SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Miércoles 17 de enero de 2024
Retribución
Me llaman Árbol, así me pusieron. Yo no puedo hablar porque la naturaleza no me dotó de la palabra. No me dotó de muchas cosas, mismas que me diferencian de otros seres vivos que forman parte del lugar donde todos habitamos, este espacio llamado tierra, cada cual con sus pros y sus contras, con sus aportaciones y sus limitaciones para coexistir, dependientes unos de otros en mayor o menor medida.
Como no poseo la palabra y la que escribe pensó en describirme, me expresaré a partir de lo que ella ha observado, investigado y aprecia con respecto a mí. Soy una planta, de tallo leñoso, que se ramifica a cierta altura del suelo. Soy distinto de otras especies de flora en tanto mi altura, en la madurez, supera un determinado límite, que puede establecerse, si se me deja crecer en autonomía, a partir de los dos metros. Desde de mi tallo, que se convierte en tronco, produzco ramas secundarias nuevas, pudiendo dar lugar a nuevas copas separadas del suelo y conformadas por ramas más pequeñas que a su vez producen hojas. Esa es mi definición según los diccionarios básicos, yo diría más bien que: soy un ser vivo que está atado a la tierra y a la vez tiene la libertad relativa de crecer y desarrollarse si se encuentra en un hábitat que le proporcione los elementos necesarios para hacerlo.
Hablo de libertad relativa porque, por ejemplo, si nazco y crezco naturalmente en el monte, en el bosque o en la playa virgen, los nutrientes me permitirán desarrollarme con libertad absoluta. Sin embargo, si nazco en un lugar en el que la civilización ha actuado, mis posibilidades de existencia tienen mucho más variantes de las que quisiera. Es este segundo caso, dependo de tantas circunstancias que, por ejemplo, si quieren construir donde nací, a veces me arrancan y desechan sin piedad. Si me quieren un poquito, me dan un nuevo sitio y ahí vuelvo a depender de voluntades ajenas, hay quienes me quieren y me cuidan y hay a quienes no les importo y me dejan al amparo de las condiciones climáticas, que, si son favorables propician mi independencia para dar nuevas ramas, follaje y en ocasiones hasta frutos, pero si no es así, puedo morir de frío, por exceso de agua, por plagas u otras causas.
En este caso, para poder expresarme como árbol, y llegar a los posibles lectores de este relato, mi interlocutora describirá la vida de un semejante, que, con una pizca de imaginación y la intención de presentarme, será el personaje principal, con nombre, lugar de nacimiento y hasta coprotagonistas de su existencia.
Y aquí voy. Me llamo fresno, nací en un invernadero gracias a la generosidad de un entusiasta de la naturaleza. Ya teniendo algunos meses de vida, un hombre, también amante de la vida, me llevó a lo que sería el lugar a donde viviría con su esposa e hijos. Él me plantó con amor y me cuidó, ayudado por las condiciones adecuadas del clima y la tierra, en mi nuevo hogar. Eché raíces profundas prontamente y crecí lo suficiente, dando muchas ramas y hojas que adornaban el paisaje y me permitían, por medio de la fotosíntesis, producir oxígeno. He de decir que estuve acompañado, desde mi llegada al nuevo hogar, por muchos amigos árboles de diferentes tipos, con quienes logré compartir el amor de nuestro protector y su familia y la empatía que permite la interacción, por medio de nuestras raíces, invisible a los ojos humanos, por debajo de la tierra.
Todo iba de maravilla cuando llegó el día en que una de las hijas de mi tutor construyó su casa cerca de donde yo estaba. En un principio todo fluyó bien, yo seguía existiendo y dando libremente ramas y hojas, hasta que, por mi altura y follaje, tapé la vista que se podía apreciar desde la casa de aquella mujer y decidió cortarme la cresta con todo lo que implicaba: mis ramas más altas y su frondosidad. Eso limitó mi felicidad de árbol, eso me entristeció y deprimió hasta el grado de enfermarme de tristeza, lo que me hizo dejar de crecer y de extenderme a mis anchas. No obstante, como me gustaba la vida, no quise morir y decidí dar hijos, sí, daría muchos hijos y ellos protegerían mi legado.
Sucedió entonces que me di cuenta que mi vecina también amaba mi existencia, ella se mortificaba por haberme podado, al grado de que, varias veces, sentí su arrepentimiento y hasta escuché que me pedía perdón con su energía trascendental. Entonces encontró la manera de preservarme, cuidaba de mis hijos, los tomaba con precaución y replantaba, ahora en macetas, creando bonsáis a los que cuidaba con amor.
Llegó un día en que ya no pude existir sin la posibilidad de seguir creciendo libremente, entonces me fui secando no sin antes dejar aún más hijos, sabiendo que serían cuidados y queridos por aquella mujer. Ahora existo por medio de mi herencia, en diferentes lugares, con quienes me protegen especialmente, sabiendo, por quien se los regala, que son mis hijos y amándoles más por el hecho de saber de dónde vienen.
Soy uno de tantos miles de millones de árboles que dan mucho a la naturaleza y a la humanidad, y que reciben de ellas, en la mayoría de los casos, la libertad y el apoyo para existir. Agradezco la oportunidad de expresarme en este texto y de dejar en sus lectores la idea de interdependencia entre ellos y nosotros, los de mi especie. Espero que cuando vean a uno de ellos cruzarse por su camino le piensen y disfruten con una mirada un tanto diferente de la que tenían antes de esta lectura.
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Twitter: JatzibeCM
Instagram: Jatzibe_Castro
Imagen de interiores: Fresno bonsai. | Foto: Jatzibe Castro.
Foto de portada: Dieter / Pixabay.

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