tu piel, no a ti, porque tú, Lucía, estás en otro lado.

Tú no te quedas, (ni en la memoria) no sabes hacerlo.

Y yo practico con tu constructo, el desapego.

Abro mis labios si apareces, abro mis brazos si quieres irte, abro las piernas para recibirte, abro las manos para despedirte.

Así: abierta siempre, para que fluyas en mi vida, en mi cuerpo, en mi emoción.

Desapegada.

Con tu piel es otra cosa… Esa la llevo en mis huellas dactilares, en mi memoria olfativa, en el nervio óptico.

Tu piel, que es, (después de todo), la balsa, en el río que tú eres y el náufrago que yo soy.

JH


La llamada

Lucía, tú me dices ven, y yo te creo.

Y en esas tres letras, a mí me cabe un café en tu cama, una llamada nocturna, un atardecer, una luna, un secreto, una canción repetida, un libro en común.

Obedezco entonces, guiada por tu voz y mi deseo, me arreglo el pelo, me guardo las dudas, acelero mis horarios. Soy la elegida, a la que necesitas, a la que llamas desde tu soledad.

Pero no estás, y yo sigo buscándote casi por costumbre o por instinto. Lucía, tú me dices ven, y yo voy, a ciegas, sin rumbo, sin sendero. Y aún así, sigo caminando, porque hoy sé, Lucía, que los deseos transmutan en todas dimensiones.

Como tú, cuando no me piensas. Como yo, cuando no te toco. Como nuestras voces a través de la bocina. Tú, mi deseo transmuta como un acto adaptativo, como instinto de supervivencia.

Sí, esta necesidad de encontrarte, este deseo que se encaja detrás de las corvas, en la orilla de mis dedos. El que me hace seguirte, no es mío, no me pertenece.

Pero tampoco a ti.


Fotos de interiores:

(1)  Luca Iaconelli-(@luxdamore) / Unsplash.

(2) Sam Manns (@sammans94) / Unsplash.

(3) Alexander Krivitskiy (@krivitskiy) / Unsplash.

(4) Alexander Krivitskiy (@krivitskiy) / Unsplash.

(5) Konzel Creative (@konzelcreative) / Unsplash.






Luis López




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