SOMOSMASS99
PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
“Querido amigo, buen Miguel,
un año ya se fue, en días de papel.
Cuéntame cómo te va, si hay una
cana más o un sueño que esconder”.
(De la canción, La carta, de Fernando Ubiergo)
Murió el pasado sábado Ray Tomlinson, el creador del correo electrónico y también del signo arroba, tan necesario para dividir en la dirección al usuario y el servidor en los mensajes del email.
Tomlinson generó así un nuevo horizonte en la forma de comunicarse entre las personas cuando en 1971 desarrolló vía el ARPANET, la primera aplicación de correo electrónico. A partir de aquel lejano día hace ya 45 años, comenzó una era que bien podemos considerar como el principio del fin del romanticismo caligráfico, el fin del puño y letra, la máquina de escribir y el aroma de lo viejo.
Todavía recuerdo cuando en la época decembrina, llegaban a casa vía el correo tradicional, las tarjetas navideñas en donde nuestros amigos y familiares enviaban sus mejores deseos para la noche buena y las posadas.
La emoción del silbato del cartero llegando a casa, la entrega del sobre blanco con la dirección de uno y la del remitente en cuestión tatuadas para la posteridad con la tinta de una pluma, el rasgar del sobre para descubrir una tarjeta que engrandecía nuestro ego y le daba color a una época que no era amenazada todavía por el spam, los virus informáticos y las cantidades exorbitantes de publicidad anunciando todo tipo de productos.
El tiempo aquel, todavía hacia finales de los años 80 y principios de los 90 del siglo pasado, en que aún buscábamos el bolígrafo en nuestro escritorio, le arrancábamos una hoja a la libreta o usábamos “una hoja blanca de máquina” para escribir la carta que enviaríamos lejos y que tardaría en llegar una semana, dos, o quizá no llegaría dependiendo de la distancia y la eficiencia de los carteros.
Era ese tiempo en que abordábamos el transporte público para dirigirnos al centro de la ciudad y así llegar al viejo edificio de correos, comprar el timbre, lamerlo, pegarlo al sobre y echarlo al buzón, ese tiempo en donde resultaba todo ello un ritual imprescindible de la comunicación escrita entre los seres humanos.
No había mayor calidez que la caligrafía de aspecto garabateado en una hoja en blanco para delinear los sentimientos de una época en donde no éramos del todo localizables y la magia consistía en que únicamente un simple sobre bien direccionado era capaz de ubicarnos.
Pero las letras pueden ser también objeto pertinaz de la industrialización y un hombre llamado Ray Tomlinson lanzó en 1971 un mensaje al futuro, un futuro que vería cómo las cartas dejaron de llamarse así para agenciarse expresiones como: “tienes un email”, “te hemos enviado un mensaje”, “bandeja de entrada”, “bandeja de salida”, la era del arroba.
El mundo de las cartas se convirtió en un enjambre de mensajes que hoy saben igual que la comida de los grandes centros comerciales, sin calidez, sin pasión, sin la magia del ritual de escribir de puño y letra tantas páginas como el deseo por alguien nos lo dictara.
Hoy, sin embargo, dicen que el invento de Tomlinson está en retirada, que el correo electrónico ha dejado de ser necesario, que las empresas incluso, evitan que entre sus empleados dicha herramienta se utilice.
Pero no es cierto, el invento del viejo Ray es como los virus, ha mutado en redes sociales, en diversas formas de comunicación que se abstienen del arroba, de la expresión correo que suena a viejo, pero Tomlinson puso ahí a sus criaturas como semillas para que el futuro las llamara como quisiera, para que las nuevas tecnologías vivieran la ilusión de un adiós que no terminará nunca y que estará ahí en diversas formas electrónicas, robóticas, virtuales.
Mientras tanto, los buzones de metal que adornan las entradas de las casas, hoy sólo reciben las cuentas por pagar en sobres membretados de los bancos o las tiendas que nos recuerdan las compras que hicimos y las fechas para saldar las deudas.
Ya no hay cartas manuscritas en la era del arroba (@), de las redes sociales, de las cantidades industriales. Es como una espiral que absorbe todo lo que huela a pasado.
Justo en unos cuantos minutos, cuando finalice esta colaboración, habré de necesitar el email para enviarla a una dirección, la misma que le avisará a mi amigo Agustín Galo Samario, que un nuevo mensaje le espera en su bandeja de entrada.
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