Juan Manuel Villalobos
¿Es papel de los medios de comunicación, el de inundar sus páginas en papel, en sus web, en la televisión, en la radio, exhibiendo fotografías y relatando la decisión de mojarse de famosos, estúpidos, políticos, ególatras, necesitados de focos –en la cabeza–, y luces –en la prensa–, que hemos visto en la última semana, echándose encima de ellos una cubeta de agua helada, en contra del medio ambiente, a favor, dicen, de una enfermedad que merece la atención más que cualquier otra?
El Ice Bucket Challenge, tirarse una cubeta de agua helada en la cabeza a favor de la investigación de la Esclerosis Lateral Amiotrófica, ELA, promovida por un ex beisbolista, atrofiado por la enfermedad, sin duda, pero también por la falta de imaginación, se ha convertido en menos de una semana, en el tema preferido de los medios, no en México, sino en el mundo –con su expansión “viral” incluida a través de las redes sociales–, mostrando en nuestro show de Truman en el que se ha convertido el Universo, la manera que han encontrado unos para que hablen de ellos y, otros, para tener de que hablar, divulgando las imágenes de ese descomunal e imbécil desperdicio de agua, para atraer los reflectores, no hacia una enfermedad más, de las millones que ya padecemos, que aflige, por ejemplo, al físico Stephen Hawking –si hubiese sido él el encargado de crear un reto, nos hubiese demostrado el IQ cero que tiene la humanidad, como lo demostró el reto de Pete Frates, el ex beisbolista sin luces, pero de una manera elegante y sabia–; la “gracia”, dicen, consiste en que si no se acepta el reto, la gente debe donar un dinero a la causa; pero como la sociedad de consumo e imagen en la que vivimos no tiene parangón, los “perdedores” del reto se sacan su foto con el cheque en la mano y la “suben” a los medios que repiten todo como merolicos: conciencia limpia, publicidad (casi) gratuita, falsa filantropía, mercado libre, patético voluntarismo.
Lo asombroso del fenómeno no lo es ni la enfermedad, ni el dinero recaudado, ni la divulgación, sino la necesidad de hacerse presente que tiene medio planeta aquejado por sus soledad, para aparecer en las noticias, para “dejarse ver”, para hacer como que se crea conciencia; lo asombroso es la nula capacidad que tiene hoy la prensa para distinguir lo que es noticia de lo que no lo es.
Mientras que al periodista James Foley lo decapitan en Siria, en una prueba más de la barbarie terrorista, mientras que una comunidad negra se revela contra la opresión policiaca blanca, mientras que isrealíes y palestinos se destruyen unos a otros, los medios de todo el mundo se agasajan con las imágenes patéticas de hombres y mujeres derramándose el agua fría, como si la acción infantil, un déjà-vu de sábado de gloria, tuviera realmente el fin de crear conciencia. ¿Y qué, si mañana, a otro deportista se le ocurre que nos echemos excremento en la cara para recaudar fondos, por ejemplo, por la distrofia muscular de Duchenne, o por las ceroidolipofuscinosis neuronales, o por el Síndrome de Brunner o por la difalia, o incluso, por esa nueva enfermedad degenerativa que consiste en echarse una cubeta de agua en la cabeza para que los demás vean que somos socialmente (i)rresponsables, pero bien solidarios con nosotros mismos, y con nuestra imagen. ¿Lo difundirían, también? Probablemente sí; al cabo todo es mierda.
Siempre que algo de este tipo sucede, pienso en Grigori Yákovlevich Perelmán, el matemático ruso que vive recluido en San Petesburgo, desempleado y pobre –vive con una pensión de 160 dólares mensuales–, que resolvió la conjetura de Poincaré, propuesta en 1904, y considerada una de las hipótesis matemáticas más importantes y difíciles de demostrar, y que publicó no en una revista especializada y avalada por la academia, sino en la red. Tras rechazar el millón de dólares con el que lo premiaba el Clay Mathematics Institute por haber resuelto uno de los sietes problemas del milenio –y el único resuelto, hasta la fecha–, Perelmán dijo: “No quiero estar expuesto como un animal en el zoológico. No soy un héroe de las matemáticas. Ni siquiera soy tan exitoso. Por eso no quiero que todo el mundo me esté mirando”.
Ojalá hubiera más Perelmáns, y menos animales de zoológico, exhibicionistas del siglo XXI, capaces de seducir, sin ningún atributo, a una prensa que ha desterrado de sus páginas la reflexión seria para difundir cubetazos de agua helada de famosos con capacidades, si no diferentes, sí muy limitadas.
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