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Caoimhe Butterly / Global Voices
Jueves 15 de octubre de 2015
En la isla de Lesbos, Grecia, se encuentra la carretera costera de Eftalou flanqueada de olivares, higueras y pertenencias dejadas a diario por miles de mujeres, hombres y niños en busca de refugio. La zona costera está plagada de botes inflables sin aire, montones de chalecos salvavidas rellenos de poliestireno extruido, esponjas o hierba seca, empapadas prendas de vestir en abandono y algún juguete o recuerdo flotando por el mar, perdidos en la premura de seguir avanzando.
Cuando el sol sale y se ve reflejado en el mar Egeo, se puede avizorar en el horizonte los botes acercándose, con un progreso lento a través de sus aguas. Guiados a la orilla por voluntarios, los pasajeros del bote tropiezan y vadean con el agua hasta las rodillas, junto a los niños y ancianos aferrados a las mochilas salvadas. Sintiéndose aliviados, se abrazan, celebran, lloran, se inclinan para hacer reverencia en un conmovedor silencio. Se llama a las familias que aún permanecen en campos y comunidades de Siria, Afganistán, Líbano, Turquía, Eritrea, Somalía y otros lugares, para hacerles saber que llegaron a su destino a salvo y todos juntos.

- Pensamos que lo peor era cruzar el mar, dice una joven a la que la espera para continuar el viaje a Europa le parece eterna.
Fátima, una profesora y madre de dos hijos jóvenes, colapsa al llegar a la orilla, llora y por momentos le cuesta respirar. Mahmoud, su hijo de 11 años, se arrodilla y la cubre mientras retiramos su velo, intenta consolarla diciendo que todos están a salvo y que él la ama. “En el bote salvavidas, contuve todo el miedo dentro de mí para que mis hijos no lo vieran”, así Fátima explicaba luego. “Pero ellos son muy maduros para su edad, espero que puedan vivir la infancia que se les negó y puedan reconstruir sus vidas”.
Ahmed se sienta en las rocas, sus temblorosas piernas fallándole, rodeado por sus hijos adultos. Sawsan, su hija mayor, agarra su mano. Caminando los 6 km hacia Molyvos, sin embargo, él se reanima a pesar del incesante calor y admira los frondosos campos agrícolas, arboles florales y preservadas ruinas de una fortaleza a la distancia. Sus dos hijos adolescentes habían sido detenidos y azotados en Ragga y cuando los liberaron él decidió dejar Siria –decisión, que según él, fue devastadora. “No había opción”, Ahmed dice. “Crié a mis hijos rechazando el sectarismo y teniendo un profundo respeto por todas las religiones. La brutalidad e inhumanidad que vimos fue tanta que ya no podría protegerlos más y supimos que debíamos salir de allí”.
Lara y Haya, adolescentes aficionadas al hip-hop, caminaron junto a sus hermanos con nosotros. Su padre, Ehab, se recupera de una cirugía a corazón abierto a la que se sometió el mes pasado, pues aún es visible la cicatriz en su pecho. Él camina lento, deteniéndose con frecuencia para respirar, hasta que un voluntario lo convence para llevarlo cargando, así sus hijos estarán a salvo y lo seguirán junto al grupo más cercano. Mientras continúan por el camino de tierra y el sol se levanta sobre el despejado cielo, el más joven decide ir a nadar. Brincan por las rocas con la ropa puesta que flotaba por sus espaldas en las ahora calmas aguas. Ellos ríen, denotando timidez por los turistas tomando sol en la playa, se preguntan que estarán pensando, que creerán de su grupo dispar, unidos por las circunstancias y conectados ahora por una amistad durante la travesía.
Canyar, un músico kurdo de Kobane, Siria, se sienta y descansa con su familia y compañeros. Él ha traído su instrumento, un tanbur –un laúd de mástil largo– y algo más. “Mi música es mi fuerza”, dice. “Toco canciones para honrar a los caídos, aquellos que murieron defendiendo a nuestra gente, y para celebrar la vida, nuestras tradiciones y cultura también, Mi música contribuye de alguna forma a luchar por mi gente”.
Salwaa, una caritativa, competente y multilingue estudiante universitaria afgana a la mitad de sus veintes, se moviliza entre grupos de compañeros de viaje de Kabul, Kunduz y Mazar-i Sharif, asistiendo a aquellos que necesitan ayuda. Ella traduce para un paramédico mientras examina los adoloridos pies de Karim, un profesor de escuela en Hazara y diabético, quien había estado caminando por semanas con su familia. Él tiene una necrosis de tejido profundo en ambos pies y parece que tendrá que someterse a una doble amputación. “No pude traducir eso”, Salwa dice. “No podía destruir sus esperanzas. Ellos le dirán la verdad en el hospital, pero yo no puedo”.
Luego, fuera de los polvorientos estacionamientos donde los recién llegados esperan los escasos buses que los llevarán a los campos de procesamiento en Mytilene, una risa familiar nos reúne con Wissam, una periodista palestina y residente del campo para refugiados de Yarmouk. Nuestro último encuentro fue en el 2007 en su estudio de trabajo, eran tiempos más felices, nos abrazamos y empezamos a rememorar. Ella señaló a su hijo y hermanos al lado suyo, sus ropas aún estaban húmedas e incrustadas de sal de mar tras la travesía. “Nuestro mundo se ha venido abajo, todo cambió en poco tiempo”, dice Wissam.

- Decenas de historias de refugiados se entrecruzan a la orilla del mar.
Su bote había empezado a hundirse cuando ellos aún se encontraban lejos de la orilla y tuvieron que arrojar todo lo que no fuera esencial incluyendo sus pesadas mochilas encharcadas. “Los mares no son solamente la tumba de nuestros cuerpos”, ella reflexiona, refiriéndose a los miles que se han ahogado buscando refugio el año pasado, “sino también de nuestras memorias, de nuestras fotos y pertenencias y de las pequeñas cosas que traíamos y nos hacían recordar nuestro hogar”.
Días después, muchos de los que encontramos cuando llegaron aún esperaban en los campos en Mitylene, en el puerto o en las mismas calles mientras aguardan la recepción de los papeles que les permitan seguir su viaje. Las condiciones son degradantes, la infraestructura humanitaria es escasa o nula en el lugar, y cada día esperan horas en el puerto, soportando insultos y en ocasiones golpes de porra por parte de la policía. “Es muy humillante”, dice Sonia, una estudiante de arquitectura cerca de Damasco, “Nosotros no esperábamos esto. Pensábamos que cruzar el mar para vivir sería la parte más dura de toda la travesía”.
Informes acerca de fronteras militarizadas se filtraron de boca boca en los distintos grupos. Marwan, uno de los jóvenes que se detuvieron para nadar mientras su familia continuaba el viaje a Molyvos, hace gestos a sus ya exhaustos y disminuidos compañeros viajantes alrededor en el puerto y dice irónicamente, “De saber que íbamos a apresurarnos solo para quedarnos aquí, me hubiese detenido en el mar más tiempo para contemplar el paisaje”.
Esa noche, llevamos a Sonia y su grupo de estudiantes a una celebración en Pikpa, un campo de solidaridad administrado por la comunidad que provee descanso y refugio para los enfermos, lesionados y en particular a los que buscan asilo. Efi, coordinador e incansable voluntaria, baila rodeada de pequeñas niñas, todas intentando tomar su mano. “Aprendimos de su fortaleza e intentamos crear una comunidad que nos da a todos dignidad,” dice ella. Un grupo de músicos, activistas y voluntarios de la red “Welcome to Europe” cantan canciones de solidaridad sin fronteras, de pertenencia, de transbordadores sin Frontex y de bienvenida.
Sonia se sienta en el suelo entre los niños y sus padres, sus tensos hombros se relajan y la preocupación por los días y semanas venideros desaparecen por un momento. Mohammed, de 13 años y de Aleppo, se levanta y toma el micrófono. Bajo un hermoso cielo nocturno, rodeado de sobrevivientes, empieza a rapear acerca de la perseverancia, la resistencia y de sus largas travesías. Su audiencia se une en ello y, por un momento, su rostro se vuelve incandescente.
Caoimhe Butterly es una organizadora irlandesa, activista por la justicia del migrante y estudiante de postgrado. Ella ha pasado catorce años trabajando con movimientos sociales y proyectos de desarrollo comunales en latinoamérica, el mundo árabe y otros lugares. (Traducido por Gustavo Monteverde).
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