SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 10 de mayo de 2024
«Nunca se puede resolver un problema en el mismo nivel en el que fue creado».
– Albert Einstein.
Las críticas que desde los círculos dominantes se hacen al neoliberalismo pretenden, en su infructuosa e inútil búsqueda de soluciones para sus crisis, preparar el camino para una nueva embestida del capital contra los pueblos.
Tales críticas se hacen desde enfoques en los que al neoliberalismo se le ha catalogado como una moda, una posición política, un sistema político económico nuevo y hasta como una nueva fase del capitalismo. Con independencia del enfoque, lo común de esas «críticas» es que ha fallado, no obstante las clases dominantes ─quienes lo impusieron─ incrementaron enormemente sus riquezas y poder. En todos los casos, los círculos dominantes eluden el análisis en el contexto de la crisis estructural en la que se encuentra inmerso el sistema capitalista.
Al neoliberalismo se le considera como la política responsable de los problemas sociales y económicos que muchos pueblos y países padecen actualmente, de ahí que incluso desde sectores de las clases dominantes se pida abandonar esa «política» para que los problemas se resuelvan y las condiciones de los pueblos mejoren.
Ese tipo de crítica desvincula al neoliberalismo del capitalismo y lleva implícita la sugerencia de una falsa y peligrosa ilusión: que mediante ciertos ajustes o una vuelta al pasado keynesiano, el sistema capitalista puede resolver los problemas de la humanidad.
Y es que el neoliberalismo fue la respuesta del sistema a la crisis estructural que empezó a agudizarse a fines de la década de los sesenta del siglo pasado. Y como lo que más duele y preocupa a los dueños del capital es la caída de su tasa de ganancia, pronto encontraron la forma de recuperarla para paliar la crisis.
Esa recuperación se sustentó en generar todo tipo de facilidades al capital privado mediante una serie de medidas que se tradujeron en una mayor explotación de los trabajadores, la privatización de bienes y servicios públicos y de las riquezas naturales. La vía para ello fue la imposición de una serie de reformas ─las llamaron estructurales─ que aplicaron las clases dominantes, aliadas del gran capital.
El neoliberalismo, sin embargo, no es un fenómeno nuevo. Surgió en la época de la primera posguerra cuando las contradicciones del sistema gestaban la crisis capitalista que estalló en 1929. En esa época se debatían dos posiciones para enfrentar la crisis: una, sustentada en las teorías económicas de John Maynard Keynes (1883-1946) y la otra, en las de Friedrich Hayek (1899-1992).
Uno de los aspectos centrales de ese debate se daba en torno al papel del Estado y la política en la economía. Mientras Keynes y sus seguidores sostenían que la intervención del Estado era necesaria para corregir las deficiencias del sistema, los argumentos de Hayek y de quienes con él coincidían iban en el sentido de prácticamente eliminar la intervención estatal en la economía y dejar que las fuerzas del mercado se encargaran de esas correcciones.
En aquella época aún estaba fresca la memoria de la formación del primer Estado socialista, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, hecho que tensó las contradicciones del sistema capitalista; la necesidad de evitar su agudización en cierto modo detuvo la adopción de las teorías de Hayek.
Otro hecho que influyó en ese sentido fue la Segunda Guerra Mundial. Los países más desarrollados modificaron su estructura industrial y se transformaron en productores de material bélico, lo que en cierta medida impulsó la economía de algunos países subdesarrollados, convirtiéndose en proveedores de bienes que los primeros habían dejado de producir. En ambos casos los Estados nacionales adquirieron un papel preponderante en la conducción económica. Situación similar, en cuanto al papel de los Estados nacionales, se dio en la etapa de reconstrucción de la enorme riqueza destruida por la guerra.
En el contexto de la posguerra, en los países capitalistas ─desarrollados y subdesarrollados─ se aplicaron políticas económicas sustentadas en las teorías de Keynes, con intensidad y resultados diferentes, pero con el mismo objetivo: demostrar las «bondades« y «superioridad» del capitalismo.
Fue esa la breve época del Estado benefactor, en la que se dieron algunos avances en aspectos laborales y sociales, a la vez que se reforzaba el control político e ideológico sobre los trabajadores y, de manera general, sobre toda la población, control que no descartaba la represión.
Mediante la propaganda constante y abrumadora, la ideología burguesa presentaba al capitalismo como un sistema de generación constante de bienestar; sin embargo, sus contradicciones, las leyes objetivas que lo rigen y la realidad expusieron las limitaciones del sistema. Y las ideas de Hayek, que se mantenían y desarrollaban en círculos académicos, tomaron nuevo aliento.
La crisis estructural que se gestó en la segunda posguerra y se manifestó en la segunda mitad de la década de los sesenta del siglo pasado fue la oportunidad para implantar el neoliberalismo como solución. Nada nuevo, ya que significaría más despojo y mayor explotación de la naturaleza, los trabajadores y los pueblos.
Como se ha visto, la crisis persiste, la desigualdad, la inequidad y la injusticia se han incrementado; el en apariencia indetenible deterioro ambiental y los recurrentes atentados contra la paz ponen en peligro la vida de un sinnúmero de especies, incluida la nuestra. Todo ello en el contexto del sistema dominante.
Es por ello que la sustitución del neoliberalismo por otra «solución» diseñada en el contexto del sistema capitalista solamente significaría más de lo mismo ─quizá con mayor crudeza─ y sería otra ilusión creada por quienes han llevado al mundo a las actuales condiciones.
Tampoco es posible «retornar» al Estado Benefactor, ya que las condiciones y el contexto histórico, científico-técnico y social en que se desarrollaba el proceso de acumulación y la generación de la ganancia eran diferentes de los actuales, además de que podría conducir a la incubación de algo peor que el neoliberalismo.
Alguna vez Einstein dijo, y con mucha razón: «El mundo que hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No se puede cambiar sin cambiar nuestra forma de pensar».
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada (ilustrativa): UNAM.
Comparte en Facebook
Twittéalo








