SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 24 de enero de 2024
A unos días de haber asumido la presidencia de Estados Unidos y convertirse en la primera persona sentenciada y condenada en la historia de esa nación que ostente tal investidura, Donald Trump ha mostrado la cara del imperio tal cual es. Dejó sin efecto los decretos que seis días antes su antecesor había emitido en relación con Cuba ─lo que, además, exhibe la hipocresía de la política yanqui─, no ha cesado de repetir y lanzar amenazas e insultos a diestra y siniestra contra casi todo el mundo y emitir decretos que los vuelven realidad, actitud en la que deja ver, nuevamente, el carácter anexionista, expansionista, racista y belicista de ese país, además de las ínfulas de poder a las que aspiran su actual presidente y el grupo que conforma su aparato de gobierno.
Las amenazas y acusaciones que ese anaranjado individuo lanza continuamente, sustentadas en mentiras, en un exacerbado fanatismo religioso y en un absurdo supremacismo ideológicamente respaldado en las doctrinas Monroe y del Destino Manifiesto, se dan, así como la aparición de personajes como él o con perfiles similares, en el contexto de una severa crisis que golpea estructuralmente al sistema capitalista ─coincidiendo con marcados síntomas de su decadencia─, y de manera particular a su potencia hegemónica, Estados Unidos. Recordemos que las repuestas del capital ante las crisis siempre han producido graves repercusiones para quienes no forman parte de las clases dominante; dos guerras mundiales, infinidad de conflictos bélicos posteriores a ellas, incremento de la desigualdad, pobreza e injusticia y la actual situación política, social y ambiental en el planeta, son prueba fehaciente de ello.
La intención de Trump de detener el declive de Estados Unidos mediante el sometimiento de otros pueblos, aunado a su reclamo de un espacio vital como garantía de seguridad nacional ─y la disponibilidad de riquezas naturales que existen fuera de su territorio, al estilo de la Alemania nazi─, así como la política de miedo y terror que trata de imponer dentro y fuera de sus fronteras, muestran el marcado carácter neofascista de la nueva administración norteamericana.
En Estados Unidos siempre ha gobernado el capital. Antes lo hacía a través de políticos que cuidaban de sus intereses, pero, marcadamente, desde la administración de George W. Bush cada vez más gerentes y directores de las grandes corporaciones habían formado parte de los gabinetes presidenciales en ese país; sin embargo, ahora en varias instancias y funciones del nuevo gobierno se encuentran los dueños o representantes directos del gran capital, por lo que su objetivo se centrará en el mantenimiento y creación de condiciones que frenen su decadencia, incrementen sus ganancias y fortalezcan su hegemonía.
En lo que a nuestro país concierne ─y ello puede ser válido para naciones que no se someten a los designios del imperio─, cabe esperar una mayor intromisión de organismos del gobierno de Estados Unidos, o vinculados a él, en cuestiones de competencia exclusiva de quienes tenemos la nacionalidad mexicana, en franca violación a nuestra soberanía. Tal intromisión intentaría revertir el actual proyecto de transformación e instaurar un gobierno de derecha, sumiso a los intereses de ese país.
Ante tal amenaza, que estamos obligados a enfrentar en todos los frentes posibles ─con especial énfasis en el cultural─, habrá que oponer la unidad del pueblo mexicano; la unidad en torno a principios éticos y el interés nacional. Habremos de estar atentos en no caer en trampas y engaños de la gran burguesía y de la oligarquía que intentarán que sus intereses se identifiquen con los nacionales, y acabemos favoreciendo a los aliados naturales de quienes quieren subyugar a nuestro país y al mundo.
En la memoria histórica de muchos de quienes habitamos este planeta están los horrores y calamidades que causaron quienes en otro momento quisieron tomar el control del mundo. Es tarea de quienes actualmente lo habitamos evitar que otro grupo de ambiciosos desquiciados lo intente nuevamente. Por ello el enfrentamiento a los nuevos fascistas tendrá posibilidades de éxito en la medida en que se logre la unidad al interior de nuestros países y, a nivel internacional, entre los pueblos que se opongan a la sumisión y los designios del gran capital.
En el inicio de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Marx apuntó: «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra como farsa».
Esperemos que la actual farsa no traiga consecuencias funestas.
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Caricatura de Portada: DonkeyHotey / Flickr.
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