SOMOSMASS99
PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz
“Cuando el partido concluye… el estadio se queda solo
Y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido
nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el
domingo es melancólico como un miércoles de cenizas
después de la muerte del carnaval”.
Eduardo Galeano: El fútbol a sol y sombra
Durante poco más 30 años, he asistido a las gradas del estadio León para apoyar al club verdiblanco y en algunas ocasiones, lo he podido seguir a sus batallas futbolísticas en otros escenarios del país.
He sido desde mi adolescencia y hasta mi actual madurez, un aficionado que se dedica en las gradas a apreciar, padecer, gozar y reflexionar el accionar de mi querido Club León, es decir, me dedico a ver el futbol sin insultar a los rivales y mucho menos a los guerreros de mi clan futbolero.
Pero tampoco me erijo como juez demoledor de los que se sientan a mi lado. He aprendido en esta sempiterna batalla quincenal desde la grada, a conocer el comportamiento del fanático, su reacción ante el dolor de la derrota, su gozo ante la victoria, la capacidad de elevar a los altares a un futbolista que se ha ganado el respeto por sus actuaciones en la grama y el destrozo anímico que le puede ocasionar a más de algún jugador que no alcanza los estándares de calidad que un hincha le exige para defender el manto sagrado que significa una playera.
He sido testigo de mil batallas entre aficionados rivales e incluso entre fanáticos que defienden los mismos colores, los he visto embrutecerse más allá de los límites de la ebriedad y hacer el ridículo que los grados alcohólicos le surten a la sangre y le provocan al hincha hacer y decir estupideces a mil por minuto.
Por todo ello, me pregunto qué es exactamente lo que le preocupa a la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) ese organismo de blanca pureza y a la Federación Mexicana de Fútbol, cuando pretenden erradicar el famoso y ahora internacional grito en contra de los porteros rivales: ¡eeeeh, puto!
Es decir, ¿les preocupa la estampa coral que al unísono grita batiendo las manos y degrada a los porteros en una presunta discriminación a la diversidad sexual? ¿O le preocupa a la FMF que la imagen de México se vea afectada en el mundo y se califique al fanático nacional como promotor del racismo más cutre?
¿O les preocupa, como en las buenas familias, que los vecinos escuchen las leperadas de sus miembros y se les tache de inmorales?
A ver, para entendernos, ¿cobra mayor vergüenza el “puto” lleno de decibeles al máximo que las miles y miles de gracejadas que cada ocho días se escuchan en el graderío por parte de una masa que no entiende, ni entenderá razones del bien decir?
Porque si no es cuestión de decibeles y se refieren en términos integrales a cualquier tipo de denigración en contra de los futbolistas, les propongo miles de campañas para erradicar los miles y miles de insultos que todo espectador escucha y al mismo tiempo escupe cada quince días en las tribunas de cualquier estadio.
Por ejemplo, veamos:
Cuando le cantan al cancerbero rival que “eso no es un portero, que es una puta de cabaret”. O qué tal una campaña para defender a las madres de todos y cada uno de los once jugadores rivales que el respetable le espeta a su memoria con las consabidas palabras, “chingar” o “puta”.
O a la madre de los árbitros y la calidad moral de estos que es denigrada cuando se equivoca en una decisión y de “ladrón”, “ratero”, “pendejo”, “imbécil” y demás no se les baja y dichas soeces les caen en cascada.
O a las edecanes que anuncian todo tipo de productos antes del inicio del partido y al medio tiempo del mismo responden con enorme sonrisa al aficionado que cerveza en mano les grita de manera impune: “¡mamacita!”.
Pero el sector femenino que también trae su arsenal de piropos y le grita desaforadamente a ciertos y guapos jugadores que sería buena idea que estos les hicieran un hijo: ¡papacito!
O ¿por qué no actuar en contra del alcoholismo en los estadios que ven pasar a cientos de aficionados sobrios al minuto uno del encuentro y los despide completamente ebrios al escuchar el silbatazo final?
El lúcido y grandísimo escritor, Juan Villoro, escribió hace un par de años en el periódico Reforma que “los hábitos colectivos no cambian por decreto. El grito de «puto» sólo se suprimirá cuando la fanaticada se avergüence de discriminar al rival. Que eso parezca divertido pone en entredicho nuestra escala de valores”.
Villoro, gran aficionado al fútbol, sabe bien que la fanaticada nunca se avergonzará de discriminar al rival porque si eso llegara a suceder, ese día los equipos habrán llegado al límite de jugar en estadios vacíos. Tiene razón en que el insulto, al parecernos divertido, pone entredicho nuestra escala de valores, pero quizá y sólo quizá, contextualizar adecuadamente el grito de una fanaticada en un espectáculo deportivo, aminore las interpretaciones sobredimensionadas que en ocasiones factura una conciencia divergente de lo que debe o puede decirse en los estadios.
Hoy, la Federación Mexicana de Fútbol ha lanzado una campaña para erradicar el “puto” grito de los estadios. Me parece bien. Dudo que lo logren porque parece que la preocupación de los federativos es pedirle a los hinchas que le bajen al volumen.
Sé que es difícil entender a los habitantes de las gradas en un estadio de fútbol cuando no se es un hincha superlativo y que por décadas ha asistido a apoyar a un club. Yo los veo cada quince días en el graderío y puedo ver sus rostros que sólo buscan un solaz desahogo.
Los aficionados, como lo escribió Eduardo Galeano, lo único que nos queda al final de un partido es decir: “qué goleada les hicimos”, “qué paliza les dimos”, así cuando el equipo de nuestros amores ha ganado; pero cuando se ha perdido, apunta bien otra vez Galeano, sólo expresamos, “otra vez nos estafaron, juez ladrón”. Nada más.
¿Grito homofóbico? Y… No… Habría que haber estado ahí 30… 40… 50 años para saber que no, que no es así.
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